• Laura Vegocco
Flor de Loto
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Ese momento donde yo te sexo y tú me sexas y ambos nos sexamos, el lenguaje me permite romper sus reglas sin juzgarme irreverente, ese momento de profunda sedición donde soy la que se eleva por encima de nosotros porque literalmente estoy arriba consumiendo el portento de tu masculinidad que integra adorables clichés; la barba cerrada, el pecho fuerte, los ojos oscuros, recónditos y desafiantes, el cabello estilizado en completo desorden y la proyección de mi reflejo en tu mirada. No sé qué provoco en ti ni me importa; si bien te quiero arrodillado en el mejor de los sentidos y delirante de amor o lo que sea que te mueva, me interesan más las emociones que me empujan a respirarte, a integrarte en la marejada de mis palabras, porque sí, de verdad, en ese momento no eres tú, soy yo, yo que me impongo a no volver trivial lo que parece tan obvio, que no solo te guardo en mi lengua sino en cada centímetro de mí palpitante corazón, lo cual es bastante decir cuando se rumora que no lo tengo. Quiero llenar de misticismo la ocasión donde la carne es una sola, las buenas maneras se destrozan y sin embargo se practica la sutileza de las caricias que no necesitan del tacto y las miradas se hacen con el alma. Si te digo que no quiero transgredir el monástico silencio no es porque me importe que los vecinos me escuchen gritar, es que hay más emoción en el huracán interno que intenta pasar sus límites buscando un punto vulnerable para hacerse presente, empeñarse en contener esa fuerza no es una tarea inútil, es no permitir que una sola gota de ambrosia sea desperdiciada en aras de decirnos a gritos el mucho deseo, el mucho sentimiento que nos acerca, que la mirada se encargue de comunicar lo que es imperativo, que sea el silencio inalterado el mensajero en esta combustión que por paradoja no nos consume, nos renueva en cada chispa que desprende y nos vuelve más incendiarios. Si en la fugacidad de una ojeada me descubres el universo y veo la historia de mi vida, desde mi primer llanto que rasgó el alba hasta la lágrima de este instante lascivo donde una dicha ignota me ciñe, entonces valdrán la pena todos los kilómetros andados para un polvo contigo. En esta noche que para los demás es gélida y del color del metal; noche propicia para llorar la soledad o anhelar el amor, nosotros ni lo uno ni lo otro; hoy la tibieza de mi carne te acompaña y si quieres creer que soy el amor por mí está bien, suficiente para equilibrar mi ego un poco en picada últimamente. Pero volviendo al momento donde yo te sexo y tú me sexas, no esperes una confesión desenfrenada, no necesitas oírlo de mi habla, pero sabrás en la víspera que por ti deliro, que puedo evaporarme en tu imaginario y aun así la marejada de ardor que hoy nos consume será nota eterna cuando busques el recuerdo y sepas que polvos en tu vida habrá muchos más, pero ninguno de tonalidades oscuras y resplandores, y sin embargo con un perfil tan honesto donde es genuino hacerte sentir la vida como si hubieras nacido de mi vientre sin el peso de que la sangre nos una y sin embargo nos une en este pacto para ser custodio y rehén de mis entrañas al que eufemísticamente llamamos “hacer el amor”. 
Vulgar azucarado
Autor: Laura Vegocco  596 Lecturas
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