CARMELA
Publicado en Aug 04, 2013
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Carmela era una mujerona que habitaba en un pueblo costero llamado Sabanillas. Esta mujer no tenía aparentemente nada especial que la hiciera diferente a las demás hembras de aquel lugar. Sin embargo, era una especie de matrona que decidía que se debía hacer o no hacer en aquel poblado donde los hombres extrañamente habían terminado por aceptar su liderazgo, que a ratos se convertía en una odiosa tiranía.
 
Los pobladores de Sabanillas vivían en una aparente felicidad, convivían apegados a sus usos y costumbres sin contravenir abiertamente las leyes civiles nacionales. Los preceptos religiosos eran para aquellos seres tema de poca importancia, pues sus asuntos con Dios los trataban directamente a través de sus conciencias y libre albedrío. Tanto así, que el cura que fue asignado a ese sitio terminó plegándose a las decisiones de Carmela casi desde el momento mismo de su llegada. Recién instalado trató de imponer la construcción de una iglesia a la que iba a ser su feligresía, porque en Sabanillas no había una. La oposición de los pobladores fue contundente, no estaban dispuestos a trabajar para un Dios que no era lo suficientemente poderoso para manifestar sus deseos o necesidades, sino que  necesitaba de la intervención del cura. Les pareció de risa que utilizara como intermediario aquel hombre enclenque, de sonrisa bonachona, pegada como con engrudo a los pómulos salientes del sujeto; siempre vestido de negro, como los cuervos o los zopilotes y que los miraba de una manera directa, como queriendo traspasarle la carne y los huesos para llegar hasta la carroña de sus almas y hartarse con ella.
 
Por supuesto que Carmela tuvo que intervenir en aquella disputa, Habló con el padre Toribio —así se llamaba—  y Saturnino Salinas que fungía como autoridad comunal y representante ejidal del gobierno. El cura expuso sus razones, dijo que necesitaban un lugar, la casa del Señor celestial para que reunidos y bajo su dirección, elevaran oraciones y fueran perdonados, porque estaban viviendo casi en la barbarie, fuera de las normas morales y religiosas que Dios todopoderoso deseaba para sus hijos. Dijo que Satanás estaba reinando en ese lugar, que las muertes violentas y asesinatos eran frecuentes en el poblado, que todas las parejas vivían en pecado, pues ninguna de ellas había recibido el sacramento del matrimonio y los hijos de esas uniones pecaminosas no alcanzarían el reino celestial porque no estaban bautizados ante la santa iglesia.
 
Luego habló Saturnino, que a pesar de ser un hombre de pocas palabras, la mohína por lo que había dicho el cura lo dotó de una verborrea que sorprendió a Carmela.  —Mire curita, dispense que no le diga padrecito, porque yo sólo le digo así a mi tata que quiero y respeto mucho. En primer lugar en este pueblo no ha habido ningún asesinato en muchos años. Muertes violentas sí y muy seguido. Porque aquí los hombres resolvemos las rencillas, los odios, hasta los amoríos con machete en mano. De frente, cara a cara, en delante de todos, nada que andarse escondiendo puñal en mano para atacar a traición como en otros lugares que están bajo el manto de su santa iglesia y de la gracia de Dios—
 
—En este pueblo señor curita, el único asesinato que hemos tenido fue hace doce años, cuando tuvimos que aplacarle la enfermedad de la rabia a machetazos a Macario Castañón y eso porque el pobre hombre enloquecido, echando espuma por la boca, rompió las  cuerdas que lo tenían atado al árbol mayor de la plaza, donde lo amarramos después de haberlo traído del pueblo grande más cercano, porque allá nos dijeron que no tenían vacuna ni medicamentos para curarlo y que no podíamos dejarlo ahí porque estaban pintando y remodelando el hospital—.
 
—¡Si, curita de la chingada!, fue una muerte violenta pero no había de otra. Aquel medio día, con los calores de la canícula, viendo a Macario revolcarse entre el polvo, la porquería que babeaba y la sangre que manaba de los tajos que le provocaban los machetazos de sus amigos y vecinos, también yo pensé que el diablo estaba entre nosotros, pero no estaba ni el diablo ni su Dios, que no se apiadó de aquel miserable. Sólo estaban la necesidad de evitar males mayores y la desgracia y orfandad en que quedaron sus hijos—.
 
Saturnino quedó callado por unos minutos, como conteniendo aquello que iba a decir y que finalmente sacó de entre los recuerdos más dolorosos que guardaba su memoria. —Mire señor representante de  Dios: Aquella tarde que murió Macario, fue la única vez que he derramado lágrimas, no lloré ni cuando mi pobre madrecita se fue quedando quieta, dejándose llevar por la cochina parca que no perdona a nadie. Aquel día cuando levanté la vista al cielo buscando alguna señal divina, sólo miré entre los fulgores de los rayos de sol, la cara cuajada en lágrimas del Esteban, el hermano de Macario. Vi su mano descender y en ella su machete tinto en sangre y luego se me erizó el cuerpo cuando se escuchó el lúgubre sonido al encajase en el cuerpo moribundo de su hermano. ¡No me venga con la pendejada de Dios y el Diablo!, cuando menos al demonio creí verlo entre las lágrimas que no pude contener aquel día—.
 
La experiencia adquirida participando en tantos alegatos y disputas entre la gente del pueblo y lo delicado del momento obligaron a Carmela a intervenir. —Espérate Saturnino, déjame decirle algo al cura Toribio: —Mira hermano, te digo hermano porque eres hijo de estas tierras de dónde venimos todos. No eres nadie especial, como  quieres creerlo o te lo han hecho creer. Ni usando esa ropa amujerada o amenazando con castigos divinos te harán mejor que cualquiera de aquí—. Tomó un trago de agua fresca y limpia de la tinaja que siempre estaba dispuesta para ser disfrutada y dejando el jarro a un lado siguió hablando:
 
—Dices, quejándote como parturienta que aquí nadie se ha matrimoniado. Tienes razón, porque  en este lugar hasta ahora no ha sido necesario. Aquí, si a un hombre le gusta una mujer que ya está en edad de parir, primero se lo dice a ella, que será la principal interesada. La chamaca o la mujer según la edad, le dirá con toda franqueza si algún hombre “ya se la llevó al río”, tú me entiendes, ¿verdad Toribio?—
 
La mujerona sonrió con picardía y dijo enseguida: —Ah se me  olvidaba que ustedes poco saben de eso porque no lo practican, solamente lo conocen por los libros. Bueno, cada quien es pendejo a su manera—, y soltó una grosera carcajada. Al cura se le subieron todos los colores a la cara y se revolvió inquieto en la silla donde estaba sentado, mientras que Saturnino enseñaba con una risita de complicidad toda su dentadura que parecía, por las piezas dentales que le hacían falta, una mazorca de maíz mordisqueada por los marranos.
 
Cuando volvió en calma Carmela siguió hablando: —Como te iba  diciendo Toribio, cuando el hombre y la mujer están de acuerdo, se lo comunican a los tatas, si ella es chamaca, entonces en algún domingo, después de la vendimia en la plaza, los tatas le dicen a la gente que quiera escuchar que fulanito y menganita se van a poner a vivir juntos. Si hay querella de parte de alguien, ese es el momento para decirla. Si es hombre el agraviado, tendrá el privilegio de lavar la afrenta machete en mano. Si es mujer ofendida con esa unión, el hombre no deberá poner su “cosa” entre las piernas de la chamaca hasta que se aclare el asunto y los padres de las mujeres juntos anuncien que el maridaje se puede dar—.
 
—Nosotros no sabemos ni necesitamos de ningún sacramento para hacer una familia. Porque aquí, en este lugar, los hombres son buenos para andarle al surco y en el uso del machete, para seguir la yunta como se sigue una esperanza, con el mezcal en la mano y la  ignorancia detrás. Y nuestras mujeres señor don cura,  son prietas, lozanas, nobles, paridoras, llenas de vida. Ellas para querer a sus hombres no necesitan de agüita bendita ni de permisos santificados. Desde que empiezan a despuntar como flores silvestres entre el zarzal, saben cuándo y cómo abrir y cerrar las piernas, son como entes devoradoras de hombres a quienes quieren de verdad, les roban la voluntad, los estrujan, los hacen bizquear, los exprimen, los succionan. ¡Como plantas carnívoras los devoran a pedazos! y luego pasado algunos meses expulsan su sustancia convertida en criaturas que buscan a través de los ríos de sangre contenidos en sus cuerpos, un origen común con el de sus ancestros que han quedado enmarañados entre los siglos que se han ido—.
 
—En este pueblo, —siguió diciendo la Carmela— Nos basta con la  palabra del hombre y la sinceridad de la mujer. Para qué tanta ceremonia si van a terminar en lo mismo, revolcándose para hacer chamacos—. Carmela volvió a reír a carcajadas haciendo aspavientos como si quisiera ahuyentar una parvada de palomas que volaban en su rededor. El sacerdote intentó balbucear algún argumento, pero la voz impositiva de la mujer se lo impidió. –Ahora recuerdo, dijo mirando a Saturnino que se rascaba la cabeza, no para aplacar los piojos, sino para contener con ese movimiento involuntario, el enojo que iba creciendo en su pecho. —Hace ya muchos años hubo algo aquí en el pueblo que alborotó a todos. Resulta que una noche de tormenta llegó una pareja de algún lugar perdido del mundo, más allá del mar y de  las montañas que nos rodean. Eran Guillermo González y Facunda Samaniego. Cuando el sol se abrió paso entre las nubes y las puertas del cielo cerraron sus compuertas y dejó de caer el agua. En un domingo tristón que invitaba a tomarse un aguardiente, Guillermo y Facunda pidieron permiso en la plaza para quedarse a vivir entre nosotros. Mostraron con orgullo un papel que decía que en alguna parroquia no sé de qué lugar, se habían casado bajo las leyes de la santa iglesia católica. El papel era lo de menos, lo que le importaba a nuestra gente era la voluntad de la pareja de formar una familia entre nosotros. Pasaron los años, llegaron los hijos para alegrarles la vida y ayudarlos a trabajar las tierritas que se les habían dado para cultivo. Pero con el tiempo y el ajetreo de todos los días los quereres entre ellos se fueron alejando. Los del hombre a lomos de los sopores del mezcal y los de ella poco a poco fueron quedando atrapados entre las sonrisas y guiños que a escondidas del marido le enviaba Felipe Pacheco. Cuentan, porque yo no lo oí, que cerca del lugar donde vivía la pareja a diario se escuchaban canciones de amor entonadas en la oscuridad de la noche, como el canto de la cigarra que va anunciando la lluvia o la muerte.
 
—Antes de dejarse vencer por un arrebato de lujuria, Facunda  confesó al marido que ya no lo quería. El hombre, prisionero del vicio, que es la única prisión que arrebata la libertad con las puertas abiertas, le dijo que le daba igual y se abandonó a la bebida hasta convertirse en un guiñapo. Felipe y Facunda entraron en tratos y cuando aquel domingo primaveral anunciaron en la plaza que deseaban vivir juntos, una voz aguardentosa se escuchó en el lugar. Era Guillermo, quien apenas sosteniéndose en pie y todo meado, antes de desvanecerse por la bebida ingerida y la falta de alimento en varios días, alcanzó a decir: “Estamos casados por la ley de Dios”. Entonces se armó el alboroto, unos decían que podían vivir juntos. Otros, nada más por fastidiar se oponían, por aquel papel que con tanto orgullo mostró la pareja cuando llegaron. Felipe, que era un hombre muy porfiado, con el papelito entre su ropa fue en busca de la anulación de ese compromiso. En la gran ciudad le dijeron que tenía que hacer un juicio para anular el sacramento del matrimonio. Que los trámites se llevarían algunos años y que la resolución la darían en un país lejano de nombre Vaticano, en donde según le dijeron, vivía el representante mayor de Dios—.
—Aquel pobre hombre ya ni regresó a Sabanillas ni volvimos a saber de él. La Facunda lloró inconsolable hasta terminar andrajosa entre los breñales, con una tea en mano, chamuscando las cigarras que por las noches le recordaban con su canto  aquel amor que nunca se consumó—. Carmela hizo una pausa, luego concluyó en forma lapidaria: —Aquí entre nosotros sus sacramentos valen madres, ¡Pinche curita amujerado!—
 
La discusión entre la mujer y los dos hombres se prolongó hasta la madrugada. Al amanecer habían llegado a un acuerdo. El padre Toribio no molestaría con amenazas de castigo divino a las parejas para que se casaran ante la iglesia, lo más que podía hacer era sugerírselo y si se llegaba a exceder y era acusado por alguien, el ofendido podría, machete en mano, pedirle cuentas. Tampoco le permitieron vestir sotana fuera de la iglesia. Le asignaron una buena porción de terreno en un pequeño altiplano cercano al poblado, desde donde se veía la inmensidad del mar. Hombres y mujeres del lugar se turnarían en los trabajos de edificación de la iglesia, pero sólo por solidaridad y como muestra de buen vecino, sin pensar en recompensas celestiales. Nada de andar pidiendo limosnas, pues se vería muy indecente que el representante de Dios anduviera limosneando, ni que estuviera tullido, argumentó Saturnino o fuera impotente… para el trabajo, completó diciendo socarrona la Carmela.

Quedó estrictamente prohibido hacer un camino para llegar a la iglesia, porque dijo la mujerona que aquellos que quisieran escuchar la palabra de Dios, al menos hicieran camino con su peregrinar. Nada de repiques de campanas, ni que estuviera juntando ganado, si Toribio quiere que lo acompañen en sus rezos y mojigaterías, cuando menos se tome el trabajo de ir de puerta en puerta haciendo la invitación a la gente.
 
Al amanecer, cuando el cielo empezaba a clarear, los dos hombres se despidieron de Carmela y sin darse la mano, cada quien se fue por caminos distintos. Mientras que la matrona al quedarse sola, encendió el fogón y se dispuso a preparar café. Luego entre sorbo y sorbo fumaba sonriente, agregó un chorro de mezcal a la humeante bebida y se dirigió a una habitación que nunca abrió mientras los hombres estuvieron con ella. De un viejo baúl sacó una cornamenta de macho cabrío que estaba atada a un crucifijo negro como la noche. Un cordón umbilical servía como atadura a los dos simbólicos objetos. La mujer alzó el envoltorio sobre su cabeza y en medio de carcajadas gritó a los cuatro vientos para que llevaran su mensaje:

—Nada es de Dios ni del diablo! Lo bueno y lo malo de la gente se trae desde el nacimiento. Luego, la vida se encargará de perfeccionar lo uno o lo otro. ¡Esta es la única verdad!—
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Palabras Clave: carmela maldad bondad costumbres

Categoría: Cuentos & Historias

Subcategoría: Relatos



Comentarios (9)add comment
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Guille Capece

Interesantísimas anecdotas que se cuentan con un muy acertado lenguaje, apropiado para el texto.
Criticas hacia instituciones desde un espacio muy particular como es el pequeño pueblo y su "dueña", personaje éste bien delineado.
En fin, creo que hay mucho talento para tejer historias.
Te felicito
Saludos
Guillermo
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August 08, 2013
 

kalutavon

Gracias Guillermo por leer y comentar. Saludos.
Responder
August 08, 2013

Romn Romani

CARMELA!!! Esa mujer más demonio que humano, el personaje es el claro reflejo de la sociedad que se quedó “atrás”, de épocas difíciles en algunos sentidos; con las tradiciones, costumbres y la palabra de los sabios más respetable, obligatoria y casi inquebrantables que de la ley misma.
Con la voz – no de los curas- sino de la Iglesia misma que hace tiempo se forjó y los “controladores” han moldeado a su conveniencia y credo. Una trama que se teje con la exposición de unos diálogos fogosos, complejos y desafiantes; embellecidos con el lenguaje coloquial pueblerino que predomina en los cuentos costumbristas y tu texto.
El mensaje final: nada de Dios ni del Diablo, es del nacimiento. Bienaventurados los que crecieron con principios más liberas, pero los que para bien o mal se criaron con anticuados y diferentes “dogmas” tendrán batallas más difíciles que el infierno, pues su albedrio es la soga que usaran para decidir cómo colgarse
Grato leerlo
Saludos amigo
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August 07, 2013
 

kalutavon

Llevas razón Román en lo del libre albedrío, me gustó esa especie de metáfora de la soga para describirlo, cadalso o herramienta de salvación. Gracias por leer y comentar.
Responder
August 07, 2013

Silvana Pressacco

Buena historia amigo, mucha imaginación para entreteje la trama entretenida y original.
Saludos
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August 07, 2013
 

kalutavon

Silvana, te agradezco la lectura y el comentario. Saludos.
Responder
August 07, 2013

Roberto Funes

Nada es de Dios ni del diablo... aunque en ese pueblo, todos, incluyendo a Dios y al diablo, son de Carmela. Maravilloso relato Kalutavon. Siempre es gratificante leerte. Abrazos.
Responder
August 06, 2013
 

kalutavon

Cierto Roberto, la protagonista es una mujer bragada, de pocas pulgas decimos aquí en México. Gracias por leer y comentar. Te saludo con afecto.
Responder
August 06, 2013

MARIA VALLEJO D.

kalutavon.
Buen texto amigo.
Estoy de acuerdo con el final de tu historia.
Realmente la mayoría de los seres humanos,
gastan sus días buscando a quien harán responsables de
sus desatinos.
Saludos
Responder
August 05, 2013
 

kalutavon

Estimada amiga, como siempre me es grata tu presencia y comentarios. Afectuoso saludo.
Responder
August 06, 2013

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busy