ZURCIENDO HIDROAVIONES
Me gustaría saber zurcir las fotos
que se nublaron tanto
entreveradas
en retazos de bordes descosidos
aprender a saber
cómo se cosen
un seno resbalado por manos sorprendidas
tarde tibia de abril y el aire quieto
partido de repente en cascabeles
de cascos de caballos que patinan
en aceite quemado y el asombro
de ser invulnerable y la confianza
de aviones descansando sobre el agua
hamacada y tediosa en la bahía
tacones de alfiler hunden seguros
el alquitrán caliente de la calle
y aquel enero canta atardeceres
de días tristes
en un hard day’s nigth
ajeno a las pantallas
el mundo sucedía
un pescado boquea en la escollera
y otros más en el agua esperan turno
plateados de inconsciencia
sin saberlo
la cabeza borracha inventa cielos
trepados a una higuera vestida de inocencia
esa piel de cebolla entre las sábanas
se desgrana en la trama indiferente
ajena y fría
de la sala penumbra de hospital
senos antiguos
bolsitas que no quieren secas
dejar de amamantar a los recuerdos
tomateras al sol
los cerdos gritan
con tapones de ajo en el hocico
el color increíble
los pedazos
de los cuerpos en tanques de cemento
ahogados en formol
anatomía
que no pudo enfriar aunque lo quiso
el beso en el portal de aquella iglesia
con cortinas sonoras de aguacero
y una cierta belleza en esa danza
de sables refulgiendo
al sol enfurecidos
se descose también algún aplauso
de antes o después
inexplicable
que se apagó en pasillos encerados
y murió en alfombrados de silencio.
un ciego toca el saxo y nos dibuja
a un linyera de olor como el misterio
mientras circula el suero inútilmente
por una playa segura de sí misma
helados de durazno en primavera
y el sudor juventud inolvidable
de sábanas mojadas sacudidas
por sordas taquicardias
ajenas al infarto
baldosas como armas
balazos como ecos
los rostros como humo
se fueron descosiendo
y no hay caso ya nadie
nadie puede
zurcir la colcha porque nadie sabe
si de verdad pasó
lo que les cuento.
que se nublaron tanto
entreveradas
en retazos de bordes descosidos
aprender a saber
cómo se cosen
un seno resbalado por manos sorprendidas
tarde tibia de abril y el aire quieto
partido de repente en cascabeles
de cascos de caballos que patinan
en aceite quemado y el asombro
de ser invulnerable y la confianza
de aviones descansando sobre el agua
hamacada y tediosa en la bahía
tacones de alfiler hunden seguros
el alquitrán caliente de la calle
y aquel enero canta atardeceres
de días tristes
en un hard day’s nigth
ajeno a las pantallas
el mundo sucedía
un pescado boquea en la escollera
y otros más en el agua esperan turno
plateados de inconsciencia
sin saberlo
la cabeza borracha inventa cielos
trepados a una higuera vestida de inocencia
esa piel de cebolla entre las sábanas
se desgrana en la trama indiferente
ajena y fría
de la sala penumbra de hospital
senos antiguos
bolsitas que no quieren secas
dejar de amamantar a los recuerdos
tomateras al sol
los cerdos gritan
con tapones de ajo en el hocico
el color increíble
los pedazos
de los cuerpos en tanques de cemento
ahogados en formol
anatomía
que no pudo enfriar aunque lo quiso
el beso en el portal de aquella iglesia
con cortinas sonoras de aguacero
y una cierta belleza en esa danza
de sables refulgiendo
al sol enfurecidos
se descose también algún aplauso
de antes o después
inexplicable
que se apagó en pasillos encerados
y murió en alfombrados de silencio.
un ciego toca el saxo y nos dibuja
a un linyera de olor como el misterio
mientras circula el suero inútilmente
por una playa segura de sí misma
helados de durazno en primavera
y el sudor juventud inolvidable
de sábanas mojadas sacudidas
por sordas taquicardias
ajenas al infarto
baldosas como armas
balazos como ecos
los rostros como humo
se fueron descosiendo
y no hay caso ya nadie
nadie puede
zurcir la colcha porque nadie sabe
si de verdad pasó
lo que les cuento.
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