Cansada de no encontrar al amor de mi vida, me desplomo en la cama. Harta de esperar a ese futuro que nunca llega, de culpar al pasado por lo que no fue, me rindo. Me invade un cansancio proverbial, pero en vez de quedarme dormida me levanto y salgo. Tengo la sensación de no saber quien soy, de desconocerme. Los hombres me sonríen por la calle, yo les sostengo la mirada, me doy cuenta que ya no creo en el amor, ni en los hombres, ni en el futuro, ni en Dios. Invito a tomar una cerveza a uno, le cuento todo esto, cuando sonríe sorprendido le digo: que lindo que sos, luego lo beso. Esa noche, después del sexo él duerme y yo clavo la mirada en el techo y, por primera vez en mi vida, rezó. Pero no le rezó a Dios, simplemente rezó. Es una huérfana plegaria que recorre todo mi laberinto y vuelve a mí. (Arte: E. Hopper)
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