Divagando por los tejados de mi subconsciente, con asombro descubrí unos neurotransmisores que eran interesantes… :
Justo observaba el concierto universal de todas las cosas, cuando noté que las sorpresas naturales germinan llanamente como divinas dádivas para nuestro terrenal regocijo. El rosado follaje del durazno en flor, por ejemplo, que me sumerge en el marco de su prunus, sacudiendo tenazmente mis olfativos epitelios y maravillando a todo el resto de mis íntimos sentimientos. De la misma manera como se deleitan mis papilas gustativas con un tazón de chocolate dulce y caliente (sostenido con mis heladas manos, atrapando el calor de sus paredes, en esas frías tardes de invierno), porque el cacao contiene la feniletilamina, sustancia que químicamente produce una mágica energía en nuestra mente… Se dice que ese mismo neuromoderador es el que nos provoca el enamoramiento. Habrá de ser por ello que, cuando era yo un bobo joven embelesado y endulzaba mis tardes de cine devorando bombones,  los ojitos avioletados de Elizabeth Taylor, enloquecían mi ingenuo corazón adolescente y quedaba completamente enamorado…
El eco sistema daba esas alternativas.
No obstante, tras haber hecho un periplo por el cosmos con mi mente, surgió  intempestivamente la imagen tuya en el espectro, cual furtivo fantasma con un rostro insolente, y lleno de curiosidad la he retenido en mi memoria intentando rescatar algunas lógicas verdades que fueren capaces de develar las razones que pudieren haber existido al momento de querer yo unirme en sagrado vínculo contigo, o tú al aceptar, en modo tan entusiasta, el hacerlo conmigo.  
Curiosamente, ninguna virtud aludida, de las que proporciona la naturaleza,  recibiste tú como regalo de la vida; el  organismo tuyo – que yo lo sepa-- no produce de manera espontánea esencias volátiles perfumadas y hueles delicioso solo gracias al uso diario de tu  jabón de cara, como también en “esas” especiales ocasiones, merced al exclusivo y carísimo Sicomore de Chanel que con gran esfuerzo económico te regalara yo el día de tu cumpleaños número cincuenta, convencido absolutamente que tal perfume bien lo merecías. Tampoco lucen en tus ojitos achinados, de pardo color  indefinido, bellos brillos estelares, como los destacados de las divas de la pantalla, ni tu cuerpo ostenta formas ampulosas para ser considerada una estrella de cine portentosa. Eres menuda como una elfo lunar de bizarro rostro aguerrido, claramente mujer, por supuesto, pero intimidante y peleadora;  eres flaca como un galgo, con pequeños senos aguzados y firmes (a mi me fascinan); eres bastante poco risueña, desafiantemente caprichosa, altanera, quisquillosa y capitana general de la sofisticada nave espacial, como le consideramos junto a los hijos, ser nuestro estructurado hogar… Perdona la sinceridad; no es mi intención herir tus susceptibilidades;  sin embargo, en tu favor puedo mencionar que, a pesar de todo lo que digo,  orgullosa te has resignado siempre con la simpleza que la vida te ha otorgado y has pateado hacia el costado todas tus envidias con un desdén soberano. Has llegado a enrolarte cómodamente como una esclava voluntaria de un deber femenino asumido, como si ello fuere tu religión sagrada. Todos los días laborales te levantas muy temprano, pero también cada mañana de los fines de semana; no te detienes ante nada. Antes que yo me despierte, ya te has  enterado de las noticias en la tele y luego las comentas conmigo mientras me sirves el desayuno, sin que yo siquiera me atreva a replicar por alguna diferencia entre tus opiniones y las mías, porque te molestas y refunfuñas durante el resto de la jornada. Preparas con ánimo bien dispuesto a los niños para la escuela, fiscalizas cada uno de los detalles de sus vestimentas y de las obligaciones escolares y, antes de subirlos al bus que los transporta, los llenas de bendiciones con tus besos encariñados. Luego te regresas al interior rápidamente y a mi me detienes partiendo ya hacia la oficina, para acomodarme antes el nudo de la corbata y colocar en la comisura de mi boca un beso resbalado, embardunado con restos de mantequilla, mancha que limpias de inmediato con la yema de tu dedo, y dentro de esa rutina te das un tiempo para, después de darme una atrevida palmada en el trasero, quedarte quince segundos más apoyada en el dintel de la entrada, observando como yo me alejo, quedándote entonces muy sola con toda esa tarea agotadora  y propia de las señoras madres y esposas que se quedan en casa…      
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Tenemos ya una larga rutina juntos y pareciéramos dos impertérritos y aburridos árboles en el bosque, nada más con evidentes raíces muy profundas cimentadas en un suelo enriquecido con la sombra de nuestra propia envergadura, el nutrido resto de nuestras propias semillas y con cada hoja seca caída en el arremolinado paso de las tantas estaciones otoñales…
Sin embargo, de tedioso, nada, pues cuando bailamos el tango, nuestro hábito se transforma en el umbral de la  pertenencia, porque, ese día, secretamente, me miras fijo a los ojos del alma, sonríes misteriosamente y me tiendes tu fina mano y brazo derechos, te cuelgas de mi cuello y te abandonas como una concubina, cual ligera pluma, libre, entregada tu alma a la furia controlada de mis  movimientos.
Deslizándote grácilmente sobre la impoluta cubierta extendida bajo la suela de nuestros zapatos, gozas mágicamente tu sueño, salpicas embrujada tu placer sobre la tela de mis sentimientos y rozas adrede tus labios en los míos provocativamente, mientras,  con un paso estratégico, abres, calculadamente y en modo salaz, tus piernas para montarte contenta encima de mi muslo duro y atento. Es cuando escucho el leve gemido de tu climax en mi oído,  huelo extasiado tu Sicomore de Chanel y palpo la tersura de tu alma, que me hacen justificar la gran razón por la que te amo tanto… Porque lo que tú no tienes, por encima de su ausencia,  lo inventas…  
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