Una Pequeña Sorpresa


  Amanda esperaba impaciente el retorno de su amado. Había esperado horas, sentada en el jardín de su hogar, mientras contemplaba firmemente al cielo, esas nubes espesas que a veces se alejaban, otras volvían y tomaban la forma de cualquier cosa, de mil motivos, de lo que la imaginación desee. Miraba las orquídeas, los lirios, los girasoles, pero ninguno era tan hermoso ni tan magnífico que un simple rosal, donde los enamorados esconden sus intimidades, donde los enamorados se aman. Y por eso lo esperaba, para amarlo, para besar las rosas, para sentirse libre como las nubes. Ella sabía que vendría y lo esperaba pacientemente. Aunque los minutos pasaban, Amanda veía un conjunto de seres deambular por las calles, hombres y mujeres, de todas las edades, extraviados en sus pensamientos, en sus fines, en sus propios deseos. Amanda los observaba como lo hacía también con unos pajarillos blancos y grises, buscando en el pequeño jardín algunas semillas que picotear, pero sólo si Amanda se alejaba de ahí. Y no lo iba hacer, así que se posaban en los árboles a esperar. Unos perros callejeros estaban hambrientos también y Amanda quería darles de comer, pero cómo si no tenía nada, y deseaba esperar a su amado a toda costa. Y seguía esperando a su amado. Lo esperó horas, sentada en el jardín de su hogar, esperando el milagro, el milagro de volver a ver a su amado. Y sucedió, fue diferente pero sucedió, un tipo no tan caballeroso y descuidado, sudando a chorros, se acercó al pequeño jardín lleno de flores hermosas, con unos largos pantalones agujereados, una camisa azul a cuadros que recién acababa de lavar y se disculpó por tremenda presentación. Se acercó más a ella y las flores empezaban a espantarse de él, a querer alejarse lo más que podían pero les era imposible, para su mala suerte. Los ojos que le brillaban a Amanda por esperar a su amado oscurecieron, palidecieron, sintió que su corazón empezaba a moverse bruscamente, a salir, exclamaba salir, como sea pero salir. Tal y como lo hizo cuando esperaba a su amado, imaginando miles de fantasías juntos, su corazón quería salir pero para besarlo y acariciarlo. Y casi se desprende su pobre corazón al escuchar las amargas palabras que éste dijo:

-Tu amado ha muerto.
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