Tuve un loco sueño contigo, en mi dormir enamorado,  
y no es que me haya parecido raro, sino que me ha llenado de asombro…
Porque lucías en él, toda cual eres de verdad: Hembra de cien quilates,  dulce, hermosa, exquisita, frágil, tierna, ingenua e inmune a la maldad… La mujer con la que todo hombre sueña alguna vez… (hubo un tiempo que pude contar con la dicha de lograr tenerte a mi lado y recibir de ti el maravilloso magnetismo de tu ser)… 
Sobrenadabas dentro de una gran copa de cristal llena de un burbujeante chanpagne, completamente desnuda con tu albi/dorada dermis acariciada gratamente por el encanto etílico en el que flotabas y con el que tu sonrisa se impregnaba de un visaje de placer que te hacía ver más adorable, aun. Braceabas desde una orilla a la otra con lentitud, moviendo tus piernas con estilo y encanto, dejando estelas de despreocupación. Semejante alberca era tu inframundo y la disfrutabas a plenitud... 
¿Desde dónde? No lo sé, pero me aparecí en la escena con una natural imponencia (después de todo era mi sueño; ¿por qué no?) y te tomé suavemente por los pies y los besé con fruición, mientras con la yema de mis dedos acaricié tu piel, resbalándoles por la senda bañada de tus canillas ebrias, tus rodillas mareadas y de esos tersos muslos tuyos desenfadados, para embriagarme de sorpresa con los millones de resplandecientes burbujas brotadas de la nada y que me bloqueaban  la ubicación de tu ansiada vagina rosa, casi virginal, que con desesperación buscaba yo, sediento de deseos de hacer el amor en ella. Hiciste un giro sirenesque y me arrastraste delicadamente por debajo de la superficie para nadar fluidamente en el cómodo líquido subyacente en el que, increiblemente, se podía respirar, con nuestros cuerpos entrelazados de manera vehemente y mirándonos profundamente dentro de nuestros ojos que rebosaban estupefacción. Fue cuando sentí la tersura de tus manos sostener mi rostro y el hambre de tus labios impulsarse sobre los míos para beber de la pasión desbordada de mi ardor, junto a la champagne que nos bañaba.
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Sentí sobre mi pecho el nítido impacto de tus latidos y bajo la formación de mi nuez sentí tu jadeante inspiración que se hacía más y más apremiante. Imaginé que enloquecías y que ibas a soltar un grito; sin embargo, en tu semblante se dibujaba un ocaso gozoso que me transmitió dicha y calma, puesto que leí orgullosamente el arribo de tu orgasmo que se tomaba generosamente el tiempo para ofrecer a cada rincón de tu ser el privilegio de sentirlo. Fue un instante mágico el poder ser testigo de la plasmación de tu placer, ubicado yo en una tribuna tan especial y una prodigalidad manifiesta.
Creí despertar y verte a mi lado, sumida en un dormir plácido y con tu cándido rostro de niña cubriendote el sueño... Recordé la reciente y agitada noche pasada de unas horas atrás, cuando celebraba con mis amistades y bastante champagne, la llegada del nuevo año. La nostalgia impidió que continuara durmiendo.
 
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