I
Soleadas nubes, precipitan la calma que mi espíritu ansía. Las muchedumbres, confinadas, residentes impropios de la tribulación, esperan al alba, angustiadas. La música inhibe, embriaga como un champagne, mis oídos incendiarios; estridentes imágenes de la TV derruyen, cual azote de Dios, Atila, mi alma lóbrega.
II
Alegres conversaciones bajo el ardiente calor, murmullos, farfullas, pláticas de hogar y tecnología móvil. La música desprende un barrunto celestial, lánguido como un espiral, y las voces llegan del más allá: anécdotas y breves recuerdos, bromas, risas, nombres, sobrenombres de algún individuo recordado, onomatopeyas caninas, gatunas, gestos de asombro y exageraciones. Tertulia coloquial, intelectuales de la arena, aplausos, recuerdos, algarabía, batahola; la música es un aliciente de la contemplación…
III
Días similares como las flores del girasol, gira y gira la monótona realidad, ésta y aquella avenida siempre paralelas, siempre equidistantes; las personas van a pie como en un día de jornada, mas es ficticio, nada hay de rutinario que las avenidas, las gentes son distintas, heterogéneas como colores en una paleta. El sol arde como una flama eterna, pellizca cual remolino, la piel inerme, mis ojos divisan la ciudad quieta, el cielo límpido esparcido de pájaros errantes, las nubes eternas, almohadas matutinas que despiertan acuchilladas por el sol de oriente. Sin embargo, nada hay en la atmósfera que no sea perenne, aquí en la tierra yace lo mundano y por ello, mudable. Aquí lo único inmutable son las quimeras vespertinas, luces brillantes, vívidas en las pupilas de la gente, soñadores utópicos de replana lengua.
IV
Mil voces llegan desde afuera, vociferan, quiebran cual cristal pulido, mi tranquilidad. Recostado sobre el lecho contemplo el lejano cielo raso, en donde el sol de la bombilla ilumina mis noches de somnolencia. Ingresa impertérrito, cual jinete de caballería, un gélido viento por la ventana de tela, silba y penetra mi sueño de algodón con su espada de hielo; indefenso, desprotegido, me cubro el rostro con la frazada. Me pregunto en que momento volveré a morir…
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