Al llegar el Sábado, confundo gradualmente la etimología del  nombre. A trasluz se van colocando sobre mis párpados las cadenas acuosas que lentamente van dando paso a un clamor molecular, casi borroso. Una extensa colección de floras inhumanas van frotando poco a poco el paladar de mis dedos, sumiéndome de ese modo en la sorpresa transparente de cada rincón hacia donde me transmito. La posición en movimiento de las piedras, la quietud elocuente del rio los barcos que secos van cayendo hacia arriba, ese rumor de ojos, ese principio austero que serpea como un consorcio de ramas infantiles. Hay tañires y golpes, hay acordes y hay soplos, manías que incongruentes van dislocando la escena, colocando sutiles trampas de luz en cada recodo, en cada hueco que vivo se va llenando en mi cabeza, en las cuencas de mi mente, en los resquicios de la memoria al batir de muchas aves sin nombre y sin cielo. No hay modo de compartir este trueno, no hay manera de salir si a placer me desvivo en soñar, en quitar la batuta a los dioses y ser más ardiente que el diablo. Quizá he de llegar tarde, al paradero secreto donde nunca es temprano. Tal vez pasen las horas con sus modos y sus juegos, pero al morar estos rincones no logro mover un dedo. Hay cortinas de agua que vienen de fábrica, la luz artificial de la savia, la gris desarmonía de silencios equivalentes que van licuando las sabanas, la silla, el ojo cuadrado y al mundo mismo, con sus falacias y enredaderas, sus espasmos y sus remedios modernos. Solo un mordisco para mí necesito, de esta fruta que verde se anida en mi esquina, la efímera posibilidad de roer los troncos y animar los caudales, el derecho que me asiste de estar solo, de acomodarme a placer en esas orillas de ensueño y asustarme los pies. Ser por un instante una duda, un recuerdo, una distancia carente de números, un relámpago, una certeza olvidada, caldo de sombra, raíz de la nada, imagen congelada que se desvela en el día y renace por la noche, triste mención, rayo de Luna sobre algún olvidado libro, tratando de derramar su tinta de plata sobre la página más amarilla. Nadie sabe más que yo cuál es el color de las cosas, cuál el sentido interno de hacerse a la mar, de volar al revés, de hacer una pausa voluntaria en donde abundan las aguas que no saben a nada, esos cuadros ajenos, vívidamente escondidos, que palpitan como venas y silencian como escotes. Ávidos puntos cargados de miel y vapor, cristales y moho, espinas y barrenos mentales. Nadie sabe en donde me encuentro un Sábado por la mañana, suponen siempre que estoy en un Domingo por la tarde, más me encuentro siempre al doblar la esquina como un gendarme de musgo, a lo largo de las esquelas del rio, atorado a voluntad, hechizado y hundido, vertiendo mis hojas a través de los muchos capítulos de un mismo y dejado libro, sin portada y sin nombre, sin autor reconocido, sin firma,sin orden ni faltas de ortografía,con errores hermosos y escrito a mano, misma mano que siembra rocas y arranca árboles, que amarra la luz en la cintura de las flores, que despeina con borrascas, saluda con destellos y se despide cuando las puertas hablan.
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