Objeto pensador no identificado
Por qué no puedo apropiarme tan siquiera de tu uña siendo yo el autor intelectual de tu cuerpo, el homicida carnal que en tu espalda desnuda peca y escapa, tiembla y se redime cual llama que agoniza. Así empezaría la canción que nos distancia, el alfabeto desordenado que aleatorio nos consume ajenos, sin tanto reparo, solo la mañana que fortalece mis manos, la tarde que las convierte en puño, la noche que las doblega, al mirar atrás, al tratar de rebasar los límites que aniquilan lentamente al cuerpo, el envoltorio que sin actuar no es más que un leve imaginario vacío. Ya ni el arbol quiza. Lo visito y no responde, ni el ala perfumada de los pasos cruje en vértebras por verte, por saber de aquellos hombros que insistentes fallecían en mis labios. La tierra conductora hace una pausa, una grieta que se adentra en ángulo ascendente, esquivando las señales que me indican tu aparente, siempre unísona, razón de devolverme. De tu olor es la noticia, que se evapora en mis accesos, toda la sal de los mares con tal de merecer un beso, la caída mortal de una sabana que sepa emular tu cuerpo, el descenso singular de la cadera si te exploro ciego, extraviado en la persiana de tus ojos como una fiebre hecha delirio. Por qué no de tu boca la palabra dicha a medias, truncada por el designio de la lengua, el trazo de tu pecho apaciguando mis verdades más secretas, el más sanguíneo de los caprichos.
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