Y sus lágrimas caían y carcomían mis manos
y sentía el ardor de su alma, y no me importaba,
quería ir más allá, escudriñar su interior,
 desgranar,  profanar…
 y por eso secaba cada lágrima con mis labios
 para saber sus demonios, sus miedos…
 y  degustarlos  y lamerlos uno a uno,
  como un niño a su dulce hasta saciar su antojo,
  y después,  arrancarle de un bocado sus tristezas
 para vaciar su corazón y saciar mi morbo
 y sonreírle y decirle que  no pasa nada,
  que su consuelo soy.   
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