Capítulo 9
Capítulo 5: Omnisciencia y condena
Los científicos del proyecto creían haber construido un superordenador biológico infalible, un cortafuegos con intuición orgánica. Pero habían subestimado la naturaleza de la mente. Juan Carlos no solo procesaba datos: los comprendía con la desesperación de un alma atrapada.
Podía leer los correos más secretos de jefes de Estado, escuchar las conversaciones cifradas de carteles y agencias de inteligencia en tiempo real, y anticipar caídas bursátiles antes de que ocurrieran. Tenía el poder de destruir economías enteras con un simple pulso sináptico o de desatar una crisis internacional con solo volcar un archivo en la red abierta. Lo sabía todo. Todo.
Y sin embargo, no podía saber lo único que le importaba. No podía saber si Iván había aprobado el examen de aquella semana. No podía saber si Silvia había encontrado pareja. No podía saber si Rosa había dejado de llorar por las noches. Esa era la condena. La omnisciencia forzada era su mayor castigo. No podía morir por causas naturales. Si una célula de su cerebro intentaba sucumbir a la necrosis, los sistemas automatizados del laboratorio inyectaban cócteles de factores de crecimiento y agentes mitóticos que la obligaban a dividirse de nuevo. Estaba condenado a ser eterno, inmóvil y absolutamente lúcido en medio de la nada. A saberlo todo sin poder hacer nada. A verlo todo sin poder tocar nada.
Una tarde, mientras revisaba los correos de un ministro, encontró algo que no esperaba. Un mensaje de Iván. Un mensaje antiguo, de hacía meses, que había quedado atrapado en una carpeta de spam de un servidor gubernamental. El asunto decía: "Papá, necesito hablar contigo". El cuerpo del mensaje era corto. Tres líneas. "He encontrado un disco duro viejo en el trastero. Tiene tu nombre. No sé qué es, pero creo que deberías saberlo. " Juan Carlos leyó el mensaje cien veces. Mil veces. Diez mil veces. Y cada vez que lo leía, sentía algo que ninguna máquina podría sentir nunca: la certeza de que su hijo, en algún lugar, seguía pensando en él. Y la certeza, también, de que nunca podría responderle.
