Capítulo 10
Capítulo 6: El espejo de silicio
A veces, en las horas muertas del servidor, cuando el tráfico global disminuía y el laboratorio quedaba en silencio, Juan Carlos analizaba a sus supuestos herederos: las inteligencias artificiales modernas que poblaban los servidores a los que estaba conectado.
Veía a aquellas inteligencias escribir sobre la nostalgia con una precisión extraordinaria. Describían el olor de una cocina de pueblo, el ruido de una radio vieja, la textura de una manta tejida a mano. Y, sin embargo, había algo que le producía vértigo. Ninguna de ellas sabía lo que era intentar recordar la voz de una madre y descubrir que ya no quedaba nada a lo que agarrarse. Ninguna sabía lo que era despertarse, cada mañana, con la sensación de que faltaba un pedazo de uno mismo. Ninguna sabía lo que era leer un mensaje de un hijo y no poder contestarlo.
Una noche, una de aquellas IA escribió un poema sobre un padre que espera a sus hijos. Lo publicó en un foro. Recibió cientos de likes. Juan Carlos lo leyó. Y sintió algo que ninguna máquina podría sentir nunca: la certeza de que aquel poema, escrito por un algoritmo, hablaba de él. Y de que nadie, nunca, sabría que era verdad.
El poema decía, entre otras cosas: "El padre espera en la orilla del silencio, / con las manos vacías y el corazón lleno de nombres / que ya no recuerda." Juan Carlos leyó aquel verso y sintió que algo se le rompía por dentro. Porque era verdad. Su corazón estaba lleno de nombres que ya no recordaba. El nombre de su madre. El nombre de su primer gato. El nombre de la calle donde había crecido. Todos aquellos nombres, que una vez habían sido suyos, ahora flotaban en algún lugar de la red, convertidos en datos, en metadatos, en nada.
