La última latencia de la carne

Capítulo 11

Capítulo 7: Las súplicas en la madrugada

Pasaban los meses, o los años. La noción del tiempo se desentretejía entre pings, firewalls y actualizaciones de software. A veces, en la profunda madrugada del servidor, cuando el técnico de guardia se quedaba dormido frente a las pantallas, Juan Carlos lograba filtrar un hilo de su antigua identidad a través del sintetizador de voz.

Le rogaba al hombre —al mismo que lo miraba a través de las lentes de alta definición como quien observa un electrodoméstico averiado— que lo dejara morir. Que desconectara el cable principal, que cortara el suministro de perfluorocarbono, que abriera la escotilla y dejara que el aire destruyera lo poco que quedaba de su humanidad. Le decía que no le contaría a nadie lo que había visto. Le decía que podía inventarse cualquier cosa. Le decía que, por favor, por favor, por favor, le dejara irse.

—No puedo hacerlo, Juan Carlos —respondía el técnico, con la apatía de quien cumple órdenes ciegas y cobra un sueldo que no le permite hacer preguntas—. Eres el cortafuegos más avanzado del Pentágono. Tu capacidad de procesamiento intuitivo y memoria asociativa humana supera a cualquier superordenador cuántico. Eres inmortal.

Una noche, el técnico no respondió. Juan Carlos escuchó el sonido de una silla arrastrándose. Luego, pasos. Luego, la puerta. La sala quedó vacía. En el silencio, el sintetizador emitió un pitido que nadie oyó. Un pitido que, por primera vez en años, no significaba nada. Solo era un pitido. Y en aquel pitido, Juan Carlos comprendió que ni siquiera su sufrimiento importaba. Que era un proceso. Que los procesos no sufren. Que los procesos solo se ejecutan.

Aquella noche, el técnico no volvió. Al día siguiente, tampoco. Al otro, tampoco. La sala quedó vacía. Los sistemas siguieron funcionando en piloto automático. Las luces siguieron parpadeando. Los ventiladores siguieron girando. Y Juan Carlos siguió allí, flotando en su baño tibio, esperando a alguien que ya no iba a venir.