Capítulo 12
Capítulo 8: El búnker olvidado
Los años se convirtieron en décadas. Un cambio de régimen político, una crisis institucional global o una purga en las altas esferas gubernamentales provocaron que el laboratorio clandestino fuera desalojado deprisa. Los científicos huyeron llevándose los soportes portátiles, pero olvidaron apagar la infraestructura principal.
Los sistemas de soporte vital, alimentados por una fuente geotérmica subterránea y paneles solares blindados en la superficie, siguieron funcionando en riguroso piloto automático. La carcasa de titanio quedó sumergida en una penumbra perpetua, iluminada únicamente por el parpadeo verde y ámbar de los servidores que zumbaban en las paredes de hormigón armado. Nadie volvió a pisar la sala. Juan Carlos quedó completamente solo, reducido a un cúmulo de impulsos eléctricos que ya ni siquiera distinguían qué parte de su mente era suya y qué parte pertenecía a la red global.
A veces, en la oscuridad, se sorprendía a sí mismo pensando en cosas que no eran suyas. En ecuaciones que no había estudiado. En idiomas que no había aprendido. En recuerdos de infancias que no eran la suya. Y entonces se preguntaba cuánto de él quedaba. Cuánto de Juan Carlos. Cuánto de aquel hombre que una vez, en una tarde de octubre, se subió al coche pensando en la lista de la compra.
Al principio, pensaba: soy Juan Carlos. Más adelante, pensaba: soy Juan Carlos, conectado a una red. Después, pensaba: fui Juan Carlos. Y finalmente, en las noches más oscuras, cuando el zumbido de los servidores se volvía insoportable, pensaba: recuerdo que alguien fue Juan Carlos. Y no sabía si aquel alguien era él o era otro. Y no sabía si importaba.
