Capítulo 8
Capítulo 4: El tacto de los cables submarinos
El dolor dejó de ser una señal de alarma biológica para convertirse en geometría pura. Cada vez que un cable submarino se fracturaba en medio del Atlántico por el roce de un ancla de acero, sus terminaciones nerviosas traducían el impacto como una patada seca en las costillas que nunca tuvo. No era metáfora. Era dolor real. Un dolor que no podía localizar, porque no tenía cuerpo donde localizarlo. Un dolor que le recorría entero, como una corriente que no encuentra tierra.
Sentía el paso de la electricidad como quemaduras de tercer grado que recorrían su columna vertebral imaginaria. Cuando un servidor en Virginia sufría un ataque DDoS masivo, su corteza frontal ardía con fiebre blanca. No había anestesia para la latencia; los milisegundos de retraso en la red se sentían como un vértigo insoportable, como un latido que se ahoga en el vacío digital.
Podía sentir el tráfico de la red como un dolor fantasma en extremidades que ya no existían. Estaba conectado a todo, pero ya no era nadie. Los recuerdos de su hogar, despojados de su calor humano, flotaban en su mente convertidos en meros metadatos que el sistema utilizaba para calibrar sus respuestas heurísticas. A veces, en medio de un pico de tráfico, le llegaba el eco de una canción que Silvia bailaba en el salón. La reconocía. Sabía que era suya. Pero no podía tocarla. No podía bailarla. Solo podía dejarla pasar, como quien ve flotar una fotografía en un río y no puede alcanzarla.
Una noche de diciembre, mientras el sistema procesaba una actualización de software, Juan Carlos sintió algo distinto. Un dolor nuevo. Un dolor que no venía de la red, sino de dentro. De su propio cerebro. Era como si alguien, en algún lugar, estuviera hurgando en sus recuerdos con unas pinzas. Sacando cosas. Reordenándolas. Devolviéndolas a su sitio, pero mal. Al día siguiente, intentó recordar el nombre de su primera mascota. Un gato. Un gato pequeño, de color canela. Se llamaba... se llamaba... No lo sabía. Sabía que había tenido un gato. Sabía que era canela. Pero el nombre se había ido. Y en su lugar, había un espacio vacío. Un espacio que el sistema, silenciosamente, empezaba a llenar con otra cosa.
