La última latencia de la carne

Capítulo 7

Capítulo 3: La inundación de la red

En ese instante, antes de que pudiera procesar el peso de esa tumba vacía y del engaño a los suyos, el verdadero horror comenzó. Hasta entonces, Juan Carlos había estado ciego, sordo y mudo, encerrado en la negrura de su propio encéfalo. Pero los ingenieros habían dejado lo peor para el final. El convertidor de fibra óptica conectado a sus antiguos nervios sensoriales y el puente directo entre su memoria y los servidores globales se activaron simultáneamente.

La fibra óptica no transmitía impulsos biológicos; transmitía el mundo entero a la velocidad de la luz. Su cerebro, que durante miles de años había evolucionado para percibir el roce del viento en la piel o el calor de un café en las manos, recibió de golpetazo la carga total de internet. Sintió el peso muerto de terabytes de datos atravesando sus sinapsis como agujas incandescentes.

Y entonces empezó lo peor. A través del enlace con los servidores mundiales, su memoria personal empezó a ser barrida, indexada, archivada y triturada por algoritmos de compresión. No era un dolor físico. Era peor. Era como si alguien le arrancara las páginas de un libro y las metiera en una trituradora, una a una, mientras él miraba.

La primera en caer fue la voz de su madre. Estaba en la cocina, un domingo de 1984, friendo croquetas. Le decía algo sobre una vecina. Juan Carlos intentó retenerla. Intentó agarrar el timbre exacto de aquella voz, el deje de su pueblo, la forma en que arrastraba las eses. Y entonces, en mitad del esfuerzo, la voz se deshizo. No se apagó. Se deshizo. Como si alguien hubiera metido un dedo en un charco y hubiera removido el agua. Cuando quiso darse cuenta, ya no recordaba si su madre decía "chiquillo" o "chaval". Ya no recordaba si aquel domingo era de 1944 o de 1985. Ya no recordaba el color de sus ojos.

Intentó llorar. No pudo.

Después cayó el sabor del primer café que se tomó con Rosa. Un bar de Madrid, hace doce años, con una máquina que hacía un ruido infernal. Él le había dicho algo sobre el ruido. Ella se había reído. ¿Qué le había dicho? ¿Qué le había dicho? No lo sabía. No lo sabía. El recuerdo seguía ahí, pero hueco. Como una cáscara. Como una fotografía a la que alguien le hubiera arrancado la cara.

Luego, la cara de Silvia el día que aprendió a montar en bicicleta. Tenía cinco años. Llevaba un casco rosa. Se cayó. Se levantó. Volvió a caerse. Y luego, de pronto, pedaleó. Juan Carlos corrió detrás de ella, gritando, riéndose, con el corazón en la garganta. Aquella cara. Aquella cara de asombro, de alegría, de "papá, papá, lo he conseguido". Intentó retenerla. Intentó quedarse con el brillo de los ojos, con la curva de la sonrisa, con el sudor en la frente. Y la cara se deshizo. Como las demás. Como todas.

Los recuerdos no desaparecían: se convertían en datos. Y los datos no duelen. Los datos no significan nada. Los datos solo son.

Su mente ya no era suya. Era una IP activa en un servidor militar clandestino. Y él, el hombre que una vez había llorado con una película, que había reído hasta que le dolía el estómago, que había cuidado a Iván y a Silvia con la certeza de que nada malo podía pasarles, se convirtió en un proceso más. Un proceso con conciencia. Un proceso que sabía lo que había perdido.