La última latencia de la carne

Capítulo 6

Capítulo 2: Voces en el cráneo

—Las constantes basales son estables. El lóbulo temporal registra picos de confusión, pero dentro de los parámetros esperados para la fase de reintegración sensitiva.

La voz sonó dentro de su cabeza, pero no porque alguien hablara en la sala. Los nervios auditivos, antes conectados a un tímpano y a unos huesecillos de carne, ahora terminaban en los terminales de un micrófono direccional de ultraprecisión. Las ondas de la voz del científico —un hombre con ojeras profundas y una libreta en la mano— entraban directamente como impulsos eléctricos a su nervio auditivo. Para Juan Carlos, hablarle en voz baja a centímetros de la carcasa era como tener un trueno resonando dentro del cráneo. Cada palabra le taladraba. Cada sílaba le vibraba en los huesos que ya no tenía.

Quiso replicar, maldecir, suplicar piedad. Mandó la orden desde el centro del pensamiento hacia los músculos de su mandíbula y su lengua. Pero la orden chocó contra un muro de silicio. Los nervios del habla, seccionados y soldados con precisión quirúrgica, no movieron ningún músculo: viajaron por microcables hasta un sintetizador de voz digital.

De la rejilla frontal de la caja metálica salió una voz metálica, plana, con un deje robótico imposible de disimular:

—¿Dónde… están… mis… hijos? —articuló el sintetizador.

El científico ni se inmutó. Apuntó algo en su tableta. Luego levantó la vista y miró la carcasa como quien mira un microondas que acaba de pitar.

—En sus casas, haciendo su vida. Creen que estás muerto, y es mejor que lo sigan creyendo. El parte del accidente está cerrado, la esquela publicada, las cenizas entregadas. Para ellos, para Rosa, para el mundo entero, Juan Carlos se quemó en la M-40. Aquí no eres un hombre. Eres el núcleo de la Operación Alcorcón.

El científico se llamaba Ferrán. Tenía cuarenta y dos años, una hija de siete y una hipoteca en Getafe. Llevaba once meses trabajando en el proyecto y, en todo ese tiempo, solo había dormido fuera del búnker en cuatro ocasiones. Aquella noche, al volver a casa, se quedaría mirando a su hija mientras dormía y pensaría, por primera vez, en el hombre del cilindro. Pero no diría nada. No podía decir nada. El sueldo era bueno. La hipoteca, también.

Juan Carlos quiso preguntar por Iván. Por Silvia. Por Rosa, que aquella mañana, antes de salir de casa, le había mandado un mensaje que él no llegó a leer. Pero el sintetizador solo emitió un pitido. Ferrán ya se había dado la vuelta. La puerta se cerró con un suspiro neumático. Y él se quedó allí, flotando en su baño tibio, con la mirada fija en una pared blanca que no tenía fin.

Aquella noche, Ferrán llegó a su casa de Getafe a las once y media. Su hija ya estaba dormida. Se quedó en el marco de la puerta, mirándola. La niña tenía el pelo revuelto sobre la almohada y un pie fuera de la manta. Ferrán pensó en el hombre del cilindro. Pensó en sus hijos. Pensó en si alguna vez, en algún lugar, alguien estaría mirando a su hija con la misma angustia con la que él miraba a la suya. Luego apartó el pensamiento. Se duchó. Cenó. Se acostó. Y al día siguiente volvió al búnker, como si nada.