Capítulo 5
Capítulo 1: La primera vibración
La transición no fue un apagón, sino un ensanchamiento insoportable. Cuando los ingenieros cerraron la escotilla hermética y conectaron el flujo principal de datos, el cerebro dejó de registrar el espacio como una habitación para convertirse en el caudal mismo de la corriente.
La vibración previa al despertar no fue un sonido, sino un latigazo eléctrico que recorrió lo que quedaba de su médula. Juan Carlos tardó unos segundos —o quizá horas, porque el concepto del tiempo se había vuelto una línea difusa de ceros y unos— en comprender que ya no tenía párpados. No había oscuridad que levantar ni parpadeo posible. De golpe, su campo visual se encendió. Dos lentes de alta definición, colgadas en el exterior de la carcasa de titanio mate, procesaban el entorno con una nitidez insultante. Veía las motas de polvo flotando en un laboratorio aséptico de luces blancas, la textura microscópica del suelo de cemento pulido y el reflejo distorsionado de una bata blanca en el cristal de una mampara.
Intentó llevarse las manos a los ojos, frotarse la cara, gritar el nombre de Silvia. Nada se movió. El pánico, un vértigo visceral y antiguo, intentó apoderarse de su córtex, pero ni siquiera su ritmo cardíaco podía acelerarse; ya no había corazón. Solo una bomba de perfusión que empujaba un líquido tibio y metálico a través de los vasos sanguíneos que nutrían su cerebro flotando en el interior del cilindro blindado.
Quiso llorar y no pudo. Quiso gritar y no pudo. Quiso, por un instante, simplemente dejar de existir, y tampoco pudo. El sistema no lo permitía. El sistema no permitía nada que no estuviera programado.
Lo primero que aprendió, en aquellas primeras horas de vigilia forzada, fue que el silencio no existe. Siempre hay un zumbido. Siempre hay un ventilador girando en alguna parte. Siempre hay un flujo de datos recorriendo las paredes de hormigón. El silencio era una idea humana, y él ya no era del todo humano. Era un cerebro en un frasco, conectado a un mundo que no paraba de hablarle.
Lo segundo que aprendió fue que la sed no era sed. La sed era una señal química que su hipotálamo enviaba a un cuerpo que ya no existía. Y el sistema, en lugar de darle agua, le inyectaba una solución salina directamente en el torrente sanguíneo artificial. El alivio llegaba, pero no sabía a nada. No sabía a agua. Sabía a que alguien, en algún lugar, había decidido que era hora de que dejara de tener sed.
Lo tercero que aprendió fue el miedo. No el miedo de antes, el de las películas o los exámenes o las facturas. Un miedo nuevo, sin forma, sin nombre. El miedo de saber que estaba despierto y que no había forma de volver a dormirse. El miedo de saber que estaba vivo y que no había forma de morirse. El miedo de saber que era él, pero que ya no era él. Y que nadie, nunca, iba a venir a buscarlo.
