La última latencia de la carne

Capítulo 4

Introducción: El búnker y los hilos

A trescientos metros bajo el nivel del suelo, en una instalación que figuraba en los mapas geológicos como una estación sísmica abandonada, la carne había dejado de ser un territorio doméstico para convertirse en hardware.

En el centro de una sala blanca, desprovista de ventanas y gobernada por el zumbido constante de los ventiladores de refrigeración, descansaba una carcasa cilíndrica de titanio mate. En su interior, sumergido en un baño denso y tibio de perfluorocarbono que oxigenaba los tejidos sin necesidad de pulmones, flotaba un cerebro humano. Mil cuatrocientos gramos de tejido cortical mantenidos artificialmente en una vigilia perpetua.

Los cirujanos del departamento de investigación avanzada no habían querido desperdiciar el milagro de una plasticidad cerebral intacta tras el impacto. Los ojos ya no existían; en su lugar, dos lentes de alta definición colgaban del exterior del cilindro como insectos mecánicos. Los nervios auditivos terminaban en un micrófono direccional de ultraprecisión. Y el resto —los haces nerviosos que alguna vez sintieron el frío del invierno o guiaron los dedos sobre la madera de un escritorio— habían sido seccionados y soldados con microscopio a conversores de fibra óptica y terminales de red global.

Juan Carlos ya no habitaba el mundo. El mundo lo habitaba a él.