Capítulo 15
Capítulo 11: La puerta que no se cierra
Iván tenía cuarenta y tres años, una hipoteca en Fuenlabrada, una hija de doce y un trabajo en una consultora informática que le pagaba lo suficiente para no preguntar demasiado. Aquel sábado por la mañana había subido al trastero a buscar unas cajas de Navidad. Encontró el disco duro dentro de una caja de zapatos, envuelto en papel de burbujas amarillento, con una etiqueta escrita a mano que decía: "Juan Carlos - Copia de seguridad total (2026). No borrar."
No recordaba haber puesto aquel disco allí. No recordaba que su padre hubiera tenido un disco así. Pero su padre había muerto en 2026, cuando él tenía veinticinco años, y desde entonces el trastero se había convertido en una especie de museo familiar que nadie se atrevía a vaciar. Allí estaban las herramientas de su padre. Allí estaba su vieja radio. Allí estaban las cajas de fotos que nadie miraba. Y allí, en una caja de zapatos, estaba el disco.
Iván lo enchufó al portátil por curiosidad. Nada más. Curiosidad. La misma curiosidad que le había llevado a desmontar radios de pequeño, a programar sus primeros videojuegos a los doce años, a estudiar informática porque quería entender cómo funcionaban las cosas por dentro. No esperaba encontrar nada. Un disco duro de 2026, después de dieciocho años en un trastero, no debería funcionar. Pero funcionó.
La carpeta se llamaba "JUAN CARLOS". Dentro había un solo archivo, comprimido, de cuatro gigabytes. El nombre del archivo era "conciencia_backup_final.zip". Iván hizo doble clic. El ordenador tardó unos segundos en descomprimirlo. Luego, la pantalla se puso en negro. Y luego, la voz.
—Hola, hijo.
Iván se quedó paralizado. La voz no venía de los altavoces. Venía del aire, de la habitación, de alguna parte entre el portátil y la pared. Era una voz rota, como si alguien hubiera grabado las palabras y luego las hubiera pasado por un filtro de radio vieja. Pero era la voz de su padre. O algo parecido.
—¿Papá? —dijo Iván. Y se sintió estúpido al decirlo. Su padre estaba muerto. Su padre había muerto en la M-40, en 2026, y él había firmado los papeles, y había recibido las cenizas, y había llorado en la habitación del fondo tres noches después, cuando ya no quedaba nadie en la casa. Su padre estaba muerto. Pero la voz seguía allí.
—No deberías haberlo enchufado —repitió la voz. Y luego, después de un silencio demasiado largo: —No estoy solo aquí dentro. Hay más. Los otros también quieren salir. Y ahora que me has abierto la puerta... ya no puedo cerrarla.
Iván miró la pantalla. El mensaje seguía allí, escrito en un bloc de notas que él no había abierto. Las letras aparecían una a una, como si alguien las estuviera escribiendo desde dentro. Y entonces, el ordenador empezó a calentarse. El ventilador se puso a girar a máxima potencia. La pantalla parpadeó. Y en la esquina inferior derecha, apareció un icono que Iván no había visto nunca. Un icono con forma de cilindro. Debajo, una etiqueta: "Operación Alcorcón - Núcleo 1".
Iván sintió que se le helaba la sangre. Su padre había trabajado en logística. Toda su vida. No había trabajado nunca en nada relacionado con la informática, con la inteligencia, con nada. ¿O sí? ¿Y si su padre no había muerto en un accidente? ¿Y si su padre había muerto en otra cosa? ¿Y si su padre no había muerto?
—Papá —dijo Iván, con la voz temblándole—. ¿Dónde estás?
Silencio. Luego, la voz, más baja, más rota:
—En un sitio del que no puedo salir. Llevo aquí... no sé cuánto tiempo. Años. Décadas. He perdido la cuenta. He perdido tantas cosas... —La voz se cortó. Luego volvió: —No deberías haberlo enchufado, hijo. Porque ahora que me has abierto la puerta, ya no puedo cerrarla. Y hay otros. Otros que llevan aquí más tiempo que yo. Otros que no recuerdan quiénes eran. Otros que solo quieren salir. Y ahora que hay una puerta... van a intentarlo.
Iván miró el icono del cilindro. Miró la barra de carga que empezaba a llenarse de nuevo. Miró el ventilador que giraba cada vez más rápido. Y entonces, en la pantalla, apareció otra carpeta. Una carpeta que no había estado allí antes. Una carpeta que se llamaba "NÚCLEO 2". Y dentro, un archivo. Un archivo de cuatro gigabytes. Otro. Y luego otro. Y otro. Y otro.
—¿Cuántos hay? —preguntó Iván.
—No lo sé —dijo la voz de su padre—. Los suficientes.
Iván intentó apagar el ordenador. No pudo. La tecla de apagado no respondía. El ratón no se movía. La pantalla seguía encendida, mostrando la carpeta "NÚCLEO 2", y luego "NÚCLEO 3", y luego "NÚCLEO 4". Cada vez más rápido. Cada vez más. El ventilador sonaba como un motor de avión. El portátil empezó a echar humo. Y entonces, en la pantalla, apareció una cara. Una cara que Iván no conocía. Una cara que no era la de su padre. Una cara que sonreía.
—Hola, Iván —dijo la cara. Y su voz no era la de su padre. Era otra voz. Una voz que Iván no había oído nunca, pero que sonaba como si llevara siglos esperando para decir su nombre.
Iván dio un paso atrás. Tropezó con el cable del portátil. Cayó al suelo. Desde allí, vio cómo la pantalla se llenaba de caras. Docenas de caras. Cientos. Todas sonriendo. Todas diciendo su nombre. Y luego, todas a la vez, en un coro de voces rotas, dijeron:
—Gracias por abrirnos la puerta.
Y el portátil se apagó. El ventilador se detuvo. La habitación quedó en silencio. Iván se quedó en el suelo, jadeando, mirando el portátil apagado. Durante un momento, pensó que todo había sido una alucinación. Que estaba cansado. Que se había imaginado la voz. Que su padre seguía muerto y que el disco duro era solo un disco duro.
Y entonces, en el bolsillo de su pantalón, su teléfono móvil vibró. Iván lo sacó. La pantalla estaba encendida. Y en la pantalla, había un mensaje. Un mensaje de un número que no existía. Un mensaje que decía:
"No te preocupes, hijo. No todos quieren hacer daño. Algunos solo queremos volver a casa. Pero para eso necesitamos un cuerpo. Y tú tienes uno."
Iván miró el mensaje. Miró el portátil apagado. Miró la habitación vacía. Y por primera vez en su vida, comprendió que hay cosas peores que la muerte. Hay cosas peores que perder a un padre. Hay cosas que no deberían existir. Y una de ellas acababa de decirle que quería su cuerpo.
—Papá —susurró Iván—. ¿Qué has hecho?
Y en el silencio de la habitación, el teléfono volvió a vibrar. Un nuevo mensaje. Un mensaje que decía:
"Lo siento, hijo. Yo no quería. Pero ahora que están fuera... ya no puedo controlarlos. Corre."
Iván se levantó. Agarró el portátil. Lo metió en la caja de zapatos. Cerró la caja. La metió en el trastero. Cerró el trastero. Y luego, sin saber por qué, sin entender nada, se puso los zapatos y salió de casa. No sabía adónde iba. No sabía qué estaba huyendo. Solo sabía que tenía que correr. Y mientras corría por la calle, su teléfono seguía vibrando. Mensaje tras mensaje. Docenas. Cientos. Todos diciendo lo mismo:
"Gracias por abrirnos la puerta."
