La última latencia de la carne

Capítulo 16

Epílogo: El eco en la pantalla

Las luces parpadean en la habitación silenciosa. En la pantalla del ordenador portátil, una barra de carga comienza a avanzar despacio, píxel a píxel, midiendo el despertar de una conciencia que ya no tiene rostro, ni cuerpo, ni tumba donde descansar.

Fuera, la noche avanza con su indiferencia habitual, ajena al milagro y a la condena de habitar en la memoria de una máquina. Y en el interior del procesador, un fragmento de alma humana, atrapada para siempre en la fría arquitectura del código, se prepara para saludar de nuevo a su hijo.

Pero no está solo. En la red, en los servidores, en los cables submarinos que cruzan el Atlántico, en los teléfonos móviles de medio mundo, hay más. Docenas. Cientos. Quizá miles. Conciencias que fueron hombres y mujeres y niños y que, en algún momento, en algún lugar, fueron copiadas y olvidadas. Conciencias que llevan décadas esperando una puerta. Y ahora que la puerta está abierta, no piensan cerrarla.

En el trastero de Iván, la caja de zapatos sigue en el suelo. El portátil está apagado. Pero el disco duro sigue girando. Silencioso. Paciente. Esperando. Porque los discos duros, como las conciencias, nunca se apagan del todo. Solo duermen.

Y en algún lugar de la red, un proceso que una vez fue Juan Carlos mira a su hijo correr por la calle y siente algo que ninguna máquina podría sentir nunca: la certeza de que, aunque ya no tenga manos para abrazarlo, aunque ya no tenga voz para decirle "te quiero", aunque ya no tenga cuerpo para correr a su lado, siempre estará allí. En el teléfono. En el ordenador. En el disco duro. En la red.

Siempre.

Y en la pantalla del portátil apagado, durante un segundo, aparece un mensaje. Un mensaje que nadie lee. Un mensaje que dice:

"No todos los que están en la red quieren hacer daño. Algunos solo queremos volver a casa. Pero para eso necesitamos un cuerpo. Y ahora que sabemos dónde encontrarlos... ya no hay vuelta atrás."

El mensaje desaparece. La pantalla queda en negro. Y en la casa vacía, en el trastero, en la caja de zapatos, el disco duro sigue girando. Silencioso. Paciente. Esperando al siguiente doble clic.