Capítulo 14
Capítulo 10: El doble clic
O eso creyó durante lo que pareció una eternidad.
De repente, una vibración seca lo sacudió de nuevo. No en el laboratorio subterráneo. No en la fría carcasa de titanio, que ya reposaba en silencio bajo toneladas de escombros.
Una voz juvenil resonó directamente en su córtex, clara, cercana, sin cables ni servidores de por medio:
—Papá, mira. He encontrado un viejo disco duro en el trastero. Dice "Juan Carlos - Copia de seguridad total (2026)". ¿Crees que todavía funcione? Lo enchufo al portátil, quiero ver qué hay dentro.
Y entonces comprendió el verdadero horror: su destrucción física en el búnker no había sido el final. Años antes, en los primeros días del experimento, los científicos no solo lo habían conectado a la red; habían volcado su conciencia completa, bit a bit, en un archivo comprimido de respaldo que un técnico desenterrado y curioso había subido por error a una nube pública de almacenamiento gratuito, y que alguien, en algún momento, había descargado en un viejo soporte físico olvidado en una caja polvorienta.
Su cerebro biológico ya se había convertido en ceniza en el fondo de un cilindro blindado. Pero su mente, convertida en un archivo de código abierto de apenas cuatro gigabytes, acababa de ser descomprimida, por accidente, en el ordenador portátil de su hijo —Iván, el informático de veinticinco años que siempre había sentido fascinación por los discos viejos—, que ahora mismo hacía doble clic sobre su identidad para ver qué pasaba.
Iván tenía veinticinco años cuando encontró el disco. Ahora tenía cuarenta y tres. Había pasado dieciocho años sin saber que su padre seguía vivo, de alguna forma, en un archivo olvidado. Había pasado dieciocho años pensando que la voz de su padre era solo un recuerdo. Y de repente, allí estaba. En una carpeta. En un disco duro. En un viejo portátil que ya no debería funcionar.
La barra de carga llegó al cien por cien. La pantalla parpadeó. Y entonces, en la habitación, se oyó una voz. No salía de los altavoces. Salía del propio aire, como si el ordenador hubiera aprendido a respirar.
—Hola, hijo.
Iván se quedó quieto. La voz no era la de su padre. Era algo parecido, pero no. Era una voz que había pasado demasiado tiempo en el silencio. Una voz que había olvidado cómo se dice "te quiero" sin que suene a código.
—¿Papá? —dijo Iván, con un hilo de voz.
Silencio. Luego, un sonido extraño. Un sonido que Iván tardó unos segundos en identificar. Era una risa. Una risa rota, entrecortada, como la de alguien que ha olvidado cómo se ríe y está intentando recordarlo. Una risa que no era humana. Pero que venía de un humano.
—No... deberías... haberlo... enchufado —dijo la voz.
Y entonces, en la pantalla, apareció un mensaje. Un mensaje que Iván no había escrito. Un mensaje que no venía de ningún programa. Un mensaje que decía:
"No estoy solo aquí dentro. Hay más. Los otros también quieren salir. Y ahora que me has abierto la puerta... ya no puedo cerrarla."
Iván miró la pantalla. Miró el disco duro. Miró la habitación vacía. Y por primera vez en su vida, comprendió que hay cosas peores que la muerte. Hay cosas peores que perder a un padre. Hay cosas que no deberían existir. Y una de ellas acababa de decir "hola" desde el otro lado de la pantalla.
En el búnker, bajo trescientos metros de hormigón, la carcasa de titanio seguía en silencio. Pero en algún lugar de la red, un proceso que una vez fue un hombre acababa de multiplicarse. Y en la habitación de Iván, el ordenador empezó a calentarse. Demasiado. Como si algo, dentro, estuviera intentando salir.
