Relato sobre la luz y un lunático.
Mis ojos todavía no se acostumbraban a la penumbra de aquella madrugada, así que entre bizcos y parpadeos exagerados logré divisar aquel rastro de luz que cambió el curso de mi vida. Por un momento pensé que se trataba de un sueño despierto, no había explicación lógica para aquella luz que viajaba a través del cuarto dibujando con movimientos erráticos haces de luz que nacían y morían ante mi mirada atónita.
Me llevé las manos al rostro, tratando de reafirmar mi existencia, o tal vez simplemente esperaba encontrar que me hallaba dormido y que todo este asunto de luces que flotaban era un sueño absurdo, como todos los que suelo tener. Traté de balbucear un par de oraciones, pero la hipocresía de esa acción se mezclo con el temor que experimentaba en ese preciso instante. Me encontré entonces en una amalgama de miedo y vergüenza, ocasionada por esa luz que seguía flotando bailarina frente a mi, con sus destellos que morían y nacían de forma intermitente.
En ese momento recordé las luces de navidad que tanto detestaba, esas luces que prendían y apagaban al ritmo de una melodía irritante que se repetía incesantemente, en un ciclo que parecía no tener fin, hasta que no soportaba más esa música ni esa luz y me veía obligado a desconectarlas de la energía.
Ojalá en este caso fuera tan sencillo como el jalar de un cable y allí poder encontrar la tranquilidad que se había perdido. No, no era tan fácil. Mi cuerpo parecía haber muerto, o tal vez se estaba bajo el hechizo de aquella luz que flotaba tan cerca que podía sentir su aroma.
Muchos se preguntaran que fragancia puede tener la luz, pues es el olor de la mismísima muerte. Un olor tan dulce que cegó todos mis sentidos, nubló mi vista y detuvo mi corazón en un puño perfecto. Mi cerebro dejó de funcionar, se apagó como las luciérnagas se apagan al recibir los primeros rayos de sol, en un eclipse tan pequeño que a nadie importa o interesa. Mi boca dejó aquella mueca de terror y se frunció en una expresión neutra, sin expresión alguna, sin sentimiento, sin miedo, sin paz. Mis pulmones se contrajeron en un último respiro, en aquella bocanada de aire que dejé como testimonio de mi existencia, de mi paso efímero por esta vida. En definitiva era el olor de la muerte, la mismísima muerte en vida.
Pero mis ojos nunca se cerraron, siguieron abiertos, siguiendo de forma inexorable aquella luz que me había despertado para dormir por siempre. Esa luz danzaba frenéticamente en movimientos poco armónicos ¿Quién lo diría? La parca no sabe bailar, no sabe entretener a este desdichado que la observa embelesado en el seno de la muerte, a través de ese velo de madrugada.
En ese instante ya había aceptado mi destino, mi muerte, ese acto indeleble al que estaba condenado. Pero en una broma macabra la luz desapareció, murió para siempre. No volvió a iluminarse y dejó todo mi cuarto en completa oscuridad. Mi corazón volvió a latir, mis pulmones a respirar y mis extremidades recuperaron de forma torpe sus movimientos. Mis ojos parpadearon, recién despiertos de aquel letargo. Me senté en el borde de la cama, miré el lugar en donde la traviesa luz se manifestó por primera vez y en contra de mi voluntad se esbozó una sonrisa. La muerte no era más que un letrero que decía "Llamada perdida", que brillaba con colores estrambóticos e intermitentes en la oscuridad reinante de mi habitación. ¿Quién lo diría? La muerte no es más que un celular barato.
Me llevé las manos al rostro, tratando de reafirmar mi existencia, o tal vez simplemente esperaba encontrar que me hallaba dormido y que todo este asunto de luces que flotaban era un sueño absurdo, como todos los que suelo tener. Traté de balbucear un par de oraciones, pero la hipocresía de esa acción se mezclo con el temor que experimentaba en ese preciso instante. Me encontré entonces en una amalgama de miedo y vergüenza, ocasionada por esa luz que seguía flotando bailarina frente a mi, con sus destellos que morían y nacían de forma intermitente.
En ese momento recordé las luces de navidad que tanto detestaba, esas luces que prendían y apagaban al ritmo de una melodía irritante que se repetía incesantemente, en un ciclo que parecía no tener fin, hasta que no soportaba más esa música ni esa luz y me veía obligado a desconectarlas de la energía.
Ojalá en este caso fuera tan sencillo como el jalar de un cable y allí poder encontrar la tranquilidad que se había perdido. No, no era tan fácil. Mi cuerpo parecía haber muerto, o tal vez se estaba bajo el hechizo de aquella luz que flotaba tan cerca que podía sentir su aroma.
Muchos se preguntaran que fragancia puede tener la luz, pues es el olor de la mismísima muerte. Un olor tan dulce que cegó todos mis sentidos, nubló mi vista y detuvo mi corazón en un puño perfecto. Mi cerebro dejó de funcionar, se apagó como las luciérnagas se apagan al recibir los primeros rayos de sol, en un eclipse tan pequeño que a nadie importa o interesa. Mi boca dejó aquella mueca de terror y se frunció en una expresión neutra, sin expresión alguna, sin sentimiento, sin miedo, sin paz. Mis pulmones se contrajeron en un último respiro, en aquella bocanada de aire que dejé como testimonio de mi existencia, de mi paso efímero por esta vida. En definitiva era el olor de la muerte, la mismísima muerte en vida.
Pero mis ojos nunca se cerraron, siguieron abiertos, siguiendo de forma inexorable aquella luz que me había despertado para dormir por siempre. Esa luz danzaba frenéticamente en movimientos poco armónicos ¿Quién lo diría? La parca no sabe bailar, no sabe entretener a este desdichado que la observa embelesado en el seno de la muerte, a través de ese velo de madrugada.
En ese instante ya había aceptado mi destino, mi muerte, ese acto indeleble al que estaba condenado. Pero en una broma macabra la luz desapareció, murió para siempre. No volvió a iluminarse y dejó todo mi cuarto en completa oscuridad. Mi corazón volvió a latir, mis pulmones a respirar y mis extremidades recuperaron de forma torpe sus movimientos. Mis ojos parpadearon, recién despiertos de aquel letargo. Me senté en el borde de la cama, miré el lugar en donde la traviesa luz se manifestó por primera vez y en contra de mi voluntad se esbozó una sonrisa. La muerte no era más que un letrero que decía "Llamada perdida", que brillaba con colores estrambóticos e intermitentes en la oscuridad reinante de mi habitación. ¿Quién lo diría? La muerte no es más que un celular barato.
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