La mar dormía. La marea bajaba con calma. La roca brillaba. La playa olía a sal.

Un perro bajó por la vereda. No corría, no buscaba. Solo bajaba. Como si ya supiera la ruta.

Al cabo halló un viejo. Su cuerpo daba la talla del paso largo. La espalda curva. La barba clara.

A su lado, un remo. Una cuerda. Un cuerno.

—Ya tardabas.

El perro movió la cola. El viejo tomó el cuerno. Su voz voló por la bahía.

Poco tras, una pareja bajó al lugar. La mujer cargaba un retrato. El varón, una caja. La caja guardaba una perla.

La mujer alzó el retrato.

—¿Lo recordabas?

El viejo miró largo rato. La cara del dibujo era la suya. Pero la barba, corta. La espalda, recta. La mirada, clara.

—Claro.

Calló.

—Ya casi lo olvidaba.

La mujer abrió la caja. La perla rodó. Rodó hasta la orla.

La ola la abrazó. La ola la soltó. La perla volvió.

El viejo soltó una risa.

—La mar jamás roba. La mar solo prueba.

La mujer pasó la perla al perro. El perro la llevó al viejo.

—Ahora ya basta.

La guardó.

La cuerda pasó al hombro. El remo pasó a la mano. La pareja lo miraba.

—¿A dónde vas?

—Al regreso.

La mujer bajó la cara.

—Todo regreso acaba.

—No.

Todo paso acaba. Todo verano acaba. Todo recreo acaba. Hasta la roca acaba.

Pero jamás acaba la verdad.

La palabra quedó al aire. Al cabo, un relámpago rasgó la oscuridad.

La mar pasó a plata. La playa pasó a plata. La roca pasó a plata. Hasta la barba del viejo pasó a plata.

La luz duró poco. Luego, otra vez la calma.

La pareja ya no habló. Solo miró cómo el viejo bajaba al agua.

Pala tras pala. Paso tras paso. La mar abrió paso.

La barca cruzó la oscuridad. Poco a poco pasó a la bruma. Luego al vacío.

Al alba ya no había barca.

Solo la vereda. Solo la roca. Solo la playa. Solo un perro.

Y, bajo la pata, la perla.

Como si jamás hubiera partido.

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