Carrera
La carrera comenzó cuando el primer rayo del verano cayó sobre la carretera de tierra. Nadie había dado la señal; simplemente, el arroyo despertó con un murmullo alegre y todos echaron a correr.
Al otro lado esperaba una vieja cuerda atada entre dos troncos. Bastaba cruzarla para llegar al cerro, donde un viejo reloj de piedra marcaba las horas del viento en lugar del tiempo.
Una muchacha de larga cabellera color cereza tomó la delantera. A su lado corría otra con una pequeña vasija de cera y un cuerno lleno de agua. Detrás llegaban los demás, sin hablar, porque sabían que algunas palabras espantaban la suerte.
Al llegar arriba, un relámpago rasgó el cielo, aunque no había tormenta. Nadie sintió miedo. Era la señal de que debían remar. Bajo el cerro descansaba un lago oculto, y allí esperaba un pequeño bote. Cada golpe de remo hacía que el agua devolviera un recuerdo distinto.
Uno vio una madera flotando hasta la orilla. Otro contempló un retrato dibujado sobre la superficie. Alguien creyó escuchar una vieja canción que hablaba de la verdad y de un camino verdadero.
Entonces apareció un anciano de anchas hombreras. Sonrió con calma y dijo:
—No hace falta derramar lágrimas. El camino siempre encuentra a quien desea regalar algo bueno a los demás.
Aquellas palabras parecían un sencillo remedo de otras mucho más antiguas, pero todos comprendieron su valor.
Al caer la tarde emprendieron el regreso. Antes de partir hicieron un breve recreo junto al agua y prometieron reparar el viejo puente que cruzaba el arroyo para que cualquier pareja, viajero o niño pudiera pasar sin peligro.
Cuando el sol desapareció, solo quedó el rumor del agua. Parecía un pequeño recuerdo que el mundo guardaba para no olvidar jamás aquel día.


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