Desde el fondo del desprecio  como una comezón o una hendidura el interior del mundo en un país propio, lleno de verduras y de vacas negras y lechosas y de atascados caminos como palabras de encuentro entre campesinos y verdades de hambre en la ciudad, del otro lado del vidrio de los bares, donde se esconde un vaso de leche, una piragua para saborear con el olor del ají la danza del río mientras el yeguarizo corcovea en una templada mañana donde todo se come, todo se duerme en ochos, en trenzas atadas a los espejos del rumbo sádico a la siniestra realidad que tanto antagoniza con los televisores y las radios en los ciclos del cielo abierto para grandes amaneceres sin futuro, donde un presente lleno de inocencia tranqueras adentro muestra los crímenes sosegados de la manteca, las rebanadas de pan y cereales que llegan a la sangre de los gauchos como verdades de aliento corto en fruncidas monturas de cogotudos ruiseñores con moño y con pistola.
 
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