“Pero si tiene los dientes horribles”, me dijo. Y añadió… “Yo te advertí que el tipo era una mierda”. “Pero no te escuché… no me lo dijiste”, disimulé.  Me lo había dicho, justo cuando el personaje había salido de la librería, él me lo había dicho, pero en ese punto yo ya había sucumbido a su tono de voz, a su sonrisa socarrona, tal vez a la camisa de rayas azules que había decidido usar ese día y que meses después yo doblaría frenéticamente en un intento por alargar mi estancia en su sala… No, no fue eso, no fue nada de eso,  fue su interés por el libro que justamente yo había ido a recoger El Diario de Eugenio Delacroix una edición mexicana de 1946. Estaba en medio de muchos títulos aún más interesantes, como si aún estuviera en venta, no tenía por qué saber que ese libro ya me pertenecía, tal vez cualquiera interesado en las artes o en los libros viejos hubiera reparado en esa portada marrón, envejecida, atacada por los hongos, con la figura de un anciano cubierto con una capa de seis botones sin abotonar, mirando apesadumbrado hacia el suelo o sin mirar y con un nombre que evocaba por supuesto a la “Jeune orpheline au cimetière”, (no, esa pintura sólo me gusta a mí), quién sabe. Pero la coincidencia ocurrió y justo preguntó por el que ya era mi libro, entonces fijé mi mirada en sus ojos.
 
“Por más que lo intento, no puedo creerte” le dije. “No confío en ti”. Detrás de sus lentes de marco grueso, sus ojos se veían un poco tristes, se notaba incómodo, tal vez descubierto. Ya sabía que se sentía solo, me había dicho que extrañaba tener una familia, que hasta mis gatos y mi perro ya tenían un lugar en su existencia deshabitada, buscaba asirse a alguien y me había encontrado o, yo me había dejado encontrar. Yo, que podía verlo tal y como era lejos de su fama de personaje público, de crítico reputado, del personaje que debía interpretar, personaje odioso de voz impostada, pequeño burgués-comunista, la contradicción eterna que él mismo era, que huía de su origen humilde, de su niñez corriente en alguna calle bogotana, de sus trabajos infames en otras latitudes. Pero no, no lograba convencerme, no sucumbía a sus “te amo”, a esas alturas era casi imposible hacerlo, hacía falta un alma impoluta o veinte años menos.
 
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Doblaba su camisa de rayas azules, cuidadosa pero frenéticamente, como queriendo doblegar su instinto, lo mío era el poder sobre él, o sobre todo, como siempre ha sido, como queriendo tomar cuidado de algo-alguien, disperso, contradictorio, torpe, vano, incapaz de nada, abandonado. Insistía en cada doblez, como si la presión que mi mano ejercía sobre la tela pudiera además imprimir fuerza a mis palabras, para que las comprendiera, para que se quedaran, para que no perdiera la concentración, para que no huyera, para aplastarlo, para quedarme, para prolongarme en ese momento que sería casi el último, ignorante pero vigilante de sus sábanas revueltas y con huellas asquerosas de su falsedad. “No entiendo por qué, pero no lo logro, no te creo” “qué pesar, porque no es fácil encontrar-se”. Pensaba a la vez en aquel tiempo cuando los años estaban por delante y encontrar amores suponía una tarea sencilla, ya no era así, desde hacía tiempo los escalofríos y temblores me anunciaban las arcadas que producían los egos henchidos que aparecían y yo desaparecía casi de inmediato para evitar el malestar físico. 
 
Encontrarlo aquel día en la librería era un recuerdo magnificado por el tiempo, a veces hablábamos sobre si me había dicho esto o aquello, recreando la escena y entonces venía la misma sensación que tenía al ver un perro abandonado, solitario, vagando por las calles, un perro inexistente, un perro a quien nadie acaricia ni siquiera con la mirada, “pobre” me dije…  pensaste que era “algo”. Pero no, otro perro que deambula y recoges, nada más. 
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