Cada noche, un nuevo dilema.
Cada mañana, un final de sirena.
Cada noche, un comienzo de infierno,
el querer abandonar ese invierno
en el que se encontró tu pegatina
marcada a ritmo de canción
en su novato corazón.
El contacto con el agua cristalina
con la mísera esperanza matutina
de matar el pensamiento,
de olvidar tu gran portento;
ser eres que nubla el razonamiento.
Llegado a saber, aprender y conocer
que ser eres demonio y ángel
pero, siempre, lo contrario de él
porque, nunca, encajaran
dos piezas iguales en el mismo cartel.


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