Pequeña Mentirosa
Pequeña Mentirosa
-Mira niña, no volveré a repetirlo, dime por favor, ¿estás mintiendo?
-No mamita, te lo juro, yo no lo robé.
-Mira Sunny, puedes meterte en serios problemas por esto.
Era la cuarta vez que le llamaban la atención, y la pequeña Sunny, mi hermana menor, la que más odio en todo este planeta, no por haber nacido tal vez, mientras más disfrutaba mi niñez y la aparición de un bebé podría causarnos serios problemas de distancia con mi madre, ya no tendría tiempo para mí. Esas eran excusas inmaduras, de niños consentidos. Yo tenía otro tipo de excusas, suficientes como para asegurar que mi hermana era el mismísimo demonio encarnado en el cuerpo de una niña de ocho años. Yo estaba ahí, detrás de la puerta, en el cuarto se encontraba mi madre y la pequeña demonio, mi madre tenía una correa en la mano, ya se había cansado de golpearle y ella no entendía, la primera vez fue con un cucharón. Pronto tendríamos paz mi madre y yo, y toda mi familia de esta niña. Le iban a llevar a la correccional por muchos meses, ahí le enseñarán a ser una niña buena. A pesar de todas las fechorías que había cometido, mi madre no los tonó, no notó por ejemplo aquella vez cuando le robó el lápiz labial a mi tía Liz para correr a encerrarse en su cuarto, y gastarlo todo, en sus pequeños labios. Aunque ese no fue un acto tan grave, trajo consecuencias muy malas, como arruinar la cita con un empresario importante, que pudo haberse convertido en toda una bendición, quién sabe, tan sólo por no haber encontrado su labial. Yo le descubrí, pero no le delaté, porque pensaba que eran lapsus de una niña boba.
La otra vez mi madre le descubrió desnuda en la bañera, cantando un coro de la iglesia, con la cara pintada, había usado todo su costoso maquillaje que tenía, y mucho dinero mojado y regado en el baño.
- ¿Por qué hiciste cosa semejante? -Le gritó furiosa mi madre.
-No sabía lo que hacía, sólo quería jugar mamita, discúlpame por favor.
- ¡Ese era todo el dinero que tenía! Y tú mojaste todo, y mis maquillajes, me costaron una fortuna, ¿qué vamos a hacer ahora?
-No lo sé, ma.
Detrás de ese rostro inocente que intentaba fingir, se podía notar con claridad unos cachos puntiagudos, unas orejas peores como de los duendes, unas mejillas rajadas, y unos colmillos horrorosos. Mi madre no pudo rescatar ni un billete, tal vez los que quedaban, puede que Sunny los haya cogido y lo haya gastado todo en chocolates o muñecas, el problema es que tampoco sé cómo pudo hacer tremenda fechoría, sólo se le podía ocurrir a una mente demente, que lo normal sería que esa mente no pertenezca a ningún niño, o niña, en este caso. Pero eso iba a acabar. Tenía que terminar, y yo era el único que podía hacerlo, pronto Sunny iba a desaparecer, y nadie lo notaría.
-Oye Walter, ¿a dónde me llevas?
-A un lugar divertido, hermanita.
- ¿Y dónde queda ese lugar divertido?
-Ya lo verás.
-Mira niña, no volveré a repetirlo, dime por favor, ¿estás mintiendo?
-No mamita, te lo juro, yo no lo robé.
-Mira Sunny, puedes meterte en serios problemas por esto.
Era la cuarta vez que le llamaban la atención, y la pequeña Sunny, mi hermana menor, la que más odio en todo este planeta, no por haber nacido tal vez, mientras más disfrutaba mi niñez y la aparición de un bebé podría causarnos serios problemas de distancia con mi madre, ya no tendría tiempo para mí. Esas eran excusas inmaduras, de niños consentidos. Yo tenía otro tipo de excusas, suficientes como para asegurar que mi hermana era el mismísimo demonio encarnado en el cuerpo de una niña de ocho años. Yo estaba ahí, detrás de la puerta, en el cuarto se encontraba mi madre y la pequeña demonio, mi madre tenía una correa en la mano, ya se había cansado de golpearle y ella no entendía, la primera vez fue con un cucharón. Pronto tendríamos paz mi madre y yo, y toda mi familia de esta niña. Le iban a llevar a la correccional por muchos meses, ahí le enseñarán a ser una niña buena. A pesar de todas las fechorías que había cometido, mi madre no los tonó, no notó por ejemplo aquella vez cuando le robó el lápiz labial a mi tía Liz para correr a encerrarse en su cuarto, y gastarlo todo, en sus pequeños labios. Aunque ese no fue un acto tan grave, trajo consecuencias muy malas, como arruinar la cita con un empresario importante, que pudo haberse convertido en toda una bendición, quién sabe, tan sólo por no haber encontrado su labial. Yo le descubrí, pero no le delaté, porque pensaba que eran lapsus de una niña boba.
La otra vez mi madre le descubrió desnuda en la bañera, cantando un coro de la iglesia, con la cara pintada, había usado todo su costoso maquillaje que tenía, y mucho dinero mojado y regado en el baño.
- ¿Por qué hiciste cosa semejante? -Le gritó furiosa mi madre.
-No sabía lo que hacía, sólo quería jugar mamita, discúlpame por favor.
- ¡Ese era todo el dinero que tenía! Y tú mojaste todo, y mis maquillajes, me costaron una fortuna, ¿qué vamos a hacer ahora?
-No lo sé, ma.
Detrás de ese rostro inocente que intentaba fingir, se podía notar con claridad unos cachos puntiagudos, unas orejas peores como de los duendes, unas mejillas rajadas, y unos colmillos horrorosos. Mi madre no pudo rescatar ni un billete, tal vez los que quedaban, puede que Sunny los haya cogido y lo haya gastado todo en chocolates o muñecas, el problema es que tampoco sé cómo pudo hacer tremenda fechoría, sólo se le podía ocurrir a una mente demente, que lo normal sería que esa mente no pertenezca a ningún niño, o niña, en este caso. Pero eso iba a acabar. Tenía que terminar, y yo era el único que podía hacerlo, pronto Sunny iba a desaparecer, y nadie lo notaría.
-Oye Walter, ¿a dónde me llevas?
-A un lugar divertido, hermanita.
- ¿Y dónde queda ese lugar divertido?
-Ya lo verás.
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