La forma en cómo deslizas tu dedo índice para quitarte el cabello del rostro  y volvértelo a acomodar sin perder la atención en no sé qué, con esa mirada miel profunda que desnuda mis secretos, la sutil gracia como posas tus labios sobre aquella fruta roja, pero que no se compara en jugos como los tuyos y el frenesí con el que arrancas trozos de deleite, hacen perturbar mi tranquilidad. 
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