Más madrugador que lechero de fundo y con el cuero arrugado por los años, le vieron aparecer un día con una guitarra pegada a las costillas como espuela en manco lerdo. Se vino a ofrecer como podador y fue aceptado.
El Patrón, le encargó a su segundo hijo, un mozalbete de unos quince años que no quería aprender a trabajar el campo, por considerarlo poca cosa para  él. El muchacho soñaba con vivir en la ciudad a todo lujo  le molestaba el olor a tierra y bosta de caballo. Don Humberto con la sabiduría de esos viejos campesinos, supo ganarse al muchacho y con el cuento de enseñarle a tocar guitarra empezó a cultivarse una amistad férrea entre ambos. Por supuesto que el Patrón Don Alfonso Sepúlveda, era el más contento, el joven se levantaba temprano y andaba todo el día pegado al anciano.
Todas las mañanas lo despertaba su silbido que semejaba a un tordo enamorado, las canciones más chilenas salían sopladitas de su boca. Elíseo, así se llamaba el  muchacho, aprendió a tenerle respeto.
 Le dijo que la poda de una parra era como cortarle los brazos a un  niño, pero que era necesaria para  que en la temporada diera los más grandes y jugosos racimos, esos mismos que después  a "pata pelada", pisarían los vendimiadores sobre la zaranda de cañas.
El hombre poco a poco empezó a instruirlo en el arte de podar.
-¡Corte ese pitón ¡
-¡No le deje tanta carga ¡
-¡Chitas que es duro e caeza eñol ¡
-¡Uste no va a prendel nunca a podal ¡
-¡Le hey dicho que las parras de  rosá  no se podan ná  igual a las parras que dan la ua neira On  Eliseo por la chucha ¡
-¡Putas que es porfiao eñol déjele  el maurón a esa parra¡
-¡Uste es mas porfiao que la cresta ¡
De que tenía malas pulgas, tenía malas pulgas el hombre, pero cuando el sol empezaba  a taparse con la manta de castilla de la noche invernal, Don Humberto ponía la tetera sobre un rescoldo de sarmientos y preparaba el mate con cedrón y le contaba chascarros, de esos de su juventud por allá por Curtiduría, donde una vez tuvo un amor. Allí junto a su figura añosa y medio curvada, vivió Eliseo momentos que jamás podría olvidar. Con él supo lo que era tocar una guitarra, con toscas manos al principio, conoció la requintada, afinación  desconocida y aprendió a versiar a lo huaso.
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Las mas de las veces se pusieron  su "quiñe" como él le llamaba, una de las cosas que mas le gustaba era  elogiar el vino que cosechaban en el fundo El Peumo, decía que era grueso como sangre de toro y mas curador que "chicuelona" de dieciocho.
- Patrón aprienda  seste le decía con tono pícaro al mozalbete:
De la parra a la gamela
De la gamela a los monos
De los monos a la carreta
De la carreta a la canasta
De la canasta a al zaranda
De la zaranda al lagar
Del lagar al fudre
Del fudre a las pipas
De las pipas al barril
Del barril al chuico
Del chuico a la damajuana
De la damajuana a la garrafa
De la garrafa a la botella
De la botella a la copa
Y de la copa a la guata
Y de la guata de guelta a la tierra
Porque soy agradecío mierda.
Siempre terminaba con su risa franca y cordial  los versos y cantos, que fluían de su  boca estirada hacia el lado izquierdo de su rugosa cara, como acariciando al tiempo, como arañando la nostalgia de los años idos. Estiraba su mano ancha, fraternal, callosa, dura como los terrenos del rulo costino,  le ofrecía un "quiñe" respiraba hondo perdiendo la mirada en la tierra, taladrándola como un arado de "vuelta y vuelta" y decía.
- Aprienda, aprienda que en esta via nunca se termina de aprender eñol.
Don Humberto le enseño a podar, a conocer las vides, con sus sarmientos retorcidos y sus largas y profundas raíces, con sus cuerpos robustos como pecho de Araucano, las  parras decía son:
-"Semillón", de "Rosada", de "Moscatel", las blancas de "Italia", "Torontel", "Coco é gallo", "Chansela" "San Francisco" no e le olviden éstos nombres pa que después las distinga:
Estuvo casi tres años viviendo en una pieza adyacente a la bodega, el lugar servía  también para cuidar los ricos mostos, evitando que los sedientos se "cayeran" a los fudres cerca de la medianoche, hora preferida por los inquilinos para caminar en forma astuta y despacio     con las  " cultras" de cuero de chivo bajo el sobaco.
Le enseño  a Eliseo a vivir en torno a una fogata campesina y a respetar las historias y tradiciones de su país. Muchas veces tubo el joven una sensación rara cuando le contaba historias de  chonchones y aparecidos, entonces al notarlo inquieto le recalcaba una y otra vez. 
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-Jamás de los jamases uste eñol sienta miedo de nada ni del diaulo mesmo, porque en esta patria no puee haber ni un chileno pisando este suelo si es cobarde.
Uno de esos días de pago, se le ocurrió viajar a Talca, porque tenía ganas de pegarse una "sacudida" en las "casas de alto" donde según él tenía una "chey". Con don  Humberto todo era posible, en cierta oportunidad le contó a Eliseo que hace años conoció  a la  dueña de un cabaret que se llamaba "El Catrecito é Bronce" pero como él era  fiel a su Delfína la que había sido su esposa  ya  fallecida allá por los años cuarenta, nunca había concretado nada con las madame. 
La noticia llegó como un huascazo en la cara, la trajo el sargento Mellado, el hombre era rudo y obeso como barril de  tres arrobas, casi siempre estaba sudando, y sus dedos regordetes jugaban sin parar como "tañando" una cueca en la cacha de su sable. Sin  bajarse del caballo y cruzando dificultosamente su pierna sobre el "cogote" de la bestia  masculló:
•-         Se nos fue no más, se nos fue no mas On Humbertito, guenaza persona el viejito, aniñao como el solo pero guenaza persona, con decile que una vez que se me enfermo uno de mis cauros de la guata, On Humbertito jue y me lo sano con unas hierbas que él conocía, al cabo Pérez, le sano una de las yeguas que tiene en media con on Tilo y que se le había alambrao allá pol bajo. Era casi un santo el hombre eñol.
Calló un instante como homenajeando al finado, respiró profundo dando un largo suspiro  miro fijamente  a Eliseo y le dijo:
•-         Lo mataron  anoche en puta a on Humberto, se metió en las patas de las bestias, jué a la Diez Oriente y se puso a defender a una caurona, eran cuatro gallos mucho más jóvenes que él, los desafió a la calle y allí cuchilla en mano los embistió, el hombre tenía 82 años. Le clavaron una  "quisca "en el pecho, dicen que lo encontraron boca arriba murmurando clarito antes de morise  "no puee aer ni un chileno cobarde pisando esta tierra" después dicen que no alcanzo a terminar de rezar el Padre Nuestro cuando sé jue cortao.
Página 4
Cada vez que pasa Eliseo por algún viñedo antiguo de esos de cabeza como se llaman, le parece escuchar su voz enronquecida por los años. Mas de alguna vez una gota a tajeo fuerte su mejilla y su pecho se  siente apretado como sarmiento al peral. Han pasado más de cuarenta años,  Eliseo ya es viejo pero nunca me ha olvidado a On Humberto, sus versos, sus chascarros y sus cantos entremedio de las viñas allá en el fundo El Peumo.
-Mi vida  que vivan los guenos vinos
Mi vida    que yo produzco con mañas
Mi vida    y en la za
Zaranda e caña
Mi vida que vivan los guenos vinos.
 
 
 
PARRAS Y VINO TINTO
Más madrugador que lechero de fundo y con el cuero arrugado por los años, le vieron aparecer un día con una guitarra pegada a las costillas como espuela en manco lerdo. Se vino a ofrecer como podador y fue aceptado.
El Patrón, le encargó a su segundo hijo, un mozalbete de unos quince años que no quería aprender a trabajar el campo, por considerarlo poca cosa para  él. El muchacho soñaba con vivir en la ciudad a todo lujo  le molestaba el olor a tierra y bosta de caballo. Don Humberto con la sabiduría de esos viejos campesinos, supo ganarse al muchacho y con el cuento de enseñarle a tocar guitarra empezó a cultivarse una amistad férrea entre ambos. Por supuesto que el Patrón Don Alfonso Sepúlveda, era el más contento, el joven se levantaba temprano y andaba todo el día pegado al anciano.
Todas las mañanas lo despertaba su silbido que semejaba a un tordo enamorado, las canciones más chilenas salían sopladitas de su boca. Elíseo, así se llamaba el  muchacho, aprendió a tenerle respeto.
 Le dijo que la poda de una parra era como cortarle los brazos a un  niño, pero que era necesaria para  que en la temporada diera los más grandes y jugosos racimos, esos mismos que después  a "pata pelada", pisarían los vendimiadores sobre la zaranda de cañas.
El hombre poco a poco empezó a instruirlo en el arte de podar.
-¡Corte ese pitón ¡
-¡No le deje tanta carga ¡
-¡Chitas que es duro e caeza eñol ¡
-¡Uste no va a prendel nunca a podal ¡
-¡Le hey dicho que las parras de  rosá  no se podan ná  igual a las parras que dan la ua neira On  Eliseo por la chucha ¡
-¡Putas que es porfiao eñol déjele  el maurón a esa parra¡
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-¡Uste es mas porfiao que la cresta ¡
De que tenía malas pulgas, tenía malas pulgas el hombre, pero cuando el sol empezaba  a taparse con la manta de castilla de la noche invernal, Don Humberto ponía la tetera sobre un rescoldo de sarmientos y preparaba el mate con cedrón y le contaba chascarros, de esos de su juventud por allá por Curtiduría, donde una vez tuvo un amor. Allí junto a su figura añosa y medio curvada, vivió Eliseo momentos que jamás podría olvidar. Con él supo lo que era tocar una guitarra, con toscas manos al principio, conoció la requintada, afinación  desconocida y aprendió a versiar a lo huaso.
Las mas de las veces se pusieron  su "quiñe" como él le llamaba, una de las cosas que mas le gustaba era  elogiar el vino que cosechaban en el fundo El Peumo, decía que era grueso como sangre de toro y mas curador que "chicuelona" de dieciocho.
- Patrón aprienda  seste le decía con tono pícaro al mozalbete:
De la parra a la gamela
De la gamela a los monos
De los monos a la carreta
De la carreta a la canasta
De la canasta a al zaranda
De la zaranda al lagar
Del lagar al fudre
Del fudre a las pipas
De las pipas al barril
Del barril al chuico
Del chuico a la damajuana
De la damajuana a la garrafa
De la garrafa a la botella
De la botella a la copa
Y de la copa a la guata
Y de la guata de guelta a la tierra
Porque soy agradecío mierda.
Siempre terminaba con su risa franca y cordial  los versos y cantos, que fluían de su  boca estirada hacia el lado izquierdo de su rugosa cara, como acariciando al tiempo, como arañando la nostalgia de los años idos. Estiraba su mano ancha, fraternal, callosa, dura como los terrenos del rulo costino,  le ofrecía un "quiñe" respiraba hondo perdiendo la mirada en la tierra, taladrándola como un arado de "vuelta y vuelta" y decía.
- Aprienda, aprienda que en esta via nunca se termina de aprender eñol.
Don Humberto le enseño a podar, a conocer las vides, con sus sarmientos retorcidos y sus largas y profundas raíces, con sus cuerpos robustos como pecho de Araucano, las  parras decía son:
-"Semillón", de "Rosada", de "Moscatel", las blancas de "Italia", "Torontel", "Coco é gallo", "Chansela" "San Francisco" no e le olviden éstos nombres pa que después las distinga:
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Estuvo casi tres años viviendo en una pieza adyacente a la bodega, el lugar servía  también para cuidar los ricos mostos, evitando que los sedientos se "cayeran" a los fudres cerca de la medianoche, hora preferida por los inquilinos para caminar en forma astuta y despacio     con las  " cultras" de cuero de chivo bajo el sobaco.
Le enseño  a Eliseo a vivir en torno a una fogata campesina y a respetar las historias y tradiciones de su país. Muchas veces tubo el joven una sensación rara cuando le contaba historias de  chonchones y aparecidos, entonces al notarlo inquieto le recalcaba una y otra vez. 
-Jamás de los jamases uste eñol sienta miedo de nada ni del diaulo mesmo, porque en esta patria no puee haber ni un chileno pisando este suelo si es cobarde.
Uno de esos días de pago, se le ocurrió viajar a Talca, porque tenía ganas de pegarse una "sacudida" en las "casas de alto" donde según él tenía una "chey". Con don  Humberto todo era posible, en cierta oportunidad le contó a Eliseo que hace años conoció  a la  dueña de un cabaret que se llamaba "El Catrecito é Bronce" pero como él era  fiel a su Delfína la que había sido su esposa  ya  fallecida allá por los años cuarenta, nunca había concretado nada con las madame. 
La noticia llegó como un huascazo en la cara, la trajo el sargento Mellado, el hombre era rudo y obeso como barril de  tres arrobas, casi siempre estaba sudando, y sus dedos regordetes jugaban sin parar como "tañando" una cueca en la cacha de su sable. Sin  bajarse del caballo y cruzando dificultosamente su pierna sobre el "cogote" de la bestia  masculló:
•-         Se nos fue no más, se nos fue no mas On Humbertito, guenaza persona el viejito, aniñao como el solo pero guenaza persona, con decile que una vez que se me enfermo uno de mis cauros de la guata, On Humbertito jue y me lo sano con unas hierbas que él conocía, al cabo Pérez, le sano una de las yeguas que tiene en media con on Tilo y que se le había alambrao allá pol bajo. Era casi un santo el hombre eñol.
Calló un instante como homenajeando al finado, respiró profundo dando un largo suspiro  miro fijamente  a Eliseo y le dijo:
Página 7
•-         Lo mataron  anoche en puta a on Humberto, se metió en las patas de las bestias, jué a la Diez Oriente y se puso a defender a una caurona, eran cuatro gallos mucho más jóvenes que él, los desafió a la calle y allí cuchilla en mano los embistió, el hombre tenía 82 años. Le clavaron una  "quisca "en el pecho, dicen que lo encontraron boca arriba murmurando clarito antes de morise  "no puee aer ni un chileno cobarde pisando esta tierra" después dicen que no alcanzo a terminar de rezar el Padre Nuestro cuando sé jue cortao.
Cada vez que pasa Eliseo por algún viñedo antiguo de esos de cabeza como se llaman, le parece escuchar su voz enronquecida por los años. Mas de alguna vez una gota a tajeo fuerte su mejilla y su pecho se  siente apretado como sarmiento al peral. Han pasado más de cuarenta años,  Eliseo ya es viejo pero nunca me ha olvidado a On Humberto, sus versos, sus chascarros y sus cantos entremedio de las viñas allá en el fundo El Peumo.
-Mi vida  que vivan los guenos vinos
Mi vida    que yo produzco con mañas
Mi vida    y en la za
Zaranda e caña
Mi vida que vivan los guenos vinos.
 
 
 
 
 
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