Ostium. El paso de la Fantasía a la Realidad. Capitulo 1.
En un mundo donde solo hay guerra, es difícil encontrar la paz con uno mismo. Muerte y destrucción, es todo lo que veo sin importar a donde vaya.
Hace tres años zarpé a mar abierto para alejarme de todo eso. Pero. Fue en vano. Aquí también existen los problemas.
Puedo decir con total sinceridad, que lo que me llevó a esto, fue mi rebeldía. Por no hacer lo que me ordenaron desde el principio, tomando mis propias decisiones. Pero no me arrepiento. ¿Cuántas vidas se hubiesen perdido si hubiese seguido esas órdenes? ¿Y cuántas se hubiesen salvado?.
Dejé gran parte de mi vida atrás. Todo lo que alguna vez significó algo para mí. Mi familia, mis amigos, la mujer que amo. Solo los más fieles a mi amistad me acompañan. Bakup, Bélamy, Légolaz. Gracias.
Capitulo 1. Ostium.
En mis momentos de paz, pienso en el tiempo. El tiempo que dejé pasar. Las oportunidades que desaproveché. Y en las personas a las que decepcioné.
Me encuentro en mi camarote, el vaivén de la nave no cesa. El ruido de las gaviotas y de las olas chocar contra el casco me relaja. Ese sonido tranquilizante me ayuda a concentrarme mientras leo antiguos escritos.
Los problemas que afrontamos día a día, me hacen desear haberme quedado en Lyonnése. No pasa día que no nos enfrentemos contra alguna flota de la armada real o del ejército oscuro. Por no mencionar que estos mares están infestados de piratas. Supongo que la mayoría de ellos, se encuentran en la misma posición que yo. Un desterrado cuya cabeza tiene recompensa. ¿Cómo llegué a esto? Pues, al proteger al enemigo de mis amigos. Por negarme a derramar más sangre de inocentes. Por no poder demostrar que no todo enemigo, era el enemigo.
Fue hace tres años y todavía lo recuerdo bien. Debía defender la corrupta ciudad de Áxerrat. Aun maldigo ese día. Y pensar que cuando me desperté esa mañana, imaginaba un día tranquilo sin problemas. Pero. Estamos en tiempos de guerra.
Había revuelo, las personas estaban nerviosas, las tropas se desplegaban velozmente, el asedio era levantado con rapidez, y yo, no entendía muy bien lo que estaba pasando. Con urgencia, fui llamado ante el rey de Áxerrat, Teodorus Primus Primero. Fue él el que me informó que el ejército oscuro se acercaba. Fui nombrado líder de tropa. Debía ser yo el que guiara a los hombres a la batalla.
Me encontraba solo. Mis amigos estaban en sus ciudades cumpliendo con sus deberes. Solo Circe me acompañaba.
De un momento a otro, sonó la campana de la torreta de la muralla norte. Con prisa me asomé y quedé atontado al ver semejante puesta en escena. Una gran sombra negra cubría el horizonte. No era una nube tormentosa que tapaba el sol. Era el frio metal de las armaduras del ejército oscuro. De tan oscuras que son, el sol apenas se refleja en ellas. Estandartes rojos y negros resaltaban notablemente. Tambores se escuchaban a lo lejos. Gritos de Orcos y Sidjhis oscuros hacían que hasta al hombre más rudo se le erice la piel.
En las murallas, los arqueros preparaban sus flechas, el asedio tras las murallas ya estaba preparado, solo hacía falta mi orden para atacar.
Llevo mucho tiempo en este mundo y afronté situaciones difíciles. Esta, sería una más. Solo hizo falta el levantar mi espada para dar la orden. Cuando el enemigo se acercó lo suficiente, las puertas de las murallas se abrieron dejando salir a las tropas de Áxerrat. Los arqueros en las murallas, oscurecieron el cielo con sus flechas, los lanza piedras detrás de la muralla soltaron su carga, y desde la torre más alta de la ciudad, el escuadrón aéreo se desplegaba. Los "Alas carmesí". Jinetes armados con lanzas montados en dragones cubiertos con armaduras color sangre.
Pero el enemigo no sucumbió ante el ataque. Sus bestias tomaron la primera línea ofensiva. Eran similares a un rinoceronte, cubiertos por capas de grueso metal en el que las flechas rebotaban como mondadientes. En el horizonte, una variedad de bestias aladas se acercaban. Grifos, Dragones, Halcones, entre otras. El ejército oscuro es conocido por la destreza de sus jinetes aéreos. Su sola presencia, significaba una derrota segura.
Las grandes rocas de nuestros lanza piedras parecían inútiles. Solo hacía falta una sola bola de fuego de uno de sus dragones para convertirlas en arena. Nuestras flechas acertaban, pero hacía falta más que eso para hacer caer a un solo guerrero oscuro. Desde la torre central de la ciudad, se escuchaba el choque metálico de las espadas y los golpes contra los escudos. En el aire, otra batalla se libraba. Una lluvia de sangre empapaba a los hombres de ambos bandos. Axerrat se mantenía a la defensiva, y esto, parecía funcionar. Todo se veía parejo. Se le hacía difícil al enemigo avanzar. Pero la cantidad de muertos ascendía por cada segundo que pasaba.
Yo también tomé lugar en la pelea. Con prisa fui hasta la torre central, donde se encontraban los establos de los "Alas Carmesí". Ahí, ya preparada se encontraba mi fiel amiga, Circe. Mi dragón blanco cuya armadura brillaba como la plata. Desde el aire, el escenario se veía peor que cuando observaba desde las murallas. Con claridad podía ver como las lanzas y espadas del ejército oscuro atravesaban las rojas armaduras de los hombres de Áxerrat. En ese momento, me arrepentí de haber llevado a Circe a la batalla. Esto se veía mal.
En el aire, un trío de jinetes de Halcón, me eligieron como su objetivo. La destreza del vuelo de circe, me ayudaba a esquivar las lanzas que me arrojaban. Gracias a mi arco, solo logré derribar a uno solo, acertando en el pecho del ave. Su caída fue brutal. Por fortuna, su derribo no hirió a hombres de armadura carmesí, por el contrario, calló de lleno sobre una de las bestias enemigas, dándole la oportunidad a mis hombres de acabarla una vez en el suelo. Pero no podía perder la concentración. Todavía tenía a dos aves enemigas detrás mío. Pronto, dos dragones aparecieron de entre las nubes. El reflejo del sol en esas armaduras tan rojas como la sangre me sacó una sonrisa. Esos dos jinetes acabaron en un parpadeo con los distraídos Sidjhis montados en esas feroces aves.
Ahora, comandaba un grupo aéreo. Ordenadamente, atacábamos sin piedad a todo enemigo que se nos cruzaba. Si bien Áxerrat es una ciudad detestable por su corrupción, también es reconocida por la destreza de sus jinetes aéreos. Mientras tanto, no estaba prestando atención a lo que en tierra estaba pasando. El enemigo había roto las defensas terrestres y habían podido penetrar las murallas. Ahora el escenario, era dentro de la ciudad.
A donde dirigía la mirada, solo era caoz. De un momento a otro, estábamos perdiendo esta batalla.
Abandoné a Circe en vuelo después de pedirle que se dirija a una zona segura. Dejé que los alas carmesí se encargaran del terreno aéreo. Sorprendentemente, en mi caída, pude ver a lo dejos, hacia el este, que un grupo se dirigía hacia el lugar. Al divisar su estandarte, me invadió la felicidad. Kerena se acercaba sagazmente acompañada por la caballería de Shinon. Una ciudad neutral a la que ayudé en el pasado. Sabía que venían a ayudarme. Fue gracias a ellos que el desenlace de la batalla terminó en una prominente victoria. Pero, mediante la misma, algo terrible pasó.
Mi padrastro, el Rey Vaídir Lyonéss, Impuso una regla muy estricta hacía un tiempo.
-"Todo aquel que se cruce con un Sidjhi Oscuro, tiene la obligación de ponerle fin a su existencia, sin importar la edad, ni su sexo. Aquel que no cumpla con este mandato, se lo acusará de cometer alta traición, y su castigo será la inmediata ejecución".-
Shinon era una ciudad neutral, perteneciente a las legiones del este y del oeste. Los imperios más poderosos de estas tierras. Por lo cual, nadie les podía hacer frente. A estos reinos, acudían personas de todas las razas para estar a salvo. Las legiones neutrales recibían a todo aquel que llegase con buenas intenciones.
Meses previos a la batalla de Áxerrat, conocí a Kerena. Una Sidjhi oscura. Ella vivía en una pequeña ciudad pacífica escondida entre cerros y montañas, cerca de la ciudad de Garinto. Tertéris, poblada por Sídjhis oscuros, siempre se mantuvo al margen de la guerra. Intentando llevar una vida tranquila cosechando en sus tierras y casando en los bosques cercanos. Pero un día, sufrió un injusto ataque. A Kerena, la hallé herida e inconsciente en uno de mis viajes. Iba montado sobre mi fiel amigo Silverfang, un tigre blanco de gran tamaño, cuando él la olfateo. Casi desangrada, con su ropa rasgada, cubierta de quemaduras y cortadas y en su mano derecha, una daga. Así fue como la hallé. Mis órdenes eran matar a todo Sidjhi oscuro que vea, pero algo en ese momento, impidió que lo haga. Fue así como la conocí.
Gracias a ella, pudimos hacer que el enemigo retroceda. Pudimos hacer que salgan de la ciudad. Fue un punto clave en esa batalla. Muchos de sus hombres habían caído, pero los pocos que quedaban, daban pelea. Enanos, Elfos, Humanos, Orcos, Shinon tenía una gran variedad de razas en sus filas, pero todo Sigjhi oscuro, debía proteger su identidad. Por lo que para generalizar, sus soldados usaban un gran shelmo el cual les cubría por completo sus cabezas. Nunca antes había pasado de que hombres del imperio neutral, defiendan a ciudades de algún bando en específico, pero se podía decir que tanto Kerena, como el monarca de Shinon, me debían una.
Mediante la retirada del enemigo, como una sucia sorpresa, lanzaron un último ataque. En el cual, acabaron con la vida de muchos de los hombres de Axerrat y muchos de la caballería de Kerena. Por fortuna, pudimos hacer con gran esfuerzo, que decidieran retirarse por completo. Pero, mediante el ataque, uno de los soldados enemigos atacó a Kerena. No logró matarla, pero si la derribó de su caballo, dejándola inconsciente en el suelo. Cuando la batalla cesó, Hubo un ensordecedor silencio tras los gritos de victoria de los soldados. Confundido, miraba hacia todos lados y noté que todos los hombres de Áxerrat, miraban hacia una sola dirección. Kerena, quien se encontraba en el suelo, inconsciente, había perdido el shelmo por causa de la caída, por lo que su rostro estaba al descubierto. Hombres de armaduras rojas, se acercaron con la intención de matarla. Automáticamente, los pocos hombres de Shinon que quedaban en pie, los cuales no eran más de doce o trece, se formaron al rededor de la Sidjhi oscura en posición defensiva. Grité desesperadamente para detener a los soldados. Yo era el líder de tropa, por lo que tenía autoridad, pero, el segundo al mando, un hombre arrogante y de personalidad detestable, me acusó de traición. Los hombres de Axerrat continuaron avanzando. Nuevamente, una batalla se libró en el lugar. Los soldados de Shinon, hacían lo posible para evitar que se acerquen a Kerena. La fuerza y la destreza de esos hombres era impresionante. Solo una docena, podían hacerle frente a más de cien. Yo intentaba hacerles entender a los que hasta ese momento, eran soldados bajo mis órdenes, que detuvieran su ataque. Pero de la nada, Vladimir Lunges, el segundo al mando, se lanzó sobre mí blandiendo su espada y maldiciéndome de mil maneras distintas.
-"¿Así que además de usurpador, eres un traidor? Si mi espada no hace que te desangres primero, te llevaré ante el rey. A ver que dice él al respecto. ¡Maldita basura! ¿Cómo te atreves a defender a esa escoria?"-
Aunque los hombres de Shinon que quedaban en pie eran fuertes, el número de soldados de armaduras rojas era elevado. Solo tres respiraban cuando dirigí mi mirada hacia el lugar. Los habían derribado por completo. Para todo esto, mi pelea contra Vladimir, había sido interrumpida por otros cinco hombres. Entre seis, lograron derribarme y retenerme en el suelo. A Kerena, la tomaron de sus brazos y piernas y la llevaron a la ciudad junto a los tres hombres de Shinon sobrevivientes. A mí me encadenaron, y a la fuerza, también me llevaron con ellos.
Posterior a esto, una gran disputa diplomática se armó entre las ciudades de Shinon, Áxerrat y Lyonése. Por fortuna, a los tres soldados sobrevivientes y a Kerena, les perdonaron la vida. El monarca de Shinon, un antiguo amigo mío llamado Rolan Rorlan, pidió que envíen a sus cuatro soldados sobrevivientes y a los cuerpos de los caídos a su ciudad bajo la amenaza de ataque. Si esto se cumplía, olvidaría que los hombres de Axerrat también atacaron a sus soldados. Esta amenaza también iba para la ciudad de Lyonése, y ambos reyes sabían que no era conveniente entrar en una disputa contra una de las grandes potencias territoriales. Por lo que aceptaron al mandato de Rolan sin decir nada más. Por desgracia, Rolan no pudo objetar a mi favor ya que no era un ciudadano de Shinon.
-"Lo siento mucho Rebecca. Créeme que quisiera ayudarte, pero mi jurisdicción solo llega hasta los que portan la ciudadanía de Shinon. Te ruego me perdones. Oraré para que tu sentencia no sea tan dura. En verdad, lo siento".-
Sus palabras eran sinceras y esto lo decía mientras apretábamos con fuerza nuestras manos. Cuando se marchó, hubiese querido darle un abrazo a mi viejo amigo, pero me encontraba tras las rejas, en la cárcel de Áxerrat.
Al día siguiente, Mi padrastro llegó a la ciudad. Y tras una junta, en la que yo no estuve presente, decidieron que hacer conmigo. El rey de Lyonése, vino acompañado por mi viejo entrenador, Torus. Persona a la que hasta el día de hoy, respeto y aprecio. Fue él el primero en acercarse a la celda en la que estaba, y en cierta forma, regañarme por lo que había hecho. Pero se notaba que sus palabras las expresaba con dolor y me sorprendió su dialogo final.
-"Maldigo el día en el que tu padre impuso esa ley. No soy quien para juzgarte. Creo que yo hubiese hecho lo mismo. Tranquila. Intentaré convencer a tu padre para que tu condena sea suave".-
Mi juicio se llevo a cabo en la plaza de Lyonése tres días después de lo acontecido. Muchos de mis conocidos y amigos estaban presentes. Muchos viajaron de reinos lejanos para presenciar mi sentencia. Sentía el apoyo de muchos, y el desagrado de otros. Esposado sobre una plataforma de madera miraba a la multitud. Por dentro pensaba. ¿Me sentenciarán a muerte? ¿Acabará todo así? Mientras lagrimas caían por mis mejillas. El vocero fue mi padrastro y el jurado, los monarcas de las ciudades aliadas, quienes viajaron hasta aquí solo por esto. Después de todo, están juzgando a un miembro de la realeza.
Tras cuatro horas de tensión, mi padrastro, y los miembros reales del jurado, hicieron acto de presencia en la plaza. En ese momento, la multitud guardo silencio.
-“¡Rebecca! Se te acusa de proteger al enemigo en plena batalla, corrompiendo las normas sugeridas por su majestad y vocero, en esta ocasión, el Rey Vaídir Lyonéss, de Lyonésse. ¿Cómo te declaras?”-
La multitud empezó a gritar. Algunos, acusándome de traidor, otros, gritaban que me liberen. Yo no emitía sonido. Tampoco miré a mi padrastro, solo miraba a la multitud. Solo voltee para mirar al jurado una sola vez. Los reyes de los veintisiete reinos estaban presentes.
-“La ley dicta claramente, que las consecuencias al romper dicho mandato, es la ejecución inmediata. Afortunadamente, tratándose de un miembro de la realeza, junto al jurado llegamos a una decisión. Rebecca, se te perdonará la vida. Sin embargo, tu castigo será el destierro. No se te permitirá cruzar las puertas de ninguno de los veintisiete reinos del sur.”-
Los gritos de la gente volvieron a resonar. El rey Vaídir tomó asiento y uno de los monarcas tras ponerse de pie, empezó a hablar frente a la multitud.
-“Cada miembro real a dado su propio veredicto. Por mayoría de votos, se ah decidido lo recién anunciado. Ahora, es mi deber anunciar que doce de nosotros, hemos decidido considerar a la princesa de Lyonésse como una completa traidora. Por lo que hemos emitido la orden de matar a la acusada si es que se la ve merodeando en zonas pertenecientes a nuestras tierras. Las ciudades que entran en esta lista son: Trinasia. Nueva Cerzura. Bípoli. Vermíriz. Áscaron. Qüercus. Gladius Sharp. Caetus. Vatíciniis. Nox. Diéruz. y por último. Lyonesse.”-
Hubo silencio. Solo se oía el viento soplar. Todos estaban impresionados. Yo con la cabeza agachada, reteniendo las lágrimas y disimulando la tristeza, también me encontraba desconcertado. No esperaba que el que tanto tiempo fue mi padre, declarara tal cosa. Y por mi cabeza pasaba la pregunta; ¿Si ellos me matarán si me ven por sus territorios, porque no me ejecutan ahora para evitarse las molestias en el futuro? Luego entendí que solo eran doce los que tomaron esa decisión. Por lo que los otros quince, estaban en desacuerdo con la idea. Pero, en todo caso. Quiénes estuvieron a favor de mi destierro, y quienes a favor de mi ejecución. Una pregunta que hasta el día de hoy, no logro responder.
Desde ese día, mi vida en este mundo no volvió a ser igual. Me desterraron y me arrebataron gran parte de mis pertenencias. Entre ellas, la piedra que abre la puerta a mi mundo. Solo dejaron que mis mascotas me acompañen. Circe, Silverfang, Spírit, y Zafira. Dejaron que me quede con mi armadura real, a la cual, con una daga, le hicieron una cruz al escudo de la ciudad de Lyonésse, mi arco, mi espada y escudo, y todo lo que me podía llevar encima.
Cuando me retiraba de la ciudad, Torus se acercó a mí para desearme suerte. Yo le pregunté el porqué de la decisión del rey Vaídir. Porqué él también dio la orden de matarme si me ven en territorios de Lyonésse.
-"Tu padre ah sido el Rey de esta ciudad por muchos años. Debe mantener una postura delante de sus hombres y sus súbditos. Esa es la razón. Al negarse a ejecutarte, iba a quedar como un líder débil frente a todos los presentes. Pero créeme cuando te digo esto. Tu padre fue el primero en negarse a acabar con tu vida".-
Con gran tristeza, saludé a Torus, y me marché.
Estuve mucho tiempo viajando sin rumbo. Recibí ayuda de algunos amigos en el camino. Y por esa ayuda, ellos se metieron en problemas. Algunos, decidieron abrirse completamente del tema para no complicar más su situación. Yo sin juzgarlos ni culparlos, los dejé atrás. Y fue aquí, donde Bakup, Légolaz y Bélamy se unen a mí y a mi tan desdichado destino.
Fue a partir de todo esto, que me hice a la mar. Buscando la manera de regresar a mi mundo, junto a mis amigos.
Hace tres años zarpé a mar abierto para alejarme de todo eso. Pero. Fue en vano. Aquí también existen los problemas.
Puedo decir con total sinceridad, que lo que me llevó a esto, fue mi rebeldía. Por no hacer lo que me ordenaron desde el principio, tomando mis propias decisiones. Pero no me arrepiento. ¿Cuántas vidas se hubiesen perdido si hubiese seguido esas órdenes? ¿Y cuántas se hubiesen salvado?.
Dejé gran parte de mi vida atrás. Todo lo que alguna vez significó algo para mí. Mi familia, mis amigos, la mujer que amo. Solo los más fieles a mi amistad me acompañan. Bakup, Bélamy, Légolaz. Gracias.
Capitulo 1. Ostium.
En mis momentos de paz, pienso en el tiempo. El tiempo que dejé pasar. Las oportunidades que desaproveché. Y en las personas a las que decepcioné.
Me encuentro en mi camarote, el vaivén de la nave no cesa. El ruido de las gaviotas y de las olas chocar contra el casco me relaja. Ese sonido tranquilizante me ayuda a concentrarme mientras leo antiguos escritos.
Los problemas que afrontamos día a día, me hacen desear haberme quedado en Lyonnése. No pasa día que no nos enfrentemos contra alguna flota de la armada real o del ejército oscuro. Por no mencionar que estos mares están infestados de piratas. Supongo que la mayoría de ellos, se encuentran en la misma posición que yo. Un desterrado cuya cabeza tiene recompensa. ¿Cómo llegué a esto? Pues, al proteger al enemigo de mis amigos. Por negarme a derramar más sangre de inocentes. Por no poder demostrar que no todo enemigo, era el enemigo.
Fue hace tres años y todavía lo recuerdo bien. Debía defender la corrupta ciudad de Áxerrat. Aun maldigo ese día. Y pensar que cuando me desperté esa mañana, imaginaba un día tranquilo sin problemas. Pero. Estamos en tiempos de guerra.
Había revuelo, las personas estaban nerviosas, las tropas se desplegaban velozmente, el asedio era levantado con rapidez, y yo, no entendía muy bien lo que estaba pasando. Con urgencia, fui llamado ante el rey de Áxerrat, Teodorus Primus Primero. Fue él el que me informó que el ejército oscuro se acercaba. Fui nombrado líder de tropa. Debía ser yo el que guiara a los hombres a la batalla.
Me encontraba solo. Mis amigos estaban en sus ciudades cumpliendo con sus deberes. Solo Circe me acompañaba.
De un momento a otro, sonó la campana de la torreta de la muralla norte. Con prisa me asomé y quedé atontado al ver semejante puesta en escena. Una gran sombra negra cubría el horizonte. No era una nube tormentosa que tapaba el sol. Era el frio metal de las armaduras del ejército oscuro. De tan oscuras que son, el sol apenas se refleja en ellas. Estandartes rojos y negros resaltaban notablemente. Tambores se escuchaban a lo lejos. Gritos de Orcos y Sidjhis oscuros hacían que hasta al hombre más rudo se le erice la piel.
En las murallas, los arqueros preparaban sus flechas, el asedio tras las murallas ya estaba preparado, solo hacía falta mi orden para atacar.
Llevo mucho tiempo en este mundo y afronté situaciones difíciles. Esta, sería una más. Solo hizo falta el levantar mi espada para dar la orden. Cuando el enemigo se acercó lo suficiente, las puertas de las murallas se abrieron dejando salir a las tropas de Áxerrat. Los arqueros en las murallas, oscurecieron el cielo con sus flechas, los lanza piedras detrás de la muralla soltaron su carga, y desde la torre más alta de la ciudad, el escuadrón aéreo se desplegaba. Los "Alas carmesí". Jinetes armados con lanzas montados en dragones cubiertos con armaduras color sangre.
Pero el enemigo no sucumbió ante el ataque. Sus bestias tomaron la primera línea ofensiva. Eran similares a un rinoceronte, cubiertos por capas de grueso metal en el que las flechas rebotaban como mondadientes. En el horizonte, una variedad de bestias aladas se acercaban. Grifos, Dragones, Halcones, entre otras. El ejército oscuro es conocido por la destreza de sus jinetes aéreos. Su sola presencia, significaba una derrota segura.
Las grandes rocas de nuestros lanza piedras parecían inútiles. Solo hacía falta una sola bola de fuego de uno de sus dragones para convertirlas en arena. Nuestras flechas acertaban, pero hacía falta más que eso para hacer caer a un solo guerrero oscuro. Desde la torre central de la ciudad, se escuchaba el choque metálico de las espadas y los golpes contra los escudos. En el aire, otra batalla se libraba. Una lluvia de sangre empapaba a los hombres de ambos bandos. Axerrat se mantenía a la defensiva, y esto, parecía funcionar. Todo se veía parejo. Se le hacía difícil al enemigo avanzar. Pero la cantidad de muertos ascendía por cada segundo que pasaba.
Yo también tomé lugar en la pelea. Con prisa fui hasta la torre central, donde se encontraban los establos de los "Alas Carmesí". Ahí, ya preparada se encontraba mi fiel amiga, Circe. Mi dragón blanco cuya armadura brillaba como la plata. Desde el aire, el escenario se veía peor que cuando observaba desde las murallas. Con claridad podía ver como las lanzas y espadas del ejército oscuro atravesaban las rojas armaduras de los hombres de Áxerrat. En ese momento, me arrepentí de haber llevado a Circe a la batalla. Esto se veía mal.
En el aire, un trío de jinetes de Halcón, me eligieron como su objetivo. La destreza del vuelo de circe, me ayudaba a esquivar las lanzas que me arrojaban. Gracias a mi arco, solo logré derribar a uno solo, acertando en el pecho del ave. Su caída fue brutal. Por fortuna, su derribo no hirió a hombres de armadura carmesí, por el contrario, calló de lleno sobre una de las bestias enemigas, dándole la oportunidad a mis hombres de acabarla una vez en el suelo. Pero no podía perder la concentración. Todavía tenía a dos aves enemigas detrás mío. Pronto, dos dragones aparecieron de entre las nubes. El reflejo del sol en esas armaduras tan rojas como la sangre me sacó una sonrisa. Esos dos jinetes acabaron en un parpadeo con los distraídos Sidjhis montados en esas feroces aves.
Ahora, comandaba un grupo aéreo. Ordenadamente, atacábamos sin piedad a todo enemigo que se nos cruzaba. Si bien Áxerrat es una ciudad detestable por su corrupción, también es reconocida por la destreza de sus jinetes aéreos. Mientras tanto, no estaba prestando atención a lo que en tierra estaba pasando. El enemigo había roto las defensas terrestres y habían podido penetrar las murallas. Ahora el escenario, era dentro de la ciudad.
A donde dirigía la mirada, solo era caoz. De un momento a otro, estábamos perdiendo esta batalla.
Abandoné a Circe en vuelo después de pedirle que se dirija a una zona segura. Dejé que los alas carmesí se encargaran del terreno aéreo. Sorprendentemente, en mi caída, pude ver a lo dejos, hacia el este, que un grupo se dirigía hacia el lugar. Al divisar su estandarte, me invadió la felicidad. Kerena se acercaba sagazmente acompañada por la caballería de Shinon. Una ciudad neutral a la que ayudé en el pasado. Sabía que venían a ayudarme. Fue gracias a ellos que el desenlace de la batalla terminó en una prominente victoria. Pero, mediante la misma, algo terrible pasó.
Mi padrastro, el Rey Vaídir Lyonéss, Impuso una regla muy estricta hacía un tiempo.
-"Todo aquel que se cruce con un Sidjhi Oscuro, tiene la obligación de ponerle fin a su existencia, sin importar la edad, ni su sexo. Aquel que no cumpla con este mandato, se lo acusará de cometer alta traición, y su castigo será la inmediata ejecución".-
Shinon era una ciudad neutral, perteneciente a las legiones del este y del oeste. Los imperios más poderosos de estas tierras. Por lo cual, nadie les podía hacer frente. A estos reinos, acudían personas de todas las razas para estar a salvo. Las legiones neutrales recibían a todo aquel que llegase con buenas intenciones.
Meses previos a la batalla de Áxerrat, conocí a Kerena. Una Sidjhi oscura. Ella vivía en una pequeña ciudad pacífica escondida entre cerros y montañas, cerca de la ciudad de Garinto. Tertéris, poblada por Sídjhis oscuros, siempre se mantuvo al margen de la guerra. Intentando llevar una vida tranquila cosechando en sus tierras y casando en los bosques cercanos. Pero un día, sufrió un injusto ataque. A Kerena, la hallé herida e inconsciente en uno de mis viajes. Iba montado sobre mi fiel amigo Silverfang, un tigre blanco de gran tamaño, cuando él la olfateo. Casi desangrada, con su ropa rasgada, cubierta de quemaduras y cortadas y en su mano derecha, una daga. Así fue como la hallé. Mis órdenes eran matar a todo Sidjhi oscuro que vea, pero algo en ese momento, impidió que lo haga. Fue así como la conocí.
Gracias a ella, pudimos hacer que el enemigo retroceda. Pudimos hacer que salgan de la ciudad. Fue un punto clave en esa batalla. Muchos de sus hombres habían caído, pero los pocos que quedaban, daban pelea. Enanos, Elfos, Humanos, Orcos, Shinon tenía una gran variedad de razas en sus filas, pero todo Sigjhi oscuro, debía proteger su identidad. Por lo que para generalizar, sus soldados usaban un gran shelmo el cual les cubría por completo sus cabezas. Nunca antes había pasado de que hombres del imperio neutral, defiendan a ciudades de algún bando en específico, pero se podía decir que tanto Kerena, como el monarca de Shinon, me debían una.
Mediante la retirada del enemigo, como una sucia sorpresa, lanzaron un último ataque. En el cual, acabaron con la vida de muchos de los hombres de Axerrat y muchos de la caballería de Kerena. Por fortuna, pudimos hacer con gran esfuerzo, que decidieran retirarse por completo. Pero, mediante el ataque, uno de los soldados enemigos atacó a Kerena. No logró matarla, pero si la derribó de su caballo, dejándola inconsciente en el suelo. Cuando la batalla cesó, Hubo un ensordecedor silencio tras los gritos de victoria de los soldados. Confundido, miraba hacia todos lados y noté que todos los hombres de Áxerrat, miraban hacia una sola dirección. Kerena, quien se encontraba en el suelo, inconsciente, había perdido el shelmo por causa de la caída, por lo que su rostro estaba al descubierto. Hombres de armaduras rojas, se acercaron con la intención de matarla. Automáticamente, los pocos hombres de Shinon que quedaban en pie, los cuales no eran más de doce o trece, se formaron al rededor de la Sidjhi oscura en posición defensiva. Grité desesperadamente para detener a los soldados. Yo era el líder de tropa, por lo que tenía autoridad, pero, el segundo al mando, un hombre arrogante y de personalidad detestable, me acusó de traición. Los hombres de Axerrat continuaron avanzando. Nuevamente, una batalla se libró en el lugar. Los soldados de Shinon, hacían lo posible para evitar que se acerquen a Kerena. La fuerza y la destreza de esos hombres era impresionante. Solo una docena, podían hacerle frente a más de cien. Yo intentaba hacerles entender a los que hasta ese momento, eran soldados bajo mis órdenes, que detuvieran su ataque. Pero de la nada, Vladimir Lunges, el segundo al mando, se lanzó sobre mí blandiendo su espada y maldiciéndome de mil maneras distintas.
-"¿Así que además de usurpador, eres un traidor? Si mi espada no hace que te desangres primero, te llevaré ante el rey. A ver que dice él al respecto. ¡Maldita basura! ¿Cómo te atreves a defender a esa escoria?"-
Aunque los hombres de Shinon que quedaban en pie eran fuertes, el número de soldados de armaduras rojas era elevado. Solo tres respiraban cuando dirigí mi mirada hacia el lugar. Los habían derribado por completo. Para todo esto, mi pelea contra Vladimir, había sido interrumpida por otros cinco hombres. Entre seis, lograron derribarme y retenerme en el suelo. A Kerena, la tomaron de sus brazos y piernas y la llevaron a la ciudad junto a los tres hombres de Shinon sobrevivientes. A mí me encadenaron, y a la fuerza, también me llevaron con ellos.
Posterior a esto, una gran disputa diplomática se armó entre las ciudades de Shinon, Áxerrat y Lyonése. Por fortuna, a los tres soldados sobrevivientes y a Kerena, les perdonaron la vida. El monarca de Shinon, un antiguo amigo mío llamado Rolan Rorlan, pidió que envíen a sus cuatro soldados sobrevivientes y a los cuerpos de los caídos a su ciudad bajo la amenaza de ataque. Si esto se cumplía, olvidaría que los hombres de Axerrat también atacaron a sus soldados. Esta amenaza también iba para la ciudad de Lyonése, y ambos reyes sabían que no era conveniente entrar en una disputa contra una de las grandes potencias territoriales. Por lo que aceptaron al mandato de Rolan sin decir nada más. Por desgracia, Rolan no pudo objetar a mi favor ya que no era un ciudadano de Shinon.
-"Lo siento mucho Rebecca. Créeme que quisiera ayudarte, pero mi jurisdicción solo llega hasta los que portan la ciudadanía de Shinon. Te ruego me perdones. Oraré para que tu sentencia no sea tan dura. En verdad, lo siento".-
Sus palabras eran sinceras y esto lo decía mientras apretábamos con fuerza nuestras manos. Cuando se marchó, hubiese querido darle un abrazo a mi viejo amigo, pero me encontraba tras las rejas, en la cárcel de Áxerrat.
Al día siguiente, Mi padrastro llegó a la ciudad. Y tras una junta, en la que yo no estuve presente, decidieron que hacer conmigo. El rey de Lyonése, vino acompañado por mi viejo entrenador, Torus. Persona a la que hasta el día de hoy, respeto y aprecio. Fue él el primero en acercarse a la celda en la que estaba, y en cierta forma, regañarme por lo que había hecho. Pero se notaba que sus palabras las expresaba con dolor y me sorprendió su dialogo final.
-"Maldigo el día en el que tu padre impuso esa ley. No soy quien para juzgarte. Creo que yo hubiese hecho lo mismo. Tranquila. Intentaré convencer a tu padre para que tu condena sea suave".-
Mi juicio se llevo a cabo en la plaza de Lyonése tres días después de lo acontecido. Muchos de mis conocidos y amigos estaban presentes. Muchos viajaron de reinos lejanos para presenciar mi sentencia. Sentía el apoyo de muchos, y el desagrado de otros. Esposado sobre una plataforma de madera miraba a la multitud. Por dentro pensaba. ¿Me sentenciarán a muerte? ¿Acabará todo así? Mientras lagrimas caían por mis mejillas. El vocero fue mi padrastro y el jurado, los monarcas de las ciudades aliadas, quienes viajaron hasta aquí solo por esto. Después de todo, están juzgando a un miembro de la realeza.
Tras cuatro horas de tensión, mi padrastro, y los miembros reales del jurado, hicieron acto de presencia en la plaza. En ese momento, la multitud guardo silencio.
-“¡Rebecca! Se te acusa de proteger al enemigo en plena batalla, corrompiendo las normas sugeridas por su majestad y vocero, en esta ocasión, el Rey Vaídir Lyonéss, de Lyonésse. ¿Cómo te declaras?”-
La multitud empezó a gritar. Algunos, acusándome de traidor, otros, gritaban que me liberen. Yo no emitía sonido. Tampoco miré a mi padrastro, solo miraba a la multitud. Solo voltee para mirar al jurado una sola vez. Los reyes de los veintisiete reinos estaban presentes.
-“La ley dicta claramente, que las consecuencias al romper dicho mandato, es la ejecución inmediata. Afortunadamente, tratándose de un miembro de la realeza, junto al jurado llegamos a una decisión. Rebecca, se te perdonará la vida. Sin embargo, tu castigo será el destierro. No se te permitirá cruzar las puertas de ninguno de los veintisiete reinos del sur.”-
Los gritos de la gente volvieron a resonar. El rey Vaídir tomó asiento y uno de los monarcas tras ponerse de pie, empezó a hablar frente a la multitud.
-“Cada miembro real a dado su propio veredicto. Por mayoría de votos, se ah decidido lo recién anunciado. Ahora, es mi deber anunciar que doce de nosotros, hemos decidido considerar a la princesa de Lyonésse como una completa traidora. Por lo que hemos emitido la orden de matar a la acusada si es que se la ve merodeando en zonas pertenecientes a nuestras tierras. Las ciudades que entran en esta lista son: Trinasia. Nueva Cerzura. Bípoli. Vermíriz. Áscaron. Qüercus. Gladius Sharp. Caetus. Vatíciniis. Nox. Diéruz. y por último. Lyonesse.”-
Hubo silencio. Solo se oía el viento soplar. Todos estaban impresionados. Yo con la cabeza agachada, reteniendo las lágrimas y disimulando la tristeza, también me encontraba desconcertado. No esperaba que el que tanto tiempo fue mi padre, declarara tal cosa. Y por mi cabeza pasaba la pregunta; ¿Si ellos me matarán si me ven por sus territorios, porque no me ejecutan ahora para evitarse las molestias en el futuro? Luego entendí que solo eran doce los que tomaron esa decisión. Por lo que los otros quince, estaban en desacuerdo con la idea. Pero, en todo caso. Quiénes estuvieron a favor de mi destierro, y quienes a favor de mi ejecución. Una pregunta que hasta el día de hoy, no logro responder.
Desde ese día, mi vida en este mundo no volvió a ser igual. Me desterraron y me arrebataron gran parte de mis pertenencias. Entre ellas, la piedra que abre la puerta a mi mundo. Solo dejaron que mis mascotas me acompañen. Circe, Silverfang, Spírit, y Zafira. Dejaron que me quede con mi armadura real, a la cual, con una daga, le hicieron una cruz al escudo de la ciudad de Lyonésse, mi arco, mi espada y escudo, y todo lo que me podía llevar encima.
Cuando me retiraba de la ciudad, Torus se acercó a mí para desearme suerte. Yo le pregunté el porqué de la decisión del rey Vaídir. Porqué él también dio la orden de matarme si me ven en territorios de Lyonésse.
-"Tu padre ah sido el Rey de esta ciudad por muchos años. Debe mantener una postura delante de sus hombres y sus súbditos. Esa es la razón. Al negarse a ejecutarte, iba a quedar como un líder débil frente a todos los presentes. Pero créeme cuando te digo esto. Tu padre fue el primero en negarse a acabar con tu vida".-
Con gran tristeza, saludé a Torus, y me marché.
Estuve mucho tiempo viajando sin rumbo. Recibí ayuda de algunos amigos en el camino. Y por esa ayuda, ellos se metieron en problemas. Algunos, decidieron abrirse completamente del tema para no complicar más su situación. Yo sin juzgarlos ni culparlos, los dejé atrás. Y fue aquí, donde Bakup, Légolaz y Bélamy se unen a mí y a mi tan desdichado destino.
Fue a partir de todo esto, que me hice a la mar. Buscando la manera de regresar a mi mundo, junto a mis amigos.
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