Cielo abrumador, en una noche de invidentes,
más ciegos por la vida, que por el alcohol,
fiesta que culmina en un camino pedregoso,
en el que una silueta femenina se arrastra.
 
Riega el sendero un llanto de mujer,
queriendo expulsar la nada de su vientre,
que teme dar frutos y vivir eternamente,
botella en mano, ebria sin nombre.
 
Aullando un idioma inexplicable,
va de la mano de un hombre confuso, 
teme que ella caiga de los tacones,
zigzagueante andar, débil, poderoso.

Buscando saber que es la vida,
sigue en el miedo absurdo de la embriaguez,
el momento en blanco da verguenza,
pierde la cordura por una estupidez.
 
La sangre en sus venas se alborotan,
grita: imbécil, estúpida, tonta seductora,
desenfrena su cuerpo latigado, inerte;
maulla su alma, la vida que lleva.
 
Neurosis de bien y mal,
un estropajo hinchado de emociones,
horror al vacío más que a la muerte,
despertar o no despertar es el dilema,
en una noche de ebriedad, que repetiría con gusto.
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