No Todo Sabe Igual.
 
Un hombre amaba la buena cocina y la buena mesa; el buen vino, la buena compañía. Pasaba de restaurante en restaurante disfrutando de los placeres de la buena vida… -Esto sí es vida-  decía él. Pero pasado mucho tiempo, de llevar esa vida se dio cuenta que siempre degustaba de lo mismo, la misma carne, el mismo vino, el mismo queso, en fin todo era lo mismo. Mientras pensaba en aquello una mosca se poso en su plato. El hombre se la quedo mirando y con habilidad la agarro con su mano derecha. Sentía el revoloteo del pequeño animal en su mano y como por una inercia, de esas que no tiene una explicación coherente, se la llevo a la boca y la trago.
Que delicioso placer había descubierto; de ese tipo de manjar jamás había probado. Descubrió en ese momento que había otras cosas que probar, miles de millones de cosas que degustar y se propuso a probarlas todas.
Probo abejas, grillos, mangostas, monstruos de guila, serpientes de todas las clases, camellos, langostas, tiburón, ballena de toda especie, llama, búho, caballo, burro, mula, cóndor, huevos de águila, águila, anguila, peces de todos los colores y variedades, hormigas, iguanas, perros en todas sus razas, camellos, dromedarios, canguros, osos, pingüinos, en fin todo animal terrestre que aún existiera aquel hombre lo probo. Encontrando en ellos una gran satisfacción a sus deleites, a su paladar y por extraño que pueda parecer el comer algunos de esos seres le produjo éxtasis.
Sin embargo de toda esa cantidad de animales le faltaba uno solo por degustar, uno cuya carné estaba prohibida y que por ese hecho lo hacía exquisito; un animal cuyo contenido era presa de pasiones, de amores, de dolores y de horrores… El único animal –que según él le hacía falta probar-  era el hombre; a otro cualquier a le hubiera repugnado la idea pero a él no. Debía probarlo, debía sentir la ternura de la carne, el sabor, la esencia…. No podía por más que quisiera privarse del derecho de saber a que sabían los de su misma especie.  Pero no quería terminar siendo un asesino, quería que todo fuera tranquilo. Alma para pedirle a alguien que fuera su plato no tenía, pero si tenía alma para probarse.
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¿Pero que de su cuerpo probaría? No podía probar su cerebro, no podía tampoco su lengua, tampoco sus ojos y mucho menos sus oídos… Se decidió por probar su mano derecha, aquella con la que había atrapado la mosca y con la que había comenzado toda su furia de apetito. La corto desde la muñeca. Luego la puso en el asador y espero a que se asara al termino que siempre le gusto la carne. Cuando ya estuvo lista, la sirvió con la única mano que le quedaba… Se alisto y tembloroso: quizás por la emoción o por la pérdida de sangre, se dispuso a probar al animal cúspide de la escala de la evolución: él. Con la mano izquierda le dio el primer mordisco a su mano, arranco un buen trozo y comenzó a masticarlo. Al tragarlo sus entrañas se contrajeron, su estomago no aguanto por un segundo el trozo de carne y no le quedo más remedio que vomitar.
Intento reponerse tomando un poco de agua pero aún así siguió con el malestar. Sin embargo no se dio por vencido, volvió a coger su mano amputada –la que había asado- y le dio otro gran mordisco pasándole lo mismo. Desilusionado, aquel hombre descorcho una botella de su mejor vino y con el resto de fuerzas que le quedaban lo tomo, para seguir viviendo con una sola mano: La izquierda. Y entendió que si bien todo lo que hay en la naturaleza es posible para el hombre, el hombre no es posible para él mismo. 
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