Y seguía cojeando, raudo por el empinado sendero. No tenía dudas de que lo había conseguido. Su nuca, disfrazada de grises mechones rotos, cada cierto tiempo giraba hacia atrás, algo temía. Seguía tambaleante, aferrado a su saco, ese único, leal y raído saco que junto a él habia contemplado al famoso y enmarañado ciclo del tiempo. Sus pasos retorcidos dejaban huellas de epopeya, quizás por qué, solo él sabía. Lo logró.
Imagina un nuevo color. Trata de ver con los piés. Grita. En tanto, las hojas de los árboles siguen cayendo.
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