Mis más íntimos sueños


  Tuve un sueño, estaba en el abismo de la muerte, donde tomar una decisión ya no es importante, porque sabes por qué lo haces, porque si doy un paso todo cambia, me caigo o asciendo, y alguien vestido de negro me instó a hacerlo, a caerme y así lo hice, lo hice y aún sigo sintiéndome satisfecho, feliz, salté en un segundo, parecía que estaba en el infierno o en el espacio. Desperté y volví a recordarlo. Seguía siendo el mismo hombre, todo canoso y maloliente, era un gordo barbón, que insultaba a cualquiera que se lo cruzaba. Le tenía miedo desde siempre. No sé ni cómo entró a mi vida, pero no olvidaré nunca aquel día, ese feliz día de mi cumpleaños que insultó a mi madre por no haber hecho yucas fritas, y yo nunca pude hacerle nada, pues aún era un niño indefenso. No, yo nunca lo estimé, yo siempre lo odié; lo odié más cuando salí de mi colegio tarde y él me pegó una gritada y un bofetón en mis blandas mejillas; lo odié más cuando le dije que había sacado un veinte en matemáticas y él no dijo ni una palabra, ni un está bien hijito ni nada; lo odié un poquito más cuando en el almuerzo hablaba, más a él ni le importaba una mierda lo que le decía, ese gordo canoso y barbón; pero lo odié mucho más cuando todos los días me humillaba, cuando me hacía sentir miserable, cuando me decía que no servía para nada. Que cómo es posible, yo también lo pienso, que cómo es posible que ni siquiera se preocupara por mí, ese viejo nunca supo cuáles eran mis gustos, o a qué me dedicaba. Me molestaba con un carpintero homosexual, que decía que era mi jerma y yo sonreía apáticamente. Nunca pude contradecirle. Una vez lo intenté, y me salió el tiro por la culata, le contesté y me salió mal, me humilló delante de mis amigos, me dijo que ojalá nunca se le hubiera cruzado por su vida, si él mismo se cruzó en la mía, y me cortó el internet y el teléfono y ni qué decir de una semana completa sin salidas, tan sólo por no haberle abierto la puerta cuando tocaba. Él siempre decía que cuando tocaba, tenía que abrirle yo, porque yo era el mayor y tenía que dar el ejemplo, que mi pobre madre que soportaba sus agobiantes burlas no podía, ni mi hermano pequeño tampoco porque era pequeño. Todas las mañanas tenía que lavarle el carro y se molestaba si no lo hacía, decía que era un completo holgazán, un perezoso y los perezosos se cagaban peor porque tenían doble castigo. Si esa vez no más, cuando estaba de vacaciones, me quedé bien dormido una mañana y me sacó a correazos de la cama, me puso a limpiar el carro con mi cara, me lo enjuagaba con las orejas y lo secaba con mi lengua. Mi madre nunca sabía lo que él hacía conmigo, siempre se refería a ese viejo gordo y canoso, como «él» y yo ya me había acostumbrado a llamarle «él»: que él ya se había ido a trabajar al fin, que él como siempre no me escuchaba, que ya no lo soporto a él. Todo era él y él, porque cuando todavía era muy niño, le quise llamar padre, y él fingiendo una gran sonrisa que nunca olvidaré, me dijo «que no hijito, llámame tío no más» y esa fue la primera vez que me rompió el corazón. Pero vinieron muchos más corazones rotos, ese no fue nada comparado con las muchas veces que me rompía el corazón, como cuando me llamaba por la noche y me sacaba mi mierda a bofetadas, una en la izquierda y otra en la derecha, por el simple hecho que el computador estaba mal y no podía ver su pornografía de mierda. Cuando me preguntaba sin interés por las últimas tecnologías y yo le hablaba un poquito al principio, rapidito y breve para que me entienda, para que me diga muy bien Carlos, sígueme diciendo mientras se llevaba una cabeza de pescado a la boca, y luego ni decía qué carajos, no te entiendo Carlos, ni decía aya está bien, no decía nada, me dejaba con la palabra en la boca y luego aducía que nunca me ha escuchado. Yo no lo hice porque quería hacerlo, sino porque él mismo se lo buscó, porque era un gordo feo y canoso, un gordo maloliente, porque no era mi padre, él me compró por el amor de mi madre y desde esos momentos ya le pertenecía a él. Sería esclavo para toda su vida, para que yo le mantenga, para que yo le haga de todo, pero no. Y vuelvo a recordarlo, la última tarde cuando lo vi, todavía lo recuerdo, ya no volví a verlo sino hasta mis sueños, mis recuerdos, hasta pensar un poco en él y en que mi vida ahora está mucho mejor. Él me dijo, fueron las últimas palabras que me dijo, y nunca lo olvidaré, pues cómo olvidar al mejor enemigo de tu vida, y me siento feliz de haberlo hecho, me dijo «Carlitos, tu padre era un homosexual mal pario', un putazo» Y sin responderle, aún lo recuerdo así, que no respondí, que me dijo que mi padre no valía para nada como yo, que las personas como nosotros no debemos existir, cogí el cuchillo más filudo que yo mismo afilé la noche pasada, y lo maté.



09.12.12
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