Te encuentro allí, cuando llega tarde la noche, estás esperando silencioso, pausado, mi llegada, nuestro encuentro.
 
No sabemos cuándo, no sabemos cómo se producirá el momento compartido. Tú simplemente esperas allí, a que decida verte y acercarme a ti.
 
Me siento frente a ti, con la complicidad de la noche, en medio del silencio oscuro, a veces una tímida lluvia nos acompaña, otras veces la tormenta golpea con fuerza la ventana de la habitación.
 
Tú, sólo esperas. Sabes hacerlo a la perfección. Conoces bien esa mezcla perfecta entre intensidad y presencia que hace que no me canse de ti, y que siempre recuerde que estás allí.
Mis manos sobre tu cuerpo, mis dedos entre blancas y negras, producen ese sonido armónico que llega hasta la profundidad de mi alma y hace palpitar a un solo ritmo mi corazón y mi respiración.
 
Mi amante piano, mientras mis manos acarician tu teclado, tu sonido envuelve con profundidad mi espíritu.
 
Tú música es una sola pieza conmigo. Es algo que solo entendemos tú… y yo.
 
Una mañana te cansaste de este furtivo encuentro y decidiste tomar forma humana. Llegaste a mí entre música e instrumentos, contagiándome con tu fluidez y libre albedrío. Escucharte hablar, era el calmante perfecto para mi espíritu perdido. Mirarte mientras pintabas historias y relatos daba paso a la creación de obras de arte mentales, imaginarias. Sentir tus manos en mis manos, fue dar vida a lo que siempre fuimos:

Dos almas gemelas unidas en una misma tonalidad en la clave del tiempo.
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