El bullicio de la ciudad era cada vez más insoportable. El clamor de las bocinas, los gritos de los motores, las quejas estridentes de toda la gente camino a casa. Asegurándose de no cruzar la mirada con ninguna persona, se apresuró hacia el final de la calle. Se detuvo y giró sobre sus tobillos para confirmar que nadie la seguía. Como de costumbre, se encontraba en su estado preferido: completamente sola.
Fijó su mirada en el oxidado portón del lugar y se apresuró a llegar a su preciado santuario. Sus pasos ligeros no eran problema al momento de esquivar a los guardias, solamente su sombra podía traicionarla ante ellos. Su reloj de muñeca le indicó que ya no habría nadie vigilando a esas horas de la noche. Se adentró sonriendo involuntariamente.
La oscuridad ya reinaba en todo el lugar cuando llegó. No importaba, desde hace tiempo que era una de sus mejores amigas.  Siguió el camino principal hasta encontrarse en la parte más alejada y vieja del área. Por su experiencia, sabía que nadie la molestaría allí.
Se sentó sobre una lápida gruesa cuyo residente habría muerto ya hace más de dos siglos. Al contrario del resto de tumbas circundantes, nunca había sido capaz de leer el nombre de su ocupante. Tal vez por eso le gustaba venir a este preciso lugar. Tal vez por eso era su favorito. Quizá porque su nombre había sido borrado de la historia de la misma manera en que el de ella también lo sería.
Suspiró. Era el momento. Si no comenzaba ahora, perdería demasiados minutos con el silencio que solamente encontraba aquí. Elevó su violín con precaución, recostó su cabeza sobre este con sumo cuidado y espero la señal del viento para iniciar a tocar. Respiró. Respiró. Sintió el frío beso en sus mejías y comenzó.
Las dulces notas iniciaron su travesía por la atmósfera del lugar. Cada una saltaba de las cuerdas emitiendo un grito característico mientras caían sobre la lápida del sujeto sin nombre. Nunca se dejaría de preguntar si quien sea que fuera lograba percibir las punzadas de cada una. De cualquier manera, ella esperaba que lo hicieran sentirse menos solitario. Menos olvidado.
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Terminó el primer fragmento y se puso de pie comenzando con la parte siguiente de inmediato. Sus pies la llevaron entre las diferentes tumbas del lugar. La oscuridad era intensa, profunda, fría y preciosa. Combinaba a la perfección con la melodía que estaba tocando. Sus ojos viajaban de lápida en lápida, leyendo cada uno de los nombres de los presentes en su concierto y dedicándoles un pequeño fragmento de la melodía.
Cerró sus ojos hasta consumirse por completo en aquello que estaba presentando a su público muerto. Sin darse cuenta sus piernas iniciaron un baile improvisado. Saltos entre mausoleos, giros con estatuas de ángeles y vals con las sombras sobre una pista de lápidas. Cada uno de sus movimientos era medido. Su coreografía tenía una gracia particular. Su cuerpo en perfecta armonía con cada nota emitida sin separar de la perfección aquella interpretación.
Nada en el mundo podía hacerla sentir tan viva como estar en aquel lugar rodeada de muertos, interpretando sus piezas preferidas. Las cuerdas de su violín brindando sólidas caricias a sus dedos. Su cabeza segura, recostada sobre la lisa textura del instrumento. Las notas musicales llenando de alegres besos sus dos oídos. Su piel abrazada ligeramente por el viento de la noche. ¡Y su corazón! Su corazón le repetía con cada latido lo especial que era ese refugio que habían encontrado. ¡Era espectacular!
Un último salto e inconscientemente regresó a la lápida sin nombre. Con sus ojos cerrados se sentó sobre ella una vez más y emitió las últimas notas de la melodía. Bajó el arco que sostenía con su mano derecha y se inclinó en una leve reverencia. El silencio y el cantar del viento eran sus mejores aplausos. Sonrió el escucharlos. Y por eso mismo, después no pudo evitar que un escalofrío recorriera su cuerpo con el resonar de un aplauso dedicado a ella. ¿Sería un guardia? ¿La habrían venido a buscar los encargados del orfanato? ¿Quizá algún ladrón que buscaba refugio?
Abrió los ojos lentamente. Un sudor frío le recorrió la espalda: todavía estaba completamente sola.
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