Manera Sencillísima de destruir un País.
 
En homenaje al maestro Julio Cortázar.
 
El día indicado te paras frente a la máquina de votación como un sicario ante su víctima, seleccionas la misma opción que tienes eligiendo desde hace diecisiete años, el aparato emite el mismo sonido lúgubre, sale la papeleta asesina, verificas por última vez la coincidencia entre el físico del papel y la opción en la pantalla como hace un sicario ante su víctima agonizante con la bala de gracia, arrojas el papel en la urna electoral (nunca una frase tan bien lograda URNA ELECTORAL), pareciera que la papeleta toma vida le cuesta trabajo introducirse en la caja, trata de aferrarse intenta por todos los medios gritarte que te des cuenta del asesinato que estas apunto de cometer, trata de que te des cuenta de que ese voto reposara ante una gran cantidad de propuestas falsas y de sueños aniquilados.
Te vas feliz a tu casa con el pecho erguido orgulloso de cumplir con tu deber ciudadano muestras el dedo meñique como si fuera el non plus ultra, hasta le tomas una foto que al final será un recuerdo triste de una escena del crimen, llegas a tu casa enciendes la TV te acomodas en tu sillón rojo y disfrutas del morbo de las noticias, escuchas indiferente los rumores de golpe de estado, estallido social y desconocimiento de resultados, crece la expectativa la noche se acerca la estocada final ya se percibe, transcurren las horas como días la expectativa se siente en el ambiente se puede palpar oler, sentir y ver en la sala de la casa y en la sala de todas las casas muertas de un país que vive de esperanzas de cambios y de sueños que se renuevan con discursos políticos cada seis años.
Llego la hora, el minuto el instante las cámaras enfocan las famosas barandas ¡Que paisaje más desolador y trágico! Emergen de este fatídico escenario 4 regordetas frígidas y amargadas en sus manos pasean el acta de defunción de un país completo toman sus puestos en sus curules con prepotencia y arrogancia emiten el resultado tan ansiado por toda una nación y el resto, el resto no merece la pena ser contado.
 
Gerardo Andrés Llamozas.
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