Lucilla
Ella enfermó una tarde cuando llovía; decaída y ausente de toda voluntad que le permitiese salir a observar la lluvia. Casi conciliando el sueño sonó el teléfono de la sala, más como sola se encontraba, no había nadie que pudiese atender con una frase de interrupción forzada antes de colgar y volverse a meter a la cama. Se levantó, y de a pocos pasos fue acortando la distancia al sonido que le incomodaba. Atendió con un diminuto: ¿Aló? y del otro lado, solo se escuchaba un molestoso ruido blanco; cuando insistió de nuevo y ante la negativa, colgó sin ganas. Luego de tomar un poco de agua, y de comprobar en el espejo del baño el desgaste de su rostro y de su expresión convaleciente, se durmió de nuevo. Al día siguiente, y con mejor ánimo se levantó recordando lo prácticamente imposible que era su milagrosa recuperación, de un día para otro. Salió a tomar el aire renovado de la mañana, y fue al trabajo para justificar el día de reposo. Cuando llegó, el jefe con mirada sombría la apartó de su puesto comunicándole que prescindirían de su labor debido a su ausencia. Se excusó, mas su esfuerzo fue en vano. Tuvo que retirarse. Al volver a su habitación, se miró al espejo de su baño y comprobó de nuevo su expresión, a mayor sorpresa de que al revisar sus canas, observó que éstas se reafirmaban aún mayores que el día anterior. No aguantó más y volvió a la cama. Comenzó a llover, y en medio del sueño creyó escuchar el sonido del teléfono. El mismo ruido blanco, el mismo silencio del otro lado. Volvió a recostarse. Al amanecer se levantó dispuesta, más recordó. "Ayer me despidieron, de qué vale intentar volver al trabajo". Se dijo. El sonido del teléfono le interrumpió su cavilación y al atender no reconoció la voz: Señorita Lucilla, ¿Cómo se siente? -. -Bien. Mejor .... ¿Quién llama?-. Era para decirle que usted pidió un día de reposo y ya van dos en que usted no vuelve al trabajo-. ¿Pero cómo, si ... ? ¿Señor Raul ... ?-. No se moleste en venir ... -. Y colgó. Lucilla estaba consternada ante la llamada recibida. "¿Cómo podía ser ... ?", se preguntó, pero quién le iba a responder tal circunstancia fuera del orden de su lógica. Confundida, en medio de lo acontecido se devolvió a su habitación; y mirándose una más vez al espejo, lo entendió a la vencida. Apagó la luz y al coger la cobija se arropó, cuando su madre recogió los libros de medicina que había dejado en el suelo; y limpiando un poco la habitación, recordó que antes de su partida, Lucilla había dejado el desayuno a medias para no llegar tarde al trabajo.
Luis Bustillos


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