Los dos magos.
Hace tiempo hubo un reino de gran felicidad y abundancia, pero no era nada común, había sido creado por dos grandes magos; desde las montañas nevadas hasta los lagos refrescantes. Todo en este reino transcurría con armoniosa perfección, solo había un precio por vivir en esa tierra: todo aquel que quisiera habitarla debía dar parte de su vida a los dos magos que reinaban en lo más alto del castillo de cristal. Al principio no existió ningún problema, el agua daba un riego especial al palacio, las cabras ofrecían a uno de sus hijos a los reyes, los arboles dejaban caer sus más finas y hermosas hojas solo para complacer a sus dictadores, incluso el fuego ardía dentro del castillo para llevar calor siempre que se le necesitara.
La mágica tierra era visitada de vez en cuando por un viajero perdido que era inmediatamente fascinado por la grandeza de este peculiar reino y al irse siempre llevaban un sentimiento de placer. Cualquiera que hubiese visto el reino sin vivir en él, pensaría que era un verdadero sueño de perfección.
Pero realmente no era así, todos los animales, elementos, cualquier ser vivo e incluso los muertos pasaban su existencia en una gran tensión, apresuraban sus labores, se esforzaban siempre para dar lo mejor de si mismos, todo para que los reyes jamás estuvieran disgustados y así los animales ofrecían a sus crías, e incluso a ellos mismos en sacrificio, el dolor era grande pero el miedo lo era aun más y así paso mucho tiempo, pero un mal día algo cambio.
La tierra había sido creada neutralmente, había sombra como había oscuridad y existían quienes a pesar de dar la ofrenda a los reyes, querían que su reinado de opresión acabara y como una de las fuentes de dolor para todos, el ser llamado “descuido” formo una alianza con “necedad” para llevar al reino a la quiebra total.
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El otoño llego y con el la cosecha, todos los campos eran verdes y frondosos como siempre debían serlo, los arboles reventaban de fruta madura, y los arbustos tenían las mas exquisitas moras, pero de entre todos los cultivos el trigo era el más extenso, kilómetros y kilómetros de trigo se extendían hasta donde alcanzaba la vista, formando un mar de dorado y café reflejando la luz del sol. El trigo estaba en forma y medía el doble de su tamaño normal, estaba listo para ser cegado y enviado a los reyes para un año más de bienestar, cuando sin previo aviso un rayo de sol inicio un fuego justo en medio del corazón del trigo, este ardió con violenta furia, arrasando con todo lo sembrado. La perdida fue total y la columna de humo alerto a los reyes magos, quienes avanzaron hasta el lugar del desastre.
Excusas dieron los miles de habitantes del reino, miles de suplicas se escucharon, el miedo en las caras de los pobres habitantes era claro, pero los reyes ni se inmutaron; esa misma noche, aun con el campo de trigo ardiendo se expidió una ley: “Que todos los habitantes del reino se enteren, por la falta de no entregar el trigo de este año se disminuirá el agua para todos”. Conmoción causo la regla pero el agua para evitar problemas tuvo que seguir el mandato. La soberbia de los reyes los segó y en vez de combatir el verdadero problema y solucionarlo todo, castigaron a sus fieles súbditos.
Miles de animales murieron en los meses que siguieron, privados del vital líquido que a ojos de los magos solo era un placer, los arboles se secaron, las flores marchitaron y la tierra comenzó a verse un poco más gris, pero a pesar de todo llego de nuevo el otoño de un nuevo año y el tiempo de la cosecha de nuevo entro en el reino. Esta vez el descuido consiguió una nueva aliada “la debilidad”, todos los seres del reino estaban débiles y por tanto a pesar de que su trabajo estaba completado, ellos se encontraban en malas condiciones por la pena de los magos y así fue como la debilidad se apodero de sus cuerpos flacos, moribundos, y las mejores reses murieron, los carneros más vigorosos enfermaron y las aves más suculentas se desplumaron.
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Una vez más se escucharon sollozos por toda la tierra, pero los reyes eran inmutables e impusieron una segunda ley: “Que por la necedad de no entregar nuestra carne en excelentes condiciones pague todo ser que ande por la tierra y su vida sea reducida a la mitad”. Así se hizo y por segunda vez la tierra lloro la amargura de la soberbia de los magos.
Pena, dolor y sufrimiento pasaron todos y cada uno de los habitantes del gran reino, los que pudieron huir lo hicieron, los que se tuvieron que quedar se resignaron, pasaron días y noches gélidas, las lunas parecían cada vez más largas y todas las noches podía oírse el lamento de la vida. Así pasaron las estaciones y llego la mañana de un nuevo otoño y con él una nueva cosecha.
Esta vez ni el descuido, ni la debilidad mermaron al reino, solamente se sentaron a ver como caía aquel reino, y así fue, los campos estaban secos, el agua estaba contaminada, los animales agonizaban y suplicaban ayuda de sus antiguos amos bondadosos, pero los reyes por tercera y última ocasión no se inmutaron y reclamaron las ganancias de la cosecha de ese año, el primero en pasar fue el manzano, quien le ofreció una única manzana maltrecha y al soltarla cayó seco y muerto. Le siguió una parvada de cuervos desplumados y mal alimentados, entre ellos se sacaron los ojos frente a ambos magos y murieron en sus pies, pasaron así muchos animales más y cada uno ofreció su último soplo de vida a los magos malagradecidos.
Aterrados por aquel tenebroso espectáculo, los magos exigieron una explicación a tal horrendo acto, fue entonces cuando el descuido se convirtió en el mal encarnado y se paro frente a los magos diciendo “Escuchad bien mis señores, he aquí mi parte de este año, les he traído dolor, agonía, y todas las demás bajezas que habéis cultivado con tanto esmero, si hubierais tratado a estos seres mejor a pesar de su tropiezo, otra vida os aguardaría pero ahora disfrutad de su muerte”
Aquella tierra quedó maldita después de aquel día y los viajeros que volvieron a esas colinas se asombraron al ver en que se habían convertido y decían que se podía ver a dos figuras fantasmales arando la tierra muerta con la esperanza de recibir el perdón y volver a los días de verdor.
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