DESDE varios meses atrás mantengo relaciones sexuales con una voz. Sucede durante las noches, antes de dormirme. Algunas veces ocurre por las mañanas cuando el día está lluvioso y me rezago en la cama otras horas más. Escucho esa femenina voz cuyo idioma desconozco, con características de lengua anatolia o tocaria y me produce el efecto de lujuriosas caricias resbalando por mi cuerpo, despertando la convulsión de la carne. La voz sigue hablándose y hablándome y hablando, todo junto. Descubre cuanto me provoca, porque se vuelve rumorosa tan pronto me aproximo al paroxismo eyaculatorio. Al silenciarse, se produce mi espasmo. Como deseo escucharla al máximo mientras con mi silencio la penetro, la mancillo y sodomizo, le ordeno que continúe articulando aunque no comprendo nada. No es momento de eyacular. Entonces la voz, comprensiva y colaborándome con una erección larga que me suspende al máximo la salida del semen, inicia enumeraciones musicales no sé de qué, y pronuncia lujuriosos adjetivos, habla de frutas dulces, explica inusuales parafilias, vocaliza nombres de diosas asirias. Un anoche dijo Adda Guppi, Anat, Antu, Asherah, Damkina, Enheduanna, Ereshkigal, Gula. O tal vez cuenta números en un ancestral idioma.
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