La venganza de los lobos
Eran tiempos atávicos, olvidados ya por la memoria de los hombres.
Donde la venganza tenía su justo puesto.
Había sido condenado a morir,
Encontrado culpable y condenado.
Los lobos del bosque se lo comerían a dentelladas.
Lo echaron al bosque.
Lo dejaron correr por su vida como demanda la tradición.
Luego salió ella,
brioso el corcel
fuerte, con sus patas nervudas
negro como el odio que la guiaba.
Corcel de hombre en manos de mujer.
Amazona guerrera que se cobraba su deuda.
Azuzo a los lobos,
ellos sabían que hacer
No tenía prisa.
El bosque era su elemento natural.
Ella era el bosque,
cada árbol, cada pozo, cada caverna,
cada fantasma, maldad, oscuridad.
Era de ella y era ella.
Así ,como también, cada flor, aroma,
Hada y belleza le pertenecía.
Reinaba sobre el bien y el mal
Lo justo y lo injusto
E impartía justicia.
Esta noche impartía justicia por su propia mano.
En su propio nombre.
Los lobos iban olfateando
siguiendo cada rincón de aquel que corría
por su vida.
La miraban, esperaban su orden.
No tenía prisa.
Quería sentir su sufrimiento,
la desesperación de saber que no había salida, ni solución.
Que por mucho que rogara, pidiera, explicara
ella llevaría a cabo su venganza,
tal como el perpetro su traición.
Sentía su resuello aun sin oírlo.
Su llanto.
Nada la detendría.
Era un odio seco, profundo, frio.
Había perdido la calidez de la rabia.
Se le había secado en el corazón y ahora
solo quedaba el consuelo que le causaría
el dolor de verlo morir a cada dentellada.
De enterrarlo en el medio del bosque
en el lugar oscuro y sagrado
donde solo ella vendría a llorar
su dolor y a regocijarse en su venganza.
Pronto los lobos le darían alcance.
Sus fuerzas se le iban a acabando.
El garañón percibía la excitación de su dueña.
Los lobos ululaban con aullidos poderosos
de alegría por el festín.
Escalofriantes para quien sabia la clase
de muerte que le esperaba.
Al fin lo encontraron, en un pequeño claro del bosque
donde en los amaneceres dos frenos, macho y hembra,
entrelazadas sus ramas formando una sola copa, daban sombra
a los amantes.
En la noche oscura y por el resto de los días guardarían los
secretos de la justicia impartida en mano propia.
El garañón se alzo sobre sus patas delanteras
para aplastarlo.
Ella lo contuvo, debía morir como debía morir.
Debía saber quien le causaba la muerte.
Recordar su mirada mientras moría.
Los lobos lo rodearon, el trataba de defenderse
con una rama seca, pero ellos sabían muy bien
lo que debían hacer: cansarlo, agotarlo, desesperarlo,
hasta que clamara por morir.
Jugaban con él. Lo mordían con suavidad para que el
dolor fuera penetrando en el cerebro, para que creciera
dentro del a medida que ellos afincaban la mordida.
Poco a poco iba perdiendo sangre, debilitándose,
pero aun faltaba mucho, tenían la noche entera para jugar.
Para dejarlo morir poco a poco, para que
el sufrimiento de su carne se comparara con el sufrimiento de su alma.
Ya no pudo más y cayó desmayado
del dolor.
Las vísceras primero, la sangre les choreaba por la boca,
seguía vivo, el corazón latía aun.
Ese era el último bocado, el que ella se reservaba.
Se lo arrancaría lentamente para verlo palpitar
entre sus manos y luego echárselo a los lobos.
No quedaba más que un guiñapo, un colgajo de carne
Inmunda y huesos roídos, tripas esparcidas por el bosque.
Un corazón desaparecido en las entrañas de los lobos,
como desapareció el de ella ante su lengua mentirosa
y cruel. Ante su deslealtad, su doblez, su cobardía,
su falta de hombría hasta en la muerte.
Fue juzgado y encontrado culpable, y ella
pidió el permiso para impartir el castigo.
Le fue concedido pues a ella era a quien habían deshonrado
con la traición. Esa era la ley.
El bosque lleno de sangre, de miedo, dolor, venganza,
deseo y excitación volvería en la mañana a ser lo que
era. Pero ella no, y el tampoco, porque aun después de
muerto su odio lo perseguiría eternamente.
Su placer duro un instante de gloria mientras
que su furia duraría la eternidad.
Atrás quedo el condenado a muerte
enterrado con sus propias manos.
Enterró también la rabia,
La humillación, el agravio, la ofensa, y pudo
al fin recuperar su alma.
Llena de sangre, lodo,
con la piel desgarrada,
cansada, el potro negro la devolvió a casa.
Solo quedaba un cuerpo en lo profundo
del bosque.
Que pronto seria olvidado por todos,
Y cuya única visita era una loba hembra
que en noches de luna pareciera reclamarlo.
Clara Freire
Diciembre 2008-12-18 12.40 am
Quería contarte que hoy estuve con tu madreDonde También Naufragan los que AmanEl Amor que no Pudo SalvarnosEran tiempos atávicos, olvidados ya por la memoria de los hombres.
Donde la venganza tenía su justo puesto.
Había sido condenado a morir,
Encontrado culpable y condenado.
Los lobos del bosque se lo comerían a dentelladas.
Lo echaron al bosque.
Lo dejaron correr por su vida como demanda la tradición.
Luego salió ella,
brioso el corcel
fuerte, con sus patas nervudas
negro como el odio que la guiaba.
Corcel de hombre en manos de mujer.
Amazona guerrera que se cobraba su deuda.
Azuzo a los lobos,
ellos sabían que hacer
No tenía prisa.
El bosque era su elemento natural.
Ella era el bosque,
cada árbol, cada pozo, cada caverna,
cada fantasma, maldad, oscuridad.
Era de ella y era ella.
Así ,como también, cada flor, aroma,
Hada y belleza le pertenecía.
Reinaba sobre el bien y el mal
Lo justo y lo injusto
E impartía justicia.
Esta noche impartía justicia por su propia mano.
En su propio nombre.
Los lobos iban olfateando
siguiendo cada rincón de aquel que corría
por su vida.
La miraban, esperaban su orden.
No tenía prisa.
Quería sentir su sufrimiento,
la desesperación de saber que no había salida, ni solución.
Que por mucho que rogara, pidiera, explicara
ella llevaría a cabo su venganza,
tal como el perpetro su traición.
Sentía su resuello aun sin oírlo.
Su llanto.
Nada la detendría.
Era un odio seco, profundo, frio.
Había perdido la calidez de la rabia.
Se le había secado en el corazón y ahora
solo quedaba el consuelo que le causaría
el dolor de verlo morir a cada dentellada.
De enterrarlo en el medio del bosque
en el lugar oscuro y sagrado
donde solo ella vendría a llorar
su dolor y a regocijarse en su venganza.
Pronto los lobos le darían alcance.
Sus fuerzas se le iban a acabando.
El garañón percibía la excitación de su dueña.
Los lobos ululaban con aullidos poderosos
de alegría por el festín.
Escalofriantes para quien sabia la clase
de muerte que le esperaba.
Al fin lo encontraron, en un pequeño claro del bosque
donde en los amaneceres dos frenos, macho y hembra,
entrelazadas sus ramas formando una sola copa, daban sombra
a los amantes.
En la noche oscura y por el resto de los días guardarían los
secretos de la justicia impartida en mano propia.
El garañón se alzo sobre sus patas delanteras
para aplastarlo.
Ella lo contuvo, debía morir como debía morir.
Debía saber quien le causaba la muerte.
Recordar su mirada mientras moría.
Los lobos lo rodearon, el trataba de defenderse
con una rama seca, pero ellos sabían muy bien
lo que debían hacer: cansarlo, agotarlo, desesperarlo,
hasta que clamara por morir.
Jugaban con él. Lo mordían con suavidad para que el
dolor fuera penetrando en el cerebro, para que creciera
dentro del a medida que ellos afincaban la mordida.
Poco a poco iba perdiendo sangre, debilitándose,
pero aun faltaba mucho, tenían la noche entera para jugar.
Para dejarlo morir poco a poco, para que
el sufrimiento de su carne se comparara con el sufrimiento de su alma.
Ya no pudo más y cayó desmayado
del dolor.
Las vísceras primero, la sangre les choreaba por la boca,
seguía vivo, el corazón latía aun.
Ese era el último bocado, el que ella se reservaba.
Se lo arrancaría lentamente para verlo palpitar
entre sus manos y luego echárselo a los lobos.
No quedaba más que un guiñapo, un colgajo de carne
Inmunda y huesos roídos, tripas esparcidas por el bosque.
Un corazón desaparecido en las entrañas de los lobos,
como desapareció el de ella ante su lengua mentirosa
y cruel. Ante su deslealtad, su doblez, su cobardía,
su falta de hombría hasta en la muerte.
Fue juzgado y encontrado culpable, y ella
pidió el permiso para impartir el castigo.
Le fue concedido pues a ella era a quien habían deshonrado
con la traición. Esa era la ley.
El bosque lleno de sangre, de miedo, dolor, venganza,
deseo y excitación volvería en la mañana a ser lo que
era. Pero ella no, y el tampoco, porque aun después de
muerto su odio lo perseguiría eternamente.
Su placer duro un instante de gloria mientras
que su furia duraría la eternidad.
Atrás quedo el condenado a muerte
enterrado con sus propias manos.
Enterró también la rabia,
La humillación, el agravio, la ofensa, y pudo
al fin recuperar su alma.
Llena de sangre, lodo,
con la piel desgarrada,
cansada, el potro negro la devolvió a casa.
Solo quedaba un cuerpo en lo profundo
del bosque.
Que pronto seria olvidado por todos,
Y cuya única visita era una loba hembra
que en noches de luna pareciera reclamarlo.
Clara Freire
Diciembre 2008-12-18 12.40 am
La vengaza de los lobos
29 de diciembre de 2008·4 min de lectura
La reivindacion del abandono a traves de la vivencia de tiempos antiguos
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