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LA PEQUEÑA ROSA | Textale

LA PEQUEÑA ROSA

francisco Burgos Garcia Garcia@Francisco_Burgos
29 abr 2009·3 min de lectura

En lo más alto  y árido del monte, nació una rosa, de esas que no tienen color debido a la ausencia del  agua y del sol, la pequeña rosa, débil  por la  carencia de luz apenas se empinaba por el lado de una enorme roca. Los escasos  pájaros que por allí pasaban se reían  al verla tan frágil y deforme, los gusanos que reptaban sobre la tierra reseca ni siquiera la tomaban en cuenta. El destino de la pequeña era sin lugar a dudas  morir pronto de sed. Sus  hojitas tiritaban de miedo y en su tallo  no había ni un solo asomo de espinas que la defendieran de los depredadores.
De pronto  al pie del monte se escucho un enorme  bullicio, era gente que gritaba furiosa, mucha  gente.
-¡Mátenlo, mátenlo ¡
-¡azótenlo ¡
La rosa  solo escuchaba no podía ver lo que pasaba en los pies del monte, la enorme roca se lo impedía. De pronto escucho que uno de los hombres, el de voz más potente impartía órdenes a  los demás.
-¡Pónganlo  allí ¡
La gente seguía gritando furiosa, se escuchaban quejidos de dolor  de una garganta  profundamente angustiada, el hombre que daba las órdenes puso un pie casi encima de la rosa, ella vio una  sandalia  enorme en cuya punta aparecían unos dedos casi deformes y sucios. Tembló de miedo, la gente seguía gritando.
¡matenlo¡
 Vio muchos pies  a su alrededor en cualquier instante alguien la pisaría  quiso gritar pero  no podía, sintió pavor, sus raicillas parecían  despegarse del  suelo, de pronto sintió fuerte  los golpes de algo duro que  retumbaba en el aire, la gente seguía gritando., el  tac, tac, interminable  hizo que su cuerpo  vegetal casi explotara. No supo que paso después todo  pareció nublarse, la gente huye despavorida, algunos estaban postrados en el suelo pidiendo perdón, otros lloraban, gemían se  retorcían.
La  pequeña rosa sintió algo tibio que la  empapaba, era una sensación muy agradable, perdió el temor, se sintió alegre, viva llena de fuerza, entonces se dio cuenta de que  había crecido  repentinamente y que su color era de un rojo encarnado  realmente precioso. De pronto giro lentamente sus pétalos y vio hacia lo alto, sobre ella  y clavado en una cruz un  hombre la miraba tiernamente, su cabeza coronada de espinas y sus brazos y  pies atravesados por clavos, de su costado horadado por una lanza, manaba  agua y sangre, la misma que    gota a gota  caía sobre  la rosa.
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Escrito porfrancisco Burgos Garcia GarciaEscritor chileno
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