Mientras mi hermano arrasaba con todo, mejor dicho, con todas, ya fueran morenitas, blanquitas, flaquitas y gorditas, yo veía a la amiga de mi hermana menor, similar a una princesa acalpuqueña. Esta niña ante mis ojos era perfecta. Su piel era color canela y cuando pasaba a mi lado, no olía a uva ni a cebolla, como supuestamente huelen las mujeres, sino que para mi sentido del olfato, ella tenía el mismo olor que su piel, es decir, a canela. Su boca color rosa y su cuerpo ya con unas caderas frondosas y sus pechos que ya no cabían en su blusa, no me invitaban a poseerla, sino a ir agarraditos de la mano sobre la arena del mar.

Una vez la vi salir solita de la escuela secundaria, en un momento nos quedamos aislados en una calle desierta, solo ella y yo. El niño tímido sacó valentía desde el interior de su alma para decirle una promesa de amor. Pasaron segundos eternos, en los cuales el valiente sentía un frío glaciar bajo las radiaciones solares del puerto. Cuando él sintió que caía al suelo, recibió el más cruel rechazo que él nunca ha sentido en su vida: Su princesa no quería ser la novia del niño más feo y fachoso del puerto, además ella no contemplaba ningún futuro en él.

¡Tristísimo! Yo me sentí terriblemente solitario, tuve miedo de la vida, de que no existiera. Quería esconderme del mundo, me volví callado y ausente, simplemente quería desaparecer, guardar mi identidad por ese golpe en mi corazón.

En mis tiempos de universitario, me paraba unos segundos a ver el portón en donde vivía mi princesa, con quien, todavía, en mis tiempos otoñales sueño que vamos juntos agarraditos de la mano sobre la arena del mar. Este sueño me ha inspirado a hacerle una canción que se llama "La niña eterna".

https://www.youtube.com/watch?v=23wavaj2T5o

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