Ser parte de nada,
de una nada que se pega al paladar

con un sutil oleaje de silencio...

una nada que duele con un dolor semidulce,
casi cristalino y perfecto,

que asoma en las pupilas de lo ausente

y se entrevera en los ojos impidiendo el sueño.
 
 
La nada, sus torpezas, sus bestias, sus desechos.
 
 
 
 
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