La mirada perdida
Llegó la policía rápidamente. El cadáver del viejo seguía tirado en el piso, yacía cubierto con una manta policial en medio de un tumulto de gente que lo observaba con cólera. El conductor del arma homicida estaba preocupado, acaba de matar a una persona. El transito había sido cortado y las autoridades ya tenían lista una desviación.
Después de media hora el viejo se destapo y se levanto. Todos quedaron atónitos mirando tal escena. El viejo se sacudió, partió con su bastón y su sombrero camino hacia el restaurant. Todas las miradas se las llevaba él. Con cabeza gacha y pasitos cortos, caminaba. Poco a poco fue perdiendo su joroba, dejo el bastón tirado y alargó sus pasos. Su pelo color blanco como la nieve, fue cambiando de tono hasta ser negro como la magnífica noche. Sus ojos verdes brillaron de nuevo y pecho en alto apuro el paso. Su barba fue creciendo para después ir acortándose a cada segundo que pasaba, hasta desaparecer por completo. Su rostro comenzó a expedir una alegría de vivir característica de la juventud. Fue encogiéndose y la ropa le fue quedando grande. Hasta que después de disminuir a la mitad de su tamaño corría con los brazos abiertos simulando ser un avión.
Entró corriendo al restaurant donde lo esperaba su papá con terno. Vestido muy elegante como si se tratara de un acontecimiento formal.
-¿Por qué te demoraste tanto?
-Es que hubo un choque en la esquina. Hablo el niño mirando hacia el piso con aparente culpa.
-Ya veo, Bueno apurémonos. Mamá nos espera.
-¿qué van a comer? Pregunto la camarera. ¿Lo mismo de siempre?
-Si, por favor. Respondió el padre arreglándose la servilleta.
-Enseguida viene. Rápidamente llegaron dos platos de sopa caliente de pollo. Los dos hombres se la tomaron velozmente pero no sin disfrutarla. Salieron del restaurant y caminaron hacia la esquina. Cuando el niño pasó al lado del viejo, lo miro con pena. Él, al viejo y el viejo, a él. Luego le dijo adiós.
Padre e hijo se desvanecieron en el aire. Y el corazón del viejo dio su último latido. Lanzando una mirada que se perdía en la dirección donde habían desaparecido él y su padre.
Después de media hora el viejo se destapo y se levanto. Todos quedaron atónitos mirando tal escena. El viejo se sacudió, partió con su bastón y su sombrero camino hacia el restaurant. Todas las miradas se las llevaba él. Con cabeza gacha y pasitos cortos, caminaba. Poco a poco fue perdiendo su joroba, dejo el bastón tirado y alargó sus pasos. Su pelo color blanco como la nieve, fue cambiando de tono hasta ser negro como la magnífica noche. Sus ojos verdes brillaron de nuevo y pecho en alto apuro el paso. Su barba fue creciendo para después ir acortándose a cada segundo que pasaba, hasta desaparecer por completo. Su rostro comenzó a expedir una alegría de vivir característica de la juventud. Fue encogiéndose y la ropa le fue quedando grande. Hasta que después de disminuir a la mitad de su tamaño corría con los brazos abiertos simulando ser un avión.
Entró corriendo al restaurant donde lo esperaba su papá con terno. Vestido muy elegante como si se tratara de un acontecimiento formal.
-¿Por qué te demoraste tanto?
-Es que hubo un choque en la esquina. Hablo el niño mirando hacia el piso con aparente culpa.
-Ya veo, Bueno apurémonos. Mamá nos espera.
-¿qué van a comer? Pregunto la camarera. ¿Lo mismo de siempre?
-Si, por favor. Respondió el padre arreglándose la servilleta.
-Enseguida viene. Rápidamente llegaron dos platos de sopa caliente de pollo. Los dos hombres se la tomaron velozmente pero no sin disfrutarla. Salieron del restaurant y caminaron hacia la esquina. Cuando el niño pasó al lado del viejo, lo miro con pena. Él, al viejo y el viejo, a él. Luego le dijo adiós.
Padre e hijo se desvanecieron en el aire. Y el corazón del viejo dio su último latido. Lanzando una mirada que se perdía en la dirección donde habían desaparecido él y su padre.
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