La indiferencia: el peor de los castigos
La muerte civil es una figura jurídica que tuvo amplia vigencia hasta mediados del siglo XIX, en gran parte del mundo. Consistía básicamente en la pérdida de los derechos civiles de quien recibía dicha sanción. Esta persona continuaba biológicamente viva, pero a efectos jurídicos dejaba de existir. Perdían su familia, su patrimonio, su capacidad para participar en política, entre otras cosas. Los lazos jurídicos que la unían al resto de la sociedad desaparecían. Su status de persona prácticamente perecía.
Actualmente muy pocas legislaciones del mundo sostienen esta figura, pero esto no significa que las sociedades, determinados grupos de personas o simples particulares no apliquen cotidianamente castigos similares, o aún peores que la muerte civil.
La indiferencia es uno de esos castigos que perduran desde épocas ancestrales en las comunidades humanas. Siendo como somos, animales sociales, pocas sanciones pueden ser más crueles que el “desaparecer para el otro”. El “no formar parte”, el “ser ignorado”, constituyen circunstancias que pueden llegar a ser tan o más dolorosas que las vigentes sanciones civiles o penales.
Y esto es así justamente porque el ser humano, por más frialdad e insensibilidad que pueda portar en su carácter, no deja de ser un ente que precisa del contacto humano tanto o más que el oxígeno. Obviamente que se trata de una cuestión de grado, y no toda la especie humana es homogénea en la cantidad y calidad de relaciones que ejercita. Pero incluso el más ermitaño de los hombres, aún en contra de su propia voluntad, necesita cierto nivel de conexión con otros seres de su misma especie para no perder su propia identidad, para no carecer de aquello que lo hace humano.
Porque, en definitiva, difícilmente uno pueda “ser” si no existe un “otro” que le permita reconocerse como único y distinto. Con perdón de Descartes, es justamente el “otro” quien facilita la tarea de identificar al “yo”, más no sea por oposición. Incluso aquellos sujetos más egocéntricos -más centrados en el “yo” - experimentan el placer más dulce en superar a los “demás” o en ser reconocidos por los “otros”.
Sucede que las relaciones humanas hacen a la vida. Y la indiferencia, el no reconocer al otro, cierran esa vía de contacto y extinguen esa particularidad de la vida. Porque la indiferencia es lo opuesto al contacto, es el desprecio a la relación.
Y lo peor de todo es que la indiferencia no solo elimina el contacto actual, sino que destruye incluso el pasado de las relaciones humanas, asesina al recuerdo.
La interacción con otros seres resulta así esencial para una saludable existencia. Y por tanto, la indiferencia atenta contra una de las necesidades más profundas y delicadas de la especie humana. La necesidad del otro. Pocos castigos pueden ser más inhumanos que este.
Entiendo que hay indiferencias de inicio e indiferencias sobrevinientes. Las de inicio son las que no permiten que una relación nazca, porque uno de los sujetos decide ignorar al otro antes de poder conocerlo o entablar contacto. Se parecen muchísimo al prejuicio. Por su parte, la indiferencia sobreviniente es la que acontece cuando una relación ya estaba consolidada, y por lo tanto, esta clase de indiferencia genera terribles sufrimientos.
Me gusta imaginar a la relación humana como un ente corporizado, como algo que puede ser percibido con algún sentido oculto. Entonces, los sujetos involucrados en la relación pueden ver a ese cuerpo crecer a medida que se suceden el tiempo y las interacciones. Pueden ver los daños que producen los malos tratos y pueden ver la suavidad que generan las caricias, todo ello en la piel de esa relación corporizada.
Pero, ¿qué sucede cuando la indiferencia se cierne sobre esa relación? Hay dos opciones, y ninguna es deseable.
Una opción es que la persona indiferente se vuelva ciega y pierda la capacidad de ver la relación corporizada, y consecuentemente, tampoco podrá ver a las demás personas que forman parte de esa relación. El cuerpo de esa relación seguirá existiendo, pero ya no podrá ser visto y, fruto del desamparo, poco a poco será olvidado.
Pero es la segunda opción la que creo que realmente explica el destino de las relaciones. El indiferente no se vuelve ciego. El indiferente sigue teniendo la vista en perfectas condiciones. Pero decide matar al cuerpo de la relación. Le clava un cuchillo en lo más profundo de su ser. Lo aniquila. Borra su pasado. Elimina toda su existencia pasada y futura. Extermina parcialmente a los demás sujetos con quien había compartido tantas vivencias. Derriba los pilares que se habían edificado con tanto esfuerzo y cariño. Transforma en desolación lo que antes ocupaba la compañía. Si alguien mirase el sitio donde antes se ubicaba la relación, no vería nada. Ni siquiera los escombros de lo que fue. Y muchas veces ni siquiera se puede volver a ver a los sujetos que fueron objeto de la indiferencia, porque el daño que causa la indiferencia es tan grande que desaparecen junto con la relación misma. Es que luego de haber sido ignorados tan amargamente, muchos se convencen de que realmente son invisibles, y vagan por el mundo creyendo no ser vistos, hasta que finalmente la luz deja de iluminarlos.
Creo que esta segunda opción es la correcta, la más dolorosa, porque justamente así es como uno se siente.
Actualmente muy pocas legislaciones del mundo sostienen esta figura, pero esto no significa que las sociedades, determinados grupos de personas o simples particulares no apliquen cotidianamente castigos similares, o aún peores que la muerte civil.
La indiferencia es uno de esos castigos que perduran desde épocas ancestrales en las comunidades humanas. Siendo como somos, animales sociales, pocas sanciones pueden ser más crueles que el “desaparecer para el otro”. El “no formar parte”, el “ser ignorado”, constituyen circunstancias que pueden llegar a ser tan o más dolorosas que las vigentes sanciones civiles o penales.
Y esto es así justamente porque el ser humano, por más frialdad e insensibilidad que pueda portar en su carácter, no deja de ser un ente que precisa del contacto humano tanto o más que el oxígeno. Obviamente que se trata de una cuestión de grado, y no toda la especie humana es homogénea en la cantidad y calidad de relaciones que ejercita. Pero incluso el más ermitaño de los hombres, aún en contra de su propia voluntad, necesita cierto nivel de conexión con otros seres de su misma especie para no perder su propia identidad, para no carecer de aquello que lo hace humano.
Porque, en definitiva, difícilmente uno pueda “ser” si no existe un “otro” que le permita reconocerse como único y distinto. Con perdón de Descartes, es justamente el “otro” quien facilita la tarea de identificar al “yo”, más no sea por oposición. Incluso aquellos sujetos más egocéntricos -más centrados en el “yo” - experimentan el placer más dulce en superar a los “demás” o en ser reconocidos por los “otros”.
Sucede que las relaciones humanas hacen a la vida. Y la indiferencia, el no reconocer al otro, cierran esa vía de contacto y extinguen esa particularidad de la vida. Porque la indiferencia es lo opuesto al contacto, es el desprecio a la relación.
Y lo peor de todo es que la indiferencia no solo elimina el contacto actual, sino que destruye incluso el pasado de las relaciones humanas, asesina al recuerdo.
La interacción con otros seres resulta así esencial para una saludable existencia. Y por tanto, la indiferencia atenta contra una de las necesidades más profundas y delicadas de la especie humana. La necesidad del otro. Pocos castigos pueden ser más inhumanos que este.
Entiendo que hay indiferencias de inicio e indiferencias sobrevinientes. Las de inicio son las que no permiten que una relación nazca, porque uno de los sujetos decide ignorar al otro antes de poder conocerlo o entablar contacto. Se parecen muchísimo al prejuicio. Por su parte, la indiferencia sobreviniente es la que acontece cuando una relación ya estaba consolidada, y por lo tanto, esta clase de indiferencia genera terribles sufrimientos.
Me gusta imaginar a la relación humana como un ente corporizado, como algo que puede ser percibido con algún sentido oculto. Entonces, los sujetos involucrados en la relación pueden ver a ese cuerpo crecer a medida que se suceden el tiempo y las interacciones. Pueden ver los daños que producen los malos tratos y pueden ver la suavidad que generan las caricias, todo ello en la piel de esa relación corporizada.
Pero, ¿qué sucede cuando la indiferencia se cierne sobre esa relación? Hay dos opciones, y ninguna es deseable.
Una opción es que la persona indiferente se vuelva ciega y pierda la capacidad de ver la relación corporizada, y consecuentemente, tampoco podrá ver a las demás personas que forman parte de esa relación. El cuerpo de esa relación seguirá existiendo, pero ya no podrá ser visto y, fruto del desamparo, poco a poco será olvidado.
Pero es la segunda opción la que creo que realmente explica el destino de las relaciones. El indiferente no se vuelve ciego. El indiferente sigue teniendo la vista en perfectas condiciones. Pero decide matar al cuerpo de la relación. Le clava un cuchillo en lo más profundo de su ser. Lo aniquila. Borra su pasado. Elimina toda su existencia pasada y futura. Extermina parcialmente a los demás sujetos con quien había compartido tantas vivencias. Derriba los pilares que se habían edificado con tanto esfuerzo y cariño. Transforma en desolación lo que antes ocupaba la compañía. Si alguien mirase el sitio donde antes se ubicaba la relación, no vería nada. Ni siquiera los escombros de lo que fue. Y muchas veces ni siquiera se puede volver a ver a los sujetos que fueron objeto de la indiferencia, porque el daño que causa la indiferencia es tan grande que desaparecen junto con la relación misma. Es que luego de haber sido ignorados tan amargamente, muchos se convencen de que realmente son invisibles, y vagan por el mundo creyendo no ser vistos, hasta que finalmente la luz deja de iluminarlos.
Creo que esta segunda opción es la correcta, la más dolorosa, porque justamente así es como uno se siente.
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