Como el porcentaje más obsceno de las niñas en Latinoamérica, soy la hija de un padre asquerosamente ausente e irresponsable. Mi historia es una paradoja ambivalente, jodida y de una mierda monumental, porque todos aquellos que lo conocieron repiten como un mantra el mismo guion: que adoraba a mi madre y que, cuando nací, no se despegaba de la incubadora a menos que fuera a la fuerza.

Mi madre me cuenta que me cantaba cuando yo estaba en el vientre y que me consentía con una devoción que jamás tuvo con sus otros hijos. Porque sí, desgraciadamente, el macho promedio de esta región tiene la costumbre de sembrar hijos y mujeres por las calles antes de formalizar con tu madre; convirtiéndola a ella, al final del día, en una víctima más de su larga lista de trofeos de irresponsabilidad.

Cuando mis padres se separaron —separados, no divorciados— estando yo a punto de cumplir los tres años, mi madre, en contra de toda esa basura que los machistas e incels de hoy en día predican, usó todos los medios a su alcance para que él viniera a verme. Le abrió las puertas de par en par. Pero él jamás las cruzó; no hizo el más mínimo esfuerzo por estar presente en mis momentos importantes.

Aunque, para ser justas y darle un gramo de crédito a su mediocridad, al menos me llamaba por teléfono. Me regaló un oso de peluche a los diez años y era el primero en cantarme una serenata vía telefónica a las cinco de la mañana en mis cumpleaños. Un simulacro de paternidad a larga distancia. Incluso cargo con un trauma post-quince años: gocé mi fiesta, la pasé increíble, pero no me quedé con el reclamo atorado en la garganta. Cuando lo encaré por teléfono por su ausencia en el día más importante de toda adolescente latinoamericana, me soltó una excusa miserable: que no había asistido por falta de invitación.

¿Se puede ser más descarado y cínico en esta maldita vida? Me río para no escupirle a su memoria.

Durante años me pregunté qué carajos había pasado. Si supuestamente me amaba tanto, ¿por qué se desconectó de mí con esa frialdad? La respuesta no me la dio el tiempo; me la dio la universidad mientras estudiaba mi carrera.

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Mi padre me amaba, sí, pero era un inmaduro emocional de manual. Un analfabeto afectivo, incapaz de sostener vínculos o de responsabilizarse de la integridad emocional de sus parejas e hijos. Cuando la realidad exigía madurez, en lugar de enfrentar las diferencias, se dejaba asfixiar por sus propios complejos y recurría al cobarde mecanismo de defensa de la huida. Su amor era inmaduro, tóxico y cruelmente egoísta.

Murió cuando yo tenía 18 años. Más que tristeza, su partida me produce rabia e impotencia, porque hasta para morirse fue un maldito injusto: lo que no me dejó gozar en mi niñez, me lo terminó de negar en mi adultez. Se largó antes de que yo pudiera cobrarle las facturas en persona. No fue un buen marido ni un buen padre, pero me queda el consuelo irónico de saber que al menos fue un buen hermano, un buen tío y un buen vecino. Quienes lo conocieron desparramaron palabras hermosas en su funeral; era un hombre querido por su comunidad. Un santo en la calle y un fantasma en su propia casa.

Ser la hija de un padre ausente es cargar con un agujero enorme en el pecho. Con el tiempo aprendes a rellenarlo, a domesticarlo hasta hacerlo lo suficientemente pequeño para que no te estorbe al caminar. Se convierte en una llaga molesta que a veces, por el mero morbo de sentir algo, tocas con el dedo. En mi caso, la toco para recordar vagamente al hombre que puso su parte de ADN para que yo hoy esté pisando este mundo.

Es una ambivalencia jodida. Si pudiera tenerlo al frente en este instante, lo golpearía con todas mis fuerzas, le gritaría hasta de qué mal va a morir y, finalmente, me derrumbaría en su pecho para abrazarlo y decirle que, a pesar de todo su maldito desastre... todavía lo amo.

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